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domingo, 21 de agosto de 2022

Una noche con Lorca

De Lorca se ha escrito y se escribe tanto que tarde o temprano nacerá una disciplina llamada Lorcalogía. Es el destino al que parecen condenados los que se convierten en dioses, es decir, que se confunden con el mito, y terminan su vida en el ara del sacrificio.

A cuento de su desaparición, que parece lo único seguro de cuanto nos han contado, podría mencionar, por darme notoriedad, algún que otro detalle del personaje, que ha quitado protagonismo a su obra, al que sigo desde niño por aquello del lagarto y la lagarta con delantalitos blancos, que recitaba con seis años frente a un magnetofón pese a la férrea censura franquista y que aún conservo en cinta para el que quiera oírme versificar con una voz que ya no es la mía.


Pero prefiero contar una anécdota que me ronda siempre la cabeza cuando topo con este Orfeo patrio, que es la que sigue. Siendo mi padre fan incondicional del vate, (en casa tenía una edición de las obras completas, la de la editorial Aguilar), no perdía ocasión de leerme o darme a leer poemas, y llevarme a ver guiñoles, de tan celebrado artista. La cosa no quedó en la infancia, sino que se prolongó en mi madurez, que para colmo coincidió con la emisión en TVE de la serie de La muerte de un Poeta, dirigida por Bardem. No puedo negar que me marcase su vida y dramática muerte, pero afortunadamente la corriente del río me hizo varar en una orilla y así descubrí a otros autores contemporáneos suyos, absolutamente ignorados, pero más interesantes.


Mas no era esa la historia que quería contar sino la que tenía como protagonista a mi padre. Se empeñó el hombre en que no me perdiese una representación de La casa de Bernarda Alba que tendría lugar en el Gran Teatro de Córdoba, por una importante compañía, figuras célebres del mundo escénico del momento. Además, los decorados eran del taller de un amigo suyo, que tenía a sus espaldas la labor de generaciones de tramoyistas.


En fin, resumiendo, que para que no perdiese detalle me consiguió entrada en primera fila, junto al pasillo central, que según él era desde donde mejor se oía. Y tenía razón.


El caso es que, desde aquel privilegiado lugar, si bien lo escuché todo, lo que mejor pude ver fueron los tobillos de las artistas, (circunstancia que me hizo viajar a la época de Calderón), y los escupitajos que las hijas de Bernarda lanzaban cuando se revolvían contra la tirana, detalles que no hicieron sino despistarme bastante y no seguir adecuadamente el desarrollo de la historia. Para colmo, desde mi posición, veía perfectamente las trampas del decorado, no pude gozar de la ilusión que crea el ojo si ve el escenario de lejos pues no era ese mi caso. El cuarto del fondo era muy estrecho, la cama no más larga que una silla y por el lateral se veían cuerdas, cables y focos, incluso algún operario. Con tan cantidad de distracciones era difícil concentrarse. Como remate, en el momento cumbre, la ahorcada no era sino una falda con unas piernas de mentirijillas.


Pero bueno, lo que quería contar en concreto era el brete en el que me hallé al bajar el telón. Al principio, bien, me puse a aplaudir como todo el mundo. Pero como los artistas eran tan famosos y según el parecer del público lo habían bordado, los aplausos se redoblaban. Yo, naturalmente, no me quería quedar atrás y chocaba mis manos con frenesí. Los actores no hacían más que acercarse cada vez más al foso, hasta el punto de que cuando se inclinaban casi que podían besarme la frente. En tales circunstancias, yo no hacía sino arrugarme aún más y más, del modo que lo hace un globo que pierde aire. Aquel aplauso no parecía tener fin y advertí que la gente se empezaba a levantar para hacerlo de pie. Yo era incapaz de incorporarme, temía abofetear a alguno de los actores, casi podía tocar sus caras. A mi alrededor oía comentarios del público del que formaba parte. Se animaban unos a otros a abandonar sus asientos por tal o cual actor o actriz y festejar su éxito por todo lo alto.


Por mi mente, desgraciadamente, cruzaron las palabras de una de las estrellas allí presentes que, en una entrevista reciente, celebraba que todo el teatro se ponía en pie en cada representación. Empecé a sentirme culpable porque sabía que en esta ocasión no iba a ser así. Llegó el momento en que efectivamente todos los espectadores se habían levantado y aplaudían a rabiar, y yo seguía sentado, escondido tras mis manos enrojecidas. Fue en ese instante cuando me percaté de que todos los actores tenían puestos los ojos en mí, podría jurar que inyectados en sangre, y me sonreían enseñando los dientes muy apretados, como el que hace un gran esfuerzo. Creo que nunca nadie me ha examinado de ese modo. Sin quererlo ni buscarlo me había convertido en el protagonista de un nuevo remate a la obra. Yo quería que el suelo del teatro se abriese y me tragase definitivamente, rodeado de butacas, zapatos, cuerdas y focos. Me hundía y me hundía en la butaca, pero no sucedió lo que soñaba.


Resistí como un gato panza arriba aquel suplicio interminable, devolviéndoles a mis jueces una sonrisa de circunstancias, pero sin dientes. Afortunadamente, los aplausos fueron menguando, poco a poco, hasta apagarse definitivamente, igual que las luces y la magia. Por fin los figurantes se retiraron a la oscuridad del cartón piedra, convertidos en gente, no sin lanzarme alguna que otra mirada reprobatoria, y, al perderlos de vista, pude respirar tranquilo. Aguardé a que se despejase la platea, por si alguien más me vigilaba, para abandonar definitivamente el coso. Nada más que añadir, sino que salir a la calle fue como echar a volar.


Muchas veces he rememorado aquella escena, verdaderamente dramática, y me he consolado imaginando que los que me estudiaron desde el escenario debieron concluir que no era más que un inválido. Quiero consolarme así, pero creo que se dieron cuenta de que junto a mi butaca no se apoyaban unas muletas. 



jueves, 4 de agosto de 2022

Aire condicionado

Este empeño por el aire acondicionado no lo comprendo. Cuando yo era niño, para la caló, el remedio era un botijo con agua fresquita que tenía un culillo de anisete, el baldeo de la puerta de la casa o el patio, el abanico desportillado que se olvidó la tía viuda, una habitación oscura y poco más. Cómo se ponía mi abuela si subíamos una persiana, eso era poner orden.

Con los años llegó este invento traicionero que provoca resfriados o infección de oídos a destiempo, sin el cual nadie puede pasar. "Es que hace mucho calor", te dicen, gente que no sabe lo que era cruzar el viaducto y bajar a la mezquita a echar la tarde, a las horas en que por la judería no asomaba el rabo ni el Diablo. "¿Dónde vas con la que está cayendo?", te gritaba desgañitá tu madre, pero tú ni caso. Andando o tres subidos en un vespino te plantabas en menos de veinte minutos en la Calleja de las Flores, que entonces no visitaba nadie o alguien que se había perdido, y no te preocupabas de otra cosa que de reunir botellas huérfanas para cambiarlas por una litrona fresquita en el colmado que daba a la facultad de Filosofía, de la que te tocarían en suerte tres o cuatro sorbos de cerveza y baba, o canuto. Aquello sí era refrescante. Pero a ver quién convence ahora a una de Madrid, la Ayuso misma, para que apague un rato el chisme. Igual te la tienes que llevar de escaparates, por mucho calor que den, para que se le pase el sofoco.


Inseguridad ciudadana


 


domingo, 19 de junio de 2022

El cuchillo de san Pablo

Visitaba Pérez Galdós, Benito, en compañía del afamado pintor Arredondo la ciudad imperial de Toledo. Tras mucho deambular por sus laberínticas callejas, se llegaron al convento de San Pablo, donde las monjas custodiaban el cuchillo con el que había sido degollado el santo. Allí las hermanas les señalaron la pieza. Pidió permiso el escritor para mirarla de cerca y la superiora se lo concedió con la condición de hacerlo en su mismo despacho. Tuvieron ocasión así de inspeccionar la reliquia, de brillante hoja damasquinada y vaina de terciopelo, para identificar los restos de sangre del santo judío. Salió la superiora un momento, a despachar unos dulces, y aprovechó Benito el filo del arma para sacarle punta a un lápiz que usaba para tomar apuntes en un cuaderno de viaje. Volvió la monja, le dieron las gracias y obsequiaron a la comunidad con una limosna generosa para que saliesen de las estrecheces de la regla. Días más tarde, el lápiz quedó sin punta y tuvieron que buscar otro remedio, que no era cuestión de abusar de la orden siendo Toledo ciudad de espadas.


lunes, 23 de mayo de 2022

A un adúltero.

Decía Luciano, el de Samósata (s. II d. C.), hablando de la muerte de Peregrino, el falso profeta, que al adúltero se le castigaba con azotes y la introducción de un rábano por el trasero. Del mismo suplicio, o parecido, ya dio antes testimonio Aristófanes, en su comedia Pluto, pero no se cuenta.


domingo, 22 de mayo de 2022

Son libros.

Hay libros leídos, libros por leer, libros empezados, libros no terminados, libros consultados a salto de mata, libros olvidados, libros que se recuerdan, libros que se perdieron, libros que se encuentran, libros que no se leen, libros que te regalan, libros que sobraban en otra casa, libros que te devuelven, libros escondidos, libros de los que no se habla, libros que hablan de libros, libros que no se entienden, libros de oferta, libros demasiado caros, libros de famosos, libros que adornan, libros que se estropean, libros que cogen polvo, libros aburridos, libros divertidos, libros recomendados, libros de amigos que escriben, libros prestados, libros viejos, libros desconocidos, libros de tapa dura, libros sin ella, libros en rústica, libros rotos, libros forrados, libros desencuadernados, libros subrayados, libros con glosas a boli, libros pintarrajeados, libros censurados, libros expurgados, libros espulgados, libros con las hojas pegadas, libros mutilados, libros dedicados, libros mal impresos, libros con erratas, libros con faltas, libros en otro idioma, libros que se mojaron, libros gordos, libros finos, libros curiosos, libros desplegables, libros de una rifa, libros con la foto de una amiga, libros para niños, libros para adultos, libros para mujeres, libros para ir al cielo, libros porno, libros para no perderse, libros robados, libros que sujetan otros libros, libros en el cuarto de baño, libros detrás de otros libros, libros para vender, libros con insectos muertos, libros llenos de migas de pan, libros para encender lumbre, libros para envolver cosas, libros con mocos, libros para limpiarse el culo, libros para tirar…

Hay que hacer sitio.



sábado, 21 de mayo de 2022

Gorgias de Epiro.

Gorgias de Epiro, que era hombre esforzado y valiente, no menos ilustre, según las fuentes, nació de su madre muerta cuando llevaban su cuerpo a la pira, para asombro de sus vecinos ante espectáculo tan inusual. El vagido del retoño alertó al sacerdote, que hizo callar a las plañideras y, al avistar la cabeza de aquél, ordenó acudir a la partera, que no daba crédito a lo que acontecía y se hacía la remolona. Así, Gorgias no fue incinerado antes de lo acordado por el Destino.

Lo contaba Valerio Máximo como hecho memorable, en su apartado de milagros, junto a otros, no menos singulares, que merecen la pena ser leídos o mentados.



miércoles, 11 de mayo de 2022

Siles

José Siles, que era catedrático de Literatura en el Gabriel Cisneros, sito en la capital del reino, envió en cierta ocasión un adoquín, recogido de una barricada arruinada, a un concurso poético de esos que llaman florales.

- Ahí  va - escribió en una tarjeta de presentación -, el primer canto de mi poema. Si gusta, les facilitaré el resto.

El resultado es que se lo devolvieron, al mes más o menos, envuelto en papel de color rosado y atado con cinta morada, y adornado con una placa argéntea de estaño donde podía leerse en letras góticas: "Primer Premio".

Lo arrojó por la ventana en un pronto que tuvo y acertó a un guardia en el cogote. Terminó en presidio por revolucionario, a pico y pala en la cantera, componiendo versos de los que acostumbraba para certámenes.


viernes, 22 de abril de 2022

Poetas y hampones

Dicen los escritos, de aquellos poetas que conocieron la bohemia de la Puerta del Sol, - antes del triunfo de la mujer de la capucha colorada y el pecho desnudo- , que no era extraño encontrarse a los hermanos pobres del oficio, sucios y hambrientos, mendigando monedas.

- Maestro, ¡qué buena su última obra! Cada día escribe usted mejor. Dedíqueme su último libro ¿No tendría usted unos dracmas? Es para hacer una libación a Baco... A Apolo también, por supuesto.

Y el celebrado daba sus monedas al émulo de Homero o Belisario, por ser ciego como ambos, y luchador como el segundo.


sábado, 5 de marzo de 2022

Picasso y Gide

André, André Gide, el de los monederos falsos, amigo de Marcel, Marcel Proust, que perdía el tiempo y lo buscaba. Pues ese, el primero, el que tiene unos diarios muy gordos en todas las librerías, de edición de bolsillo y tapa dura. El mismo. A él me refiero al referir la anécdota que sigue. Se dirigió un día a visitar al joven Picasso, que empezaba entonces, porque algo había oído hablar de él y se ve que bien. Se plantó en el estudio de éste, cuando lo tenía por el Sacré Coeur, en la rue Ravignan, y llamó a la puerta, con timidez primero, usando suavemente los nudillos, y cabreo después, a puñetazos, porque no le abrían. ¿Qué se habría creído ese asqueroso español? Sin éxito.

Después, mas tranquilo, recuperada la compostura y el resuello, una vez que las liberadoras gotas de sudor se resbalaban por sus patillas, meditó y llegó a la conclusión de que el cubista debía haber salido. Y decidió dejarle su tarjeta, que deslizó por la rendija de debajo de la puerta, aplazando así la reunión sin previa cita para nueva ocasión.

Pablo, al otro lado, recogió la cartulina cuando asomó a sus pies. No estaba para visitas. Eran esas horas en las que pintaba o se beneficiaba a Fernande, desnudo siempre, que todo le molestaba. Así, sin calzoncillos, leyó el nombre del visitante, mientras se rascaba la nalga. No le prestó más atención, estaba con los pinceles, y después de hacer una pelota con ella la arrojó a la estufa, que estaba vacía y helada. Fue la primera y última vez que Picasso leyó algo de Gidé.