Hay una indigestión de banderas en este país, me comentaba el otro día un viajero que visitaba el nuestro, y tuve que darle la razón, que hay cierto empacho y en unos años un posible hartazgo de aquellas. Estábamos frente a la fachada de un edificio público y ademas de la enseña nacional hondeaban la de la comunidad europea, la autonómica, la de la provincia, la de la ciudad, la LGTBIQ, y, como cerca había una protesta, la de la II República, la roja, la palestina, la de algunos sindicatos, partidos políticos, y versiones más o menos singulares de las oficiales de algunas regiones. En el lado opuesto de la calle se adivinaba la de san Andrés y la preconstitucional. En un puesto cercano, de cara al turismo, se veían además las de los equipos de futbol más populares y locales. Este abuso de insignias daba para reflexionar. No sé si en alguno que otro período histórico hubo tantas banderas como hoy. Es posible que en el medioevo, con tanto señor feudal en guerra y rebeldía hubiese otro festival de estandartes y banderines de todos los colores. Anoche me desperté con frío, y como no tenía a mano una manta tuve que improvisar una doblando la colcha. Entonces pensé en lo útil que podría ser una de esas banderas que vi en la calle para taparme del frío. Y creo que en el fondo se trata de eso, de un fetiche mágico como el de los cuentos de hadas, que te hace invisible y te protege de algún maleficio. Vivimos tiempos de magia y superstición, que llaman antifascismo, que no es más que otra palabra mágica. Abracadabra y se solucionan todos los problemas.
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domingo, 25 de octubre de 2026
Esbozo de un profesor chiflado
Nunca hizo alusión a un escritor o recitó un poema en el aula. Sin embargo, cuando perdía los nervios nos aseguraba que, en realidad, él era profesor de Lengua y Literatura, y quedábamos perplejos. Nos daba clase de Matemáticas y Ciencias Naturales. A raíz de tales declaraciones algunos compañeros defendían una atrevida tesis, que el de Lengua era en realidad de Matemáticas, que habían trastocado sus horarios. Pero el de Lengua sí lo parecía, porque ordenaba leer, o mandaba redacciones, y era exigente con la ortografía. Por lo que tales opiniones fueron descartadas y tomadas por infundios, dictamen sin fundamento u ocioso comentario. También insistía en decirnos que no era maestro sino profesor, sutileza difícil para nuestras entendederas, y explicaba con detalle la confusión, que consideraba grave porque se trataba de un menosprecio, afirmaba. Se llamaba Prudencio, y en público se le añadía el don. Pero por los pasillos y en la calle, entre el alumnado, era conocido por Cencio. A tal soflama no respondía o se hacía el sordo, y evitaba el choque. Nunca contó un chiste o invitó a que alguien lo hiciese. Sus explicaciones no fueron nunca entretenidas, sino que resultaban indiferentes. Si tenían algún atractivo era en lo que concierne a la puesta en escena, porque había algo teatral y cómico en sus exposiciones: la bata blanca de laboratorio como vestuario o el retroproyector con el que cargaba a todas partes, igual que el inventor de máquinas inútiles; pero recurría siempre a las mismas anécdotas, la del niño que entorpecía el tráfico porque no cruzaba la calle en línea recta, o la sorpresa que se llevarían aquellos que no creían en la vida eterna cuando llegase el postrero instante de rendir cuentas al Altísimo. Y cuando hacía referencia a este punto lo hacía con una extraña sonrisa de superioridad, con gesto de diablillo o duende, igual que si conociese al dedillo los castigos reservados a los imprudentes. Siempre presumía de aquellos alumnos suyos que en bachillerato sacaban brillantes notas, y lo achacaba a las enseñanzas que él hizo y sirvieron de sólido cimiento a sus progresos. En muchas ocasiones nos preguntábamos quienes habrían sido tales agraciados, porque no dábamos con uno. A Cencio se le veía por el patio caminando solo, con la vista gacha, puesta en el firme que pisaba, en animada conversación consigo mismo, gestualizando y verbalizando singulares polémicas que sólo a él concernían. Sus zapatos fueron definidos en el colegio como anteriores a la guerra con lanzas, y debían ser de cuero de calidad, o los cuidaba mucho, porque no lo vimos calzar otros. A veces nos acercábamos y le robábamos tiempo con preguntas absurdas, poniendo a prueba su paciencia, con salidas de tono e incoherencias. Él se las tomaba muy en serio e intentaba racionalizarlas. Pero el lenguaje que usaba para responder era anticuado y chocante, de robot, nos resultaba muy difícil averiguar por donde se le podía sacar de sus casillas. No sabía interpretar su rol de adulto, pese a que cumplía los cincuenta, y parecía más bien un niño grande con dificultades para hacerse entender entre sus semejantes, perdido en un laberinto confuso e infiito. En cierta ocasión, el claustro se declaró en huelga y él fue el único que no la respaldó; reclutó a algunos alumnos en la calle que no supieron negarse, para impartirles música, sin instrumentos, sólo leyendo el pentagrama. Y de este modo durante lo que duró la protesta los mantuvo distraídos por las tardes en el aula de Matemáticas. Y si bien es cierto que nadie le tenía mucho respeto, cuando despertaba su cólera convenía cerrar la boca porque era de una violencia extrema, irracional. Y muy vengativo, rencoroso, de una memoria privilegiada para con aquellos que señalaba como burladores. Aunque luego, se arrepentía y nos explicaba, que él no quería ser así, que no pretendía dar bocinazos en clase, ni tener que pegar a ningún alumno, sino dialogar y solucionar de forma pacífica los conflictos. Afirmaba entonces que no quería ser como el severo profesor de Lengua, en cuyas clases no se movía una mota de polvo.
Un día, desde la ventana del aula, los que estábamos pegados a ella, vimos a Cencio salir precipitadamente del colegio. Enderezó la calle abajo. Iba dando grandes zancadas, muy tieso, sin desviarse ni un ápice de su itinerario. Cortando el aire. Vestía una bufanda azul, chaqueta a cuadros color jade y un pantalón marrón ajustado. Llevaba las manos en los bolsillos y murmuraba algo, o quizás tarareaba una canción. Fue la última vez que tuvimos ocasión de verlo. Fueron muchas las preguntas sin respuesta que nos hicimos entonces y los días sucesivos. No hubo explicaciones por parte de la directiva, pronto fue sustituido por otra persona. Pronto se convirtió en un lejano recuerdo. Aprendimos poco con él, pero su impronta se hizo indeleble.
lunes, 19 de octubre de 2026
Estatuas muertas
Muchas esculturas de la antigüedad clásica, especialmente aquellas que representan rostros de dioses o diosas, tienen la nariz rota. En las postrimerías del paganismo la mayoría sufrieron esta mutilación. Parece ser que no es por casualidad, sino que obedeció a un propósito, una curiosa superstición. Se imaginaba que los genios o diablos que en ellas pudiesen habitar, al no poder respirar, morían definitivamente en su interior.
sábado, 17 de octubre de 2026
Lecciones de supervivencia
Cosas de Úbeda. Terminó la guerra y entraron los nacionales. El hijo del alcalde se casó con la sobrina del cura. Favor por favor. Así se acallaron las malas lenguas y aquel salvó el pellejo.
viernes, 16 de octubre de 2026
La muerte no es para tanto
jueves, 15 de octubre de 2026
La ratio y otros actores
Tras una vida en la enseñanza no dejo de darle vuelta a lo de la ratio, el número de alumnos/as en las aulas. No he tenido nunca grupos muy numerosos, pero incluso con muy pocos, en ocasiones, las clases han sido un infierno. En mi etapa de estudiante, la de la EGB, (que ya queda lejos), ya fuese en colegio público o privado, (que pasé por ambos), las aulas llegaban a contener 45 o 43 alumnos; y digo alumnos porque no eran grupos mixtos. Siempre me he preguntado como mis precursores daban clase y mantenían el orden. La segunda preguntan es sencilla, a base de palos y porque no había mucho sitio para moverse. Las bancadas tenían un pasillo central o ninguno, todos en piña; era muy difícil removerse. En lo que se refiere a atender, atendíamos, porque maestros y profesores, tenían la ventaja de que, como no existían pantallas, las pizarras tenían su magia y además, que la mayoría de ellos eran grandes personajes, muy teatrales en sus formas e indumentarias. También muy humanos en sus arrebatos de cólera y episodios distendidos. Creo que ahí estaba el éxito de su programa, y sus representaciones fueron las mejores. Fueron mis grandes maestros y yo el peor de sus discípulos.
martes, 13 de octubre de 2026
Los mejores sabores están en el recuerdo
Mi abuelo se levantaba y encendía la catalítica, que era una estufa de butano que circulaba por toda la casa. Ponía dos rebanadas de pan sobre la rejilla protectora. Y cuando estaban tostadas, restregaba un ajo sobre cada una y las regaba de aceite. Eran de sabor amargo, pero para paladear todo el día. Esos desayunos ya sólo se comen en el recuerdo.
domingo, 11 de octubre de 2026
El sol de la infancia
Sentado en el escalón que daba al patio, miraba a los caracoles que mi tía Pepa ponía a mi lado, para entretenerme. Los tomaba prestados del arriate próximo, escondidos bajo los hierbajos y la tierra húmeda. Los acomodaba entre mis pies. Al sol se calentaba su concha y poco a poco se aventuraban a salir, desperezando sus cuernos. Eran como un moco con antenas, que iniciaban la mudanza de su casa lejos de la solana. Así me tiraba los minutos, cuando parecían horas, viéndolos descender por las contrahuellas, dejando un sendero de gelatina brillante hasta donde alcanzaba la sombra. De fondo chistaba la olla, haciendo bailar el pito, que era la válvula. En el momento apropiado, mi tía también la acomodaba sobre el escalón, ya libre de caracoles, y la olla respiraba como ballena. Yo confundía el sonido con el de la sirena de la fábrica. Y ya sabía que mi tío no tardaría en aparecer, para fabricar quimeras en el aire con el humo del cigarrillo.
viernes, 9 de octubre de 2026
Maricarmen, mártir y santa
Maricarmen se ha ganado el derecho a ser la patrona de los desahuciados, y por extensión, también de inquilinos e hipotecados. Hemos asistido en directo y al detalle a su pasión y muerte. Luego el vía crucis. Multitudes a la luz de pantallas LCD u OLED peregrinan en silencio hasta su casa; (más pronto que tarde hasta el hospital donde falleció o su tumba). Se evocan sus palabras y hechos, lo muy buena que era. Proliferan imágenes de la mártir, se improvisan altares, se depositan velas y jaculatorias, agradecimientos, cánticos. Lo que tenemos delante es una expresión y materialización de la religiosidad popular, que ya parecía algo imposible en los tiempos que corren de IA y robots que juegan al pingpong. Su poder e influjo es el mismo de los mártires cristianos, que movilizaban masas en el crepúsculo del Imperio Romano. Circunstancia que nos parecía leyenda digna de mofa a juicio de Voltarie. Pues ahí está de nuevo. Maricarmen va a hacer el gran milagro de la vivienda. Pronto veremos llaveros con la efigie de Maricarmen, o calendarios con su retrato colgados en la cocina, o tazas. Habrá quien incluso juegue el número de Maricarmen esta Navidad o a los ciegos. He visto una foto de Maricarmen con una cruz al cuello, si el Papa no corre le roban la santa. Los nuevos evangelistas, esos de la TV y el tiktok, ya se frotan las manos con el negocio que se avecina. De entrada, una biografía, con fotos y entrevistas, anécdotas, testimonios, su mensaje. Después camisetas, gorras, muñequeras. Romerías. Maricarmen nunca abandonará su piso del Retiro, porque estará maldito, y será adecuado para casa-museo. Veremos su estatua en la calle, por suscripción popular, rodeada de cirios y claveles. Decía Epicuro: “nada en exceso”, pero a Epicuro ya lo denostaron los cristianos hace muchos siglos y este país no ha dejado de ser, en el fondo, muy católico, pese a los disfraces. Hay trabajo para los antropólogos.
jueves, 8 de octubre de 2026
Berta Singerman recitó poemas de Lorca en el Madrid del 51
En diciembre de 1951, la celebrada actriz argentina de origen ruso, Berta Singerman, ofreció en el teatro Calderón de Madrid una serie de recitales poéticos. En el repertorio, poemas de los hermanos Machado y Federico García Lorca, entre otros.
