Cuenta la leyenda, que corre entre algunos de los creyentes, que al Profeta lo envenenaron. Una judía concretamente, que quiso repetir con Mahoma la jugada de Judith con Holofernes, lo invitó a pasar la noche en una jaima, y le puso un veneno en la comida, un plato de cordero asado. De este planteamiento inicial surgen dos finales. En el primero el cordero cobra vida y avisa al Profeta, que salva el pellejo. En el otro, cuando empieza a notar el efecto del veneno, entran unos judíos y lo cosen a cuchilladas. Le cortan un pie y esconden el resto del cadáver. Vienen al día siguiente los musulmanes en busca de su jefe, la judía les dice que se lo han llevado unos ángeles, y que ella, al intentar sujetarlo con todas sus fuerzas, se ha quedado con el pie izquierdo. Los creyentes celebran el milagro, pero no saben qué hacer con la reliquia. Habla la judía de nuevo y les dice que lo suban a un camello, y que lo entierren allí donde este se detenga. Así lo hicieron. De tal noticia dejó testimonio san Pedro Pascual, (s. XIII), hijo de mozárabes valencianos, y para algunos personaje imaginario, obispo de Jaén.
Seguidores
sábado, 18 de julio de 2026
miércoles, 15 de julio de 2026
El pedo y santa Genoveva
El señor de negro
La mula Dadal
Mandó embajadores el Profeta a Alejandría, invitando a los griegos a convertirse a la nueva fe; y fueron bien recibidos por el gobernador que, después de agasajarlos con un convite, los despidió con promesas y regalos, sin prestar mucha atención a los requerimientos. Uno de los obsequios fue la mula Daldal, dócil y servicial como ninguna, que hizo las delicias del Profeta y, según cuenta la tradición, trota para siempre en los prados del Paraíso. También dos bellas coptas, que quedaron en el harén, junto al resto de las mujeres.
jueves, 9 de julio de 2026
El camello que habló al Profeta
De la burra de Balaam, esa que habló al susodicho, hemos oído la leyenda en alguna ocasión o buscado en la Biblia, el 22 del Libro de los Números. Pero del camello que habló al Profeta no suele mentarse anécdota, al menos en occidente, y conviene contarla, por gusto, aunque no venga al caso, sino por la caló y el golpe de éste. Viajaba Mahoma por el desierto, capitaneando una caravana de su esposa Jádicha, en tiempos que se dedicaba a los negocios y usaba perfumes caros, y tras bordear unas dunas tropezaron con un camello salvaje. Contaron los testigos que el animal se avino hasta el protagonista, se arrodilló ante él y le lamió los pies. Y después, para asombro de los presentes, habló para proclamarlo Profeta. Este quedó confuso, y entonces bajaron dos ángeles del cielo a darle sombra con las alas, y el camello no dijo más, ni más se supo de él.
lunes, 6 de julio de 2026
La importancia de un sombrero
Por llevar sombrero podían darle a uno tres tiros en el Madrid revolucionario del 36, y perderlo en una cuneta. Cuando acabó la guerra un vivo creó un slogan: "los rojos no usaban sombrero"; e hizo negocio en la misma ciudad y resto de España.
Ocultar lo visible
De las muchas y pintorescas situaciones vividas en mi paso por las aulas, recuerdo con vergüenza ajena aquella en la que me censuraron un mosaico. Andaba yo indagando sobre los orígenes del cristianismo y los influjos del paganismo en este, y topé con un mosaico romano de Chipre que me resultó harto significativo porque se refería al nacimiento de Dionisos, y me permitía establecer ciertos paralelismos entre ambas religiones. Como por la composición y temática, que me parecieron muy interesantes, quede fascinado, imprimí una copia en tamaño A-3 y decidí que la pared del departamento de Historia podía ser un buen lugar para exhibirlo, justo encima de la pantalla del ordenador. Jamás pude imaginar que tal expresión iconográfica pudiese levantar ampollas. El caso es que, un par de meses después, una mañana que entré a recoger unos papeles, encontré un cuadro justo en el mismo lugar en el que puse la reproducción del mosaico. De entrada no me molestó, pero me resultó chocante, porque en la pared aún había sitio para poner muchas estampas. Pero lo más surrealista estaba por descubrirse. Se me ocurrió levantar el cuadro y allí encontré a Dionisos. La fotocopia, que yo había pegado a conciencia sobre la pared, permanecía agazapada, oculta a la vista del común. Alguno de mis compañeros, o compañera, se había tomado el trabajo de taparla con la imagen enmarcada de un mapa medieval, que además era un puzzle. El resto de los años que permanecí allí, medité muchas veces por tal desenlace y en ocasiones, como para romper el hechizo de tal sinrazón, levantaba el cuadro y contemplaba con satisfacción el mosaico, porque hay verdades que no pueden ocultarse.
domingo, 5 de julio de 2026
Zorrilla era más diablo que el Tenorio
Zorrilla se quedó en el Tenorio, y ese es el recuerdo que de él tenemos. Sin embargo, su vida es una de aventuras, la de un hombre de acción. Daría para muchas novelas, de enredos y desafíos. Zorrilla, aunque vallisoletano, fue coronado como poeta en Granada, pero allí ya se han buscado otro, que es uno. De su anecdotario queda lo de que era sonámbulo y escribía sus obras cuando creía dormir. Sus exilios a Francia y Mexico, (Méjico para los españoles), amigo de Napoleón III, negrero en Cuba. Un matrimonio con una viuda rica, que le doblaba en años, y muchas, muchas amantes. Amadeo I le concedió la Gran Cruz de Carlos III y en Roma gastó con largueza el dinero de la República. Zorrilla se imaginaba un cuervo, como otro rey Arturo, o que acompañaba a Odín, y sufría epilepsia. Cosas del Romanticismo. Se lo llevó un tumor cerebral y se quedó sin saber del desastre del 98. Su teatro se queda corto, lo que interesa es la biografía.
Hacer camino, lo importante es que la burra ande
De cuando Unamuno mató a Don Quijote
De Joaquín Costa se sabe que dijo que había que echar doble llave al sepulcro del Cid, por aquello de olvidar de una vez las glorias del pasado, terminada y perdida la guerra con los yanquis por Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Había que mirar al futuro, era el Regeneracionismo. Pero más aguerrido fue un joven vasco llamado Miguel de Unamuno, entonces estudiante de griego, que gritó aquello de "¡Muera don Quijote!", en la misma tesitura y con propósito semejante al del aragonés. Después, en su madurez, le soltaron lo de "¡Muera la Inteligencia!", e igual le vino a la memoria su dicho y se hizo el longuis, porque la juventud se le había pasado u otra cosa cualquiera, que lo suyo era un ir y venir.
