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lunes, 2 de noviembre de 2026

De plata como la Luna

El Sol perecía en su ocaso e iluminaba el cielo con tintes apocalípticos, aunque efímeros. El monte era devorado por una oscuridad ascendente. El rostro severo de geisha de una lechuza, perfilado a dentelladas por las sombras de hojas y aceitunas, blanco como plato de Luna, denunciaba su discreta presencia. Se aferraba firmemente con sus garras a la rama en la que se sostenía, fundiéndose con el árbol de modo que parecía recibir su savia y prestarle los ojos. El ave oteaba el horizonte con resquemor y no se decidía a abandonar el abrigo. Oía venir de los ruedos más lejanos pisadas plúmbeas, y escuchaba machacar los terrones a su son. El rumrum crecía como la tormenta que se aproxima una tarde de verano. Cuando la distancia lo permitió, advirtió una figura imprecisa moverse entre los olivos, una masa lóbrega y amorfa, torpe, como de animal antediluviano. Mas pronto salió de su error y dibujó en la oscuridad una imagen conocida. Hombres y animales, en lenta y triste procesión, guiados por una alta vela, que, a Venus, fija en el horizonte, parecía vencer, se aproximaban lentamente. Viajeros, comerciantes, soldados o almas en pena, bien pudiera ser un grupo de cualquiera de ellos. Hicieron alto a una voz de mando, y se repartieron sobre el bujeo, al resguardo de los haldares. De haber sido otra la época, la lechuza, como Atenea, se hubiese hecho visible a su ignorancia, pero siendo estos gente de Cristo, como atestiguaban sus estandartes, prefirió permanecer oculta, para no ser tomada por ave de mal agüero o el mismo diablo. En mitad del cerco que abrieron al repartirse, los extraños dejaron a la vista un ataúd, apoyado sobre unas andas. A su lado, un incensario camuflaba las morbosas emanaciones del cadáver. Cuatro encapuchados, ajenos al descanso del resto, se arrodillaron a su alrededor y a la luz de la vela entonaron monótonas letanías. La lechuza comprendió que esa noche no podría cazar como pretendía y se armó de paciencia a que la compañía se serenase y no descubriese su huida.

Pero sus planes no prosperaron pues no tardó en poblarse de nuevos ruidos la noche, esta vez de armas y caballería, que acudía al trote, y en pocos segundos rodeó el improvisado campamento. El que de esta nueva tropa tenía el mando, ordenó detenerse a su gente, soliviantando a los caballos, que protestaron con enérgicos relinchos y cabriolas cuando las riendas se tensaron para frenar su carrera.

- Alto a la Santa Hermandad. Descubríos. ¿Quiénes sois vosotros? ¿Qué hacéis a estas horas entre el olivar? ¿Por qué no viajáis como la gente de orden por los caminos del rey? – inquirió.

- Señor – respondió uno que salió del grueso -, no somos sino una comitiva de religiosos, que traslada el cuerpo insepulto de un hombre santo. Y si hemos elegido este camino no ha sido por romper con la ley sino por cautela.

- ¿Hombre santo, dices? – preguntó el oficial -. No tengo noticia de comitiva alguna que tenga permiso para cruzar el término de Baeza del modo que lo hacéis.

- Al señor obispo debéis presentar vuestra queja si está en vuestro ánimo dudar de mi palabra.

A la amenaza velada, el oficial calló y puso su atención en el improvisado vivac, estudiando a sus habitantes. Sin bajar del caballo los rodeó y observó, uno por uno, conteniendo el enfado por carecer de la iluminación apropiada.

- ¿No tenéis más luz que la del cirio? – protestó.

- Por supuesto que sí – respondió el religioso, y acercándose a uno de los bultos que poblaban el suelo dio en sacar un candil de bronce y una damajuana de aceite, con la que dio combustible al primero. Y con ayuda de la vela encendió el pábilo, para después, con él en alto, ofrecerse al alguacil como guía.

- Dejad que os ilumine, y así podréis comprobar que no somos ni gente de guerra ni salteadores, sino humildes siervos de Dios.

Y de esta guisa acompañó al representante de la ley, para que pudiese ver con claridad el rostro y envergadura de cada uno de la comitiva: hombres de toda edad, jóvenes barbilampiños, maduros y viejos, incluso un bebé de apenas unos meses, que dormía ajeno al escrutinio en el regazo de uno de aquellos monjes.

- ¿Y esto?

- Ese huérfano que aquí veis, como el resto de los niños que nos acompañan, son almas desamparadas que la Iglesia acoge en su seno, pues los hemos ido encontrando en el camino, vagabundeando y expuestos a las alimañas. Viajan con nosotros hasta el monasterio, donde recibirán atención y una educación cristiana. 

Atenta estaba la lechuza al teatro que allí se representaba, que nunca imaginó noche más entretenida que aquella, incluso se le pasó el hambre y el deseo de cazar ratones. Y desde su camuflaje veía ahora a uno y luego a otro, y al final a todos los que formaban la compaña, sus ropajes y rostros, enseres, bestias, e incluso las dimensiones y adornos del ataúd que portaban.

De este modo que vio el ave, pudo satisfacer su curiosidad la autoridad, y una vez que se sintió satisfecho aceptó las razones que le dieron al principio.

- Compruebo que todo cuanto me habíais dicho es verdadero. Aunque no comprendo el motivo de este inusual traslado. ¿De qué hombre santo se trata para que viaje oculto a las miradas, de noche y por tan incómodo paraje?

- Por tratarse de uno muy querido por el pueblo, y para evitar que se solivianten los vecinos y se organicen disturbios en la calle por su trasiego, se hace este con el mayor secreto. No puedo deciros más, sino que de este asunto la Inquisición ordena silencio, con las consecuencias que pueda traer su inoportuna divulgación.

Y con estas palabras que pronunció el religioso dio por cerrado el caso el alguacil, por parecerle prudentes y acertadas. Ordenó entonces ensillar y en un santiamén los cuadrilleros partieron a cumplir con su obligación a otra parte.

Quedaron los peregrinos aliviados y fueron a abrazarse unos a otros cuando el sonido de los cascos de los caballos se apagó en la lejanía. De este modo dio por sospechar la lechuza que todos los reunidos eran familia, porque el cariño que manifestaban no era propio de monjes, sino de padres y madres, abuelos y nietos. Y así reconoció por sus gestos y andares que los que parecían más jóvenes no eran sino mujeres, y que de estas también había entre los viejos.

- Hemos tenido suerte – exclamó el que llevaba la voz cantante -. Ea. Alcemos el campamento, no conviene detenerse ahora pese al cansancio. Pueden haber ido por noticias para contrastarlas y regresar de nuevo. Ya habrá tiempo de descansar cuando estemos más lejos.

A una se fueron separando, reuniendo y recogiendo los bártulos que trajeron, para retomar el camino que hasta allí les trajo, sin una queja ni lamento, obedientes y en silencio.

- Un momento – se oyó.

Y entonces, uno de los ancianos, que se había aproximado al féretro, se tomó la licencia de abrir su tapa. Metió la mano en su interior y extrajo un libro de aspecto antiguo. Fue pasando sus páginas y se detuvo en una.

- Dadme luz – suplicó.

Y el que los guiaba, esbozando una comprensiva sonrisa se la acercó hasta dejar visible una página señalada por una cinta dorada, donde figuraba un texto escrito en caracteres islámicos. Y cuando se ajustó unos lentes sobre la nariz, el viejo comenzó a leer con cierta turbación unas palabras por todos conocidas.

- “Dios es la luz de los cielos y de la Tierra. Su luz es como la que nace de un nicho en el que hay una lámpara dentro de un recipiente de vidrio, tan brillante como un astro resplandeciente. La lámpara se enciende con el aceite de un olivo bendito, procedente de un lugar entre oriente y occidente, cuyo aceite brilla sin haber sido tocado por el fuego. Es luz sobre luz. Dios guía hacia su luz a quien él ama, y expone ejemplos para recapacitar. Él lo sabe todo”.

Cada uno de los presentes se arrodilló y después inclinó su rostro hasta tocar el suelo con la frente mientras extendía sus brazos. 

La lechuza observó detenidamente la improvisada ceremonia, sorprendida por el giro de los acontecimientos, invitada a un cuento en el que ella jamás se hubiese imaginado. Esperó sin moverse a que se incorporasen de nuevo y retomaran sus preparativos. No tardaron en hacerlo, para volver a sus papeles y prolongar la comedia, y reiniciaron la marcha, igual que si fuesen cofrades. Cuando se confundieron de nuevo con la vegetación y la oscuridad, el ave alzó el vuelo de un vigoroso salto, indecisa de dirigirse a Úbeda o Baeza, o seguir en su peregrinaje a los misteriosos viajeros y conocer en qué pudiera acabar su aventura.

 

Epílogo.

En 1609 su majestad el rey Felipe III, aconsejado por sus validos, decretó la expulsión de los moriscos que aún vivían en España, la mayor parte en los viejos reinos de Aragón y Valencia. Adoptaba la medida por temor al turco, su posible influjo sobre estos súbditos que, movidos por la práctica de una fe común, ayudasen a aquel en una posible invasión de las costas del sur y levante. Más de 300 000 personas se vieron obligadas a abandonar los lugares en los que durante generaciones habían vivido y estaban firmemente asentados, para buscar refugio en Berbería. Algunos, disfrazados y con ingenio, migraron a otras regiones sin darse a conocer donde pudieron confundirse con los paisanos, simulando ser peregrinos que viajaban a Santiago.




domingo, 1 de noviembre de 2026

Paladión de Manfredi

 Si no recuerdo mal, Paladión fue el primer libro que de Valerio Massimo Manfredi leí hace unos 30 años. Fue autor al que estuve muy enganchado después. Seguí sus nuevos títulos. No en todos consiguió cautivarme, pero sí especialmente en algunos, como el de Paladión y La conjura de las reinas, o el de La última Legión. Me gustaron menos Tirano, la trilogía de Alejandro Magno y el de Los idus de marzo. También leí algunos divulgativos como Acrópolis. En todos ellos encontré el atractivo que ya conocía del cine de aventuras hecho por italianos, el Péplum, pero no exento del rigor histórico. La imagen que acompaña la entrada me lo ha traído al recuerdo. La estatua de madera de Atenea, de poderes mágicos, protectora de la ciudad de Troya. Muchas fueron las vicisitudes que esta figura soportó a lo largo de su historia. Fue trasladada a Roma y después a Constantinopla, donde se le perdió la pista. Atenea la diosa virgen. ¿Quién sabe? 



Premonición de visita al culto

En el sueño había sacado a un descampado los cojines de un tresillo color rojo granate, con el fin de que se secasen porque los había lavado. En estas que unas gitanas pretendían tumbarse en ellos y me apresuré a recogerlos. Son míos, les dije, y otra me contestó "ya lo sabía yo", como diciendo que no podía ser tan bueno aquello. Total que hago mi hato y me encamino a mi casa, que está en la misma era y tiene un patio enorme. Estoy en el salón acomodando los cojines y advierto que hay tres o cuatro gitanas, y una se me acerca y me dice que fue alumna mía y algo que no entiendo. Miro por la ventana y tengo el patio lleno de gitanos que vienen del culto, muy arreglados. Poco a poco se van metiendo en casa. Salgo y pregunto que qué es lo que pasa, que qué es todo aquello. Me rodea una multitud. Y empiezan a darme cosas, que no sé si son para comprar o regalos, porque hay desde baratijas a prendas de vestir, dibujos y poesías, mensajes escritos en cuartillas, un mercadillo de lo más pintoresco, que me hace dudar si son gitanos o indios americanos. Mi preocupación es cómo voy a contentar a tanta gente, pues no tengo más que veinte euros en el bolsillo. Me rodean con muestras de cariño, los niños de lo bien que lo pasamos en el instituto. Uno dice que me van a suscribir, supongo que al culto. Entonces empiezan a darme cosas de comer, aperitivos, se me llena la boca, y aparece uno con un sombrero ofreciéndome pastel tirando a morado. Voy a coger un trozo y se me adelanta el fulano, por no hacerle un feo lo tomo de su manos y me lo llevo a la boca. Aquello es como una comunión. Parece que esperan mi dictamen. No sabe a nada y me despierto. Por ahí tengo a unos cuantos que me han invitado a leer la Biblia, vamos, que me veo pisando el culto.


jueves, 29 de octubre de 2026

El templo de Jerusalén también lo fue de Zeus o Júpiter

Si leemos Macabeos 2-6 :"Poco tiempo después, el rey envió a un legislador de la ciudad de Atenas para obligar a los judíos a quebrantar las leyes de sus antepasados y a organizar su vida de un modo contrario a las leyes de Dios; y también para profanar el templo de Jerusalén y consagrarlo al dios Zeus Olímpico, y para dedicar el templo del monte Guerizim a Zeus Hospitalario, como lo habían pedido los habitantes de aquel lugar. Esta violencia fue insoportable para todos. El templo era escenario de lujuria y orgías, los paganos celebraban banquetes y tenían relaciones con prostitutas en los atrios sagrados. Además, llevaban al templo objetos que estaba prohibido introducir en él, y el altar se veía lleno de animales que la ley prohibía ofrecer. No se podía observar el sábado, ni celebrar las fiestas tradicionales, ni siquiera declararse judío. A la fuerza se veía la gente obligada a comer de los animales que cada mes se ofrecían en sacrificio para celebrar el día del nacimiento del rey. Cuando llegaba la fiesta del dios Baco, se obligaba a la gente a tomar parte en la procesión, con la cabeza coronada de ramas de hiedra".
Estamos hablando del reinado de Antíoco Epífanes, Jerusalén conquistado por los griegos, año 167 a.C. Deducimos que el templo era entonces templo pagano, en el que se celebraban bacanales y sacrificios a los dioses griegos. Otras profanaciones y destrucciones del templo de Jerusalén se producirían andando el tiempo. En época romana: Pompeyo, Calígula, Tito y Adriano. Incluso los persas en el 614. Lo que interesa es que fueron muchos los períodos en los que el templo de Jerusalén fue templo pagano dedicando a Zeus-Júpiter. Las celebraciones de bacanales o juegos en honor a Dioniso-Baco celebradas en su interior no debieron soliviantar a todos los judíos, sino a los más conservadores. Es muy posible que muchos se dejasen seducir por el paganismo. Y explicaría el nacimiento del cristianismo.

lunes, 26 de octubre de 2026

La tricolor contra los mineros asturianos

La bandera que enarbolaba el ejército que sofocó la Revolución de Asturias en octubre del 34 fue la republicana, no la monárquica. Es decir que las tropas de África que derrotaron a los mineros seguían la bandera tricolor, que era la oficial entonces. Durante dos años la República fue de derechas, en parte, ojo, porque no se permitió a la CEDA formar gobierno sino en coalición con el partido Radical de Lerroux, pese a obtener mayoría en las urnas. Pero no era ese el tema, sino el que abre la entrada: frente a la bandera roja, se alzó la tricolor contra la clase obrera.


domingo, 25 de octubre de 2026

Macedonia de banderas y otros conjuros

Hay una indigestión de banderas en este país, me comentaba el otro día un viajero que visitaba el nuestro, y tuve que darle la razón, que hay cierto empacho y en unos años un posible hartazgo de aquellas. Estábamos frente a la fachada de un edificio público y ademas de la enseña nacional hondeaban la de la comunidad europea, la autonómica, la de la provincia, la de la ciudad, la LGTBIQ, y, como cerca había una protesta, la de la II República, la roja, la palestina, la de algunos sindicatos, partidos políticos, y versiones más o menos singulares de las oficiales de algunas regiones. En el lado opuesto de la calle se adivinaba la de san Andrés y la preconstitucional. En un puesto cercano, de cara al turismo, se veían además las de los equipos de futbol más populares y locales. Este abuso de insignias daba para reflexionar. No sé si en alguno que otro período histórico hubo tantas banderas como hoy. Es posible que en el medioevo, con tanto señor feudal en guerra y rebeldía hubiese otro festival de estandartes y banderines de todos los colores. Anoche me desperté con frío, y como no tenía a mano una manta tuve que improvisar una doblando la colcha. Entonces pensé en lo útil que podría ser una de esas banderas que vi en la calle para taparme del frío. Y creo que en el fondo se trata de eso, de un fetiche mágico como el de los cuentos de hadas, que te hace invisible y te protege de algún maleficio. Vivimos tiempos de magia y superstición, que llaman antifascismo, que no es más que otra palabra mágica. Abracadabra y se solucionan todos los problemas.

Esbozo de un profesor chiflado

Nunca hizo alusión a un escritor o recitó un poema en el aula. Sin embargo, cuando perdía los nervios nos aseguraba que, en realidad, él era profesor de Lengua y Literatura, y quedábamos perplejos. Nos daba clase de Matemáticas y Ciencias Naturales. A raíz de tales declaraciones algunos compañeros defendían una atrevida tesis, que el de Lengua era en realidad de Matemáticas, que habían trastocado sus horarios. Pero el de Lengua sí lo parecía, porque ordenaba leer, o mandaba redacciones, y era exigente con la ortografía. Por lo que tales opiniones fueron descartadas y tomadas por infundios, dictamen sin fundamento u ocioso comentario. También insistía en decirnos que no era maestro sino profesor, sutileza difícil para nuestras entendederas, y explicaba con detalle la confusión, que consideraba grave porque se trataba de un menosprecio, afirmaba. Se llamaba Prudencio, y en público se le añadía el don. Pero por los pasillos y en la calle, entre el alumnado, era conocido por Cencio.  A tal soflama no respondía o se hacía el sordo, y evitaba el choque. Nunca contó un chiste o invitó a que alguien lo hiciese. Sus explicaciones no fueron nunca entretenidas, sino que resultaban indiferentes. Si tenían algún atractivo era en lo que concierne a la puesta en escena, porque había algo teatral y cómico en sus exposiciones: la bata blanca de laboratorio como vestuario o el retroproyector con el que cargaba a todas partes, igual que el inventor de máquinas inútiles; pero recurría siempre a las mismas anécdotas, la del niño que entorpecía el tráfico porque no cruzaba la calle en línea recta, o la sorpresa que se llevarían aquellos que no creían en la vida eterna cuando llegase el postrero instante de rendir cuentas al Altísimo. Y cuando hacía referencia a este punto lo hacía con una extraña sonrisa de superioridad, con gesto de diablillo o duende, igual que si conociese al dedillo los castigos reservados a los imprudentes. Siempre presumía de aquellos alumnos suyos que en bachillerato sacaban brillantes notas, y lo achacaba a las enseñanzas que él hizo y sirvieron de sólido cimiento a sus progresos. En muchas ocasiones nos preguntábamos quienes habrían sido tales agraciados, porque no dábamos con uno. A Cencio se le veía por el patio caminando solo, con la vista gacha, puesta en el firme que pisaba, en animada conversación consigo mismo, gestualizando y verbalizando singulares polémicas que sólo a él concernían. Sus zapatos fueron definidos en el colegio como anteriores a la guerra con lanzas, y debían ser de cuero de calidad, o los cuidaba mucho, porque no lo vimos calzar otros. A veces nos acercábamos y le robábamos tiempo con preguntas absurdas, poniendo a prueba su paciencia, con salidas de tono e incoherencias. Él se las tomaba muy en serio e intentaba racionalizarlas. Pero el lenguaje que usaba para responder era anticuado y chocante, de robot, nos resultaba muy difícil averiguar por donde se le podía sacar de sus casillas. No sabía interpretar su rol de adulto, pese a que cumplía los cincuenta, y parecía más bien un niño grande con dificultades para hacerse entender entre sus semejantes, perdido en un laberinto confuso e infiito. En cierta ocasión, el claustro se declaró en huelga y él fue el único que no la respaldó; reclutó a algunos alumnos en la calle que no supieron negarse, para impartirles música, sin instrumentos, sólo leyendo el pentagrama. Y de este modo durante lo que duró la protesta los mantuvo distraídos por las tardes en el aula de Matemáticas. Y si bien es cierto que nadie le tenía mucho respeto, cuando despertaba su cólera convenía cerrar la boca porque era de una violencia extrema, irracional. Y muy vengativo, rencoroso, de una memoria privilegiada para con aquellos que señalaba como burladores. Aunque luego, se arrepentía y nos explicaba, que él no quería ser así, que no pretendía dar bocinazos en clase, ni tener que pegar a ningún alumno, sino dialogar y solucionar de forma pacífica los conflictos. Afirmaba entonces que no quería ser como el severo profesor de Lengua, en cuyas clases no se movía una mota de polvo.

Un día, desde la ventana del aula, los que estábamos pegados a ella, vimos a Cencio salir precipitadamente del colegio. Enderezó la calle abajo. Iba dando grandes zancadas, muy tieso, sin desviarse ni un ápice de su itinerario. Cortando el aire. Vestía una bufanda azul, chaqueta a cuadros color jade y un pantalón marrón ajustado. Llevaba las manos en los bolsillos y murmuraba algo, o quizás tarareaba una canción. Fue la última vez que tuvimos ocasión de verlo. Fueron muchas las preguntas sin respuesta que nos hicimos entonces y los días sucesivos. No hubo explicaciones por parte de la directiva, pronto fue sustituido por otra persona. Pronto se convirtió en un lejano recuerdo. Aprendimos poco con él, pero su impronta se hizo indeleble.

 

lunes, 19 de octubre de 2026

Estatuas muertas

Muchas esculturas de la antigüedad clásica, especialmente aquellas que representan rostros de dioses o diosas, tienen la nariz rota. En las postrimerías del paganismo la mayoría sufrieron esta mutilación. Parece ser que no es por casualidad, sino que obedeció a un propósito, una curiosa superstición. Se imaginaba que los genios o diablos que en ellas pudiesen habitar, al no poder respirar, morían definitivamente en su interior.


sábado, 17 de octubre de 2026

Lecciones de supervivencia

Cosas de Úbeda. Terminó la guerra y entraron los nacionales. El hijo del alcalde se casó con la sobrina del cura. Favor por favor. Así se acallaron las malas lenguas y aquel salvó el pellejo.


viernes, 16 de octubre de 2026

La muerte no es para tanto

Anoche soñé con una muerte muy chiquitita. Era una niña de unos 12 años, de largo pelo rubio, que vestía un traje blanco hasta los tobillos. Esta muy sonriente. Yo la miraba de lejos, con cautela. Alguien me sopló que era la muerte y a mí me hizo mucha gracia. Luego se metió en casa una señora con intención de engañarme, un asunto de un turbio negocio. Creo que el sueño venía a decirme que la muerte no es tan absoluta y la vida una pantomima.