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martes, 6 de octubre de 2026

Sin sombrero y otras leyendas

- ¿Qué sabes de Margarita? Me dijo Maruja que estaría en clase y no la veo.

- No te molestes en buscarla. Está posando para don Julio, ese putrefacto andaluz amante de las gitanas, las naranjas y los galgos.

Federico se mordió la lengua. Al amigo se lo perdonaba todo. Con disimulo guardó un sobre rodeado de una cinta violeta en el bolsillo de la chaqueta. Era una carta con unos versos.

Inesperadamente, Salvador dio un brochazo bermellón al enorme lienzo tras el que se escondía, emborronando el bosquejo de una Venus de Milo qué había mutilado de orejas. Después se recreó en repartir la pintura como si machacase algo con un almirez. El pincel quedó desmochado. Lo miró con atención y se lo arrojó al modelo, un viejo desvencijado que se apoyaba en la diosa de yeso adoptando una pose clásica, de dios Marte sumido en pensamiento de la infinitud. Recibió la lanzada sin esperarla y le quedó señalada una fea herida de pintura en el rostro

- Señor Salvador, haga el favor de abandonar el aula – rugió el profesor, surgido de la nada ante el inexplicable asalto.

El anciano Ares, sin inmutarse, hizo un gesto obsceno irguiendo el dedo corazón.

El joven lo ignoró. Se desembarazó del guardapolvo mugriento con el que se cubría y lo colgó en el caballete.

- Vámonos – murmuró a Federico -. Con suerte no tengo que volver hasta septiembre.

Salieron. Sus pisadas resonaron por la galería que daba al patio y bajo las bóvedas de la escalinata de acceso. Al fondo se oían voces de protesta. Abandonaron la academia y asomaron a la animada calle de Alcalá al tiempo que se ajustaban los sombreros.

En la misma puerta tropezaron con Ruano, y este y Salvador se contemplaron como en un espejo. Pero Federico ya tiraba de su amigo.

- Adiós, César. Salude a sus Mata-Haris que meriendan bocadillos de chorizo – escupió.

- Usted, Federico, solo conoce marineros que meriendan nardos – respondió el aludido.

En poco más quedaron las imprecaciones y los unos se separaron del otro.

- Madrid me asfixia, Federico. Es una ciudad llena de moscas – dijo y señalaba a los vagabundos y pedigüeños, bohemios y sablistas, de la Puerta del Sol -. Es necesario acomodar en esta plaza el cadáver de san Narciso, para que purifique el aire.

No muy lejos acudía Maruja, bajo un sombrero adornado de algas secas. No se evitaron, sino que fueron a encontrase.

- ¿Dónde vas Marujita, mujer, mitad ángel, mitad marisco?

- Vengo. De una de las verbenas de las que abundan en Madrid, en esos barrios cochambrosos que huelen a tenerías y churros. Me he subido a una avioneta de cartón y no he parado de hacer dibujos de todo lo que he visto, cabezudos, marineros, guardias y algún bigote como el de Quevedo. ¿Y vosotros?

- Expulsado. Expulsado al fin de esa caverna platónica que es la de San Fernando. Y he raptado a Federico como Zeus Olímpico a Ganímedes, del canto maldito de las sirenas.

- Yo solo buscaba a Margarita – balbuceó Federico, parco frente a lo expansivo de su melenudo compañero.

- Pues ahí la tienes, libre al fin del cruel Pigmalión que la retrata – señaló la Mallo.

La joven aludida se aproximaba a ellos, con una expresión de alivio y pisada firme. Vestía un pantalón de cazador y un sobrerito con pluma de faisán.

Federico llevó su mano al bolsillo, para tentar la carta destinada a la amada, comprobando que no la había perdido. Y mientras jugaba con el lazo violeta que la rodeaba, contemplaba a Margarita con cara de bobo, sumido en la zozobra de todo enamorado ante su objeto de deseo.

- ¿Qué escándalo has organizado esta vez? No sé si regañarte o darte las gracias. Don Julio ha interrumpido la sesión, alertado por el bedel. ¡Qué voces! Resonaban por todo el pasillo. Me ha despedido con urgencia. Me temo que no terminarás la carrera – denunció la joven al pintor.

- Mi carrera empieza ahora – exclamó Salvador, gesticulando como muñeco articulado de madera y cuerda.

Caminaron como una piña hasta la boca de metro de Sol. Algunos fulanos señalaban a Margarita, por su indumentaria y gritaban “ajo”, con aire despectivo.

- Cuanto cateto y cernícalo hay en esta villa – protestó Salvador, fulminando con la mirada a los agresores.

- ¡Ajo! ¡Ajo! – multiplicaban las bocas que acusaban a la travestida y compañía.

Federico señaló la boca del metropolitano para evitar el linchamiento.

- Jamás huir – reclamó el pintor, y en un acto de rebeldía se quitó el sombrero e invitó a sus amigos a seguirle en la iniciativa. Ellas no se lo pensaron, desafiando a los viandantes.

Entonces comenzaron a lloverles piedras, por lo que decidieron seguir el consejo de Federico y refugiarse en las profundidades. Una vez a salvo en la oscuridad, en breve conciliábulo, discutieron si regresar a tomar la plaza o un metro. Salvador proponía volver al ruedo como el torero contestatario. Federico le disuadió porque no eran cojines lo que llovían, sino adoquines. Por una vez se impuso la razón y el joven contestatario claudicó.

Al reiniciar su periplo, esta vez por las estrechas galerías abovedadas, recorridas por negras y vidriadas líneas sobre blancos e higiénicos azulejos, Federico vio la oportunidad de entregar la carta a Margarita. Pero por más que buceó en el bolsillo, no halló el sobre. Un dolor se acumuló en su pecho. En el tumulto, con las carreras, debió haberse perdido.

En la plaza del Sol, un literato de los que ejercían la bohemia lo recogió del suelo, con la esperanza de encontrar billetes. Al descubrir que eran sólo unos versos, y después de leerlos con atención, corrió a venderlos como suyos, para una publicación donde aún le fiaban, para hacerse con unas ricas tostadas, su dieta de todos los días.


 

 

 

 

viernes, 2 de octubre de 2026

La úlcera de Zunzunegui

Tiene Juan Antonio de Zunzunegui un libro con mucho tino que se ocupa con humor de la figura del indiano. En este caso de uno que regresa a su pueblo en Cantabria después de hacer fortuna en México, y se convierte en benefactor de sus vecinos. El acontecimiento provoca una sucesión de pintorescas situaciones. Le sale un competidor. La novela se titula La úlcera. Es un Premio Nacional de Literatura, del 48. Zunzunegui era vizcaíno y falangista redomado, aunque su blanqueada biografía lo ignore. Para Umbral era un referente. Un libro que pescas en las librerías de ocasión por dos euros, y en tapa dura.


jueves, 1 de octubre de 2026

Acampadas de ricos y para pobres

En este mundo contradictorio en el que vivimos, hay gente que acampa en una playa y monta con cuatro plásticos un mercadillo, personas emprendedoras con la esperanza puesta en saltar a un mundo repleto de oportunidades. Por otro lado, hay individuos e individuas que acampan en una plaza pública, bajo la etiqueta del Decatlón u otro, contra el ruin capitalismo que nos asfixia. Unos quieren salvarse y otros salvarnos a todos. El cartón piedra está bien para las pelis, la realidad es otra cosa.


Me siento oso mañoso, ¿o era madroño?

Siempre fui un seguidor del oso Yogui, por su corbata y sombrero, y su hambre de Carpanta. Y durante mi larga infancia, que aún se prolonga, lo he tenido como referente cuando he querido estar elegante en algún evento social de cierta importancia, para soplar unos canapés. De mis andanzas por la Puerta del Sol, en aquella etapa que vestía pantalón por las rodillas, buscaba con la mirada al oso mañoso que parecía querer subirse a un árbol. Este oso me ha parecido desde entonces más grato que el de la antigua casa de las fieras del Retiro, que vivía en una jaula, bajo el chorro de agua que le caía en la cabeza desde una herrumbrosa alcachofa. Hay dramas que uno no puede olvidar. Como el hecho de que ahora al del madroño lo conviertan en espantajo. ¿Por qué ese empeño en no respetar las obras de arte? Las religiones tienen a sus iconoclastas, las ideologías también, aunque se disfracen de Razón. Por cierto, que en el IES Las Fuentezuelas de Jaén, crecen varios madroños. Cuando tienen su fruto, cojo alguno, lo masco y me identifico aún más con Yogui.

sábado, 26 de septiembre de 2026

La mili era la FP más igualitaria

La mili era una FP forzosa y todos los hombres teníamos que graduarnos en tales materias un año, más o menos, después. Afortunadamente no se repetía. Aquel programa comprendía limpieza de letrinas, cocina, vehículos, tiro, carreras, imaginarias y refuerzos, maniobras, peluquería, fotocopias, sanidad y un largo etcétera. En teoría salías de allí más que listo para enfrentarte al mundo cruel que te esperaba. Luego podías comprobar que no, que más allá de los muros y las garitas no tenías asegurada ni cama, ni ropa, ni fajina. Pero la libertad no tiene precio.


Un alquiler de tiempos de Paco Franco

Me pregunto yo, porque me pasa como a Sócrates, que tengo un diablillo que me susurra al oído, y me tienta a decir cosas que sé que molestan, pero que no puedo remediar decir. Me pegunto, digo, que, en esto de la Maricarmen, que no es la de los muñecos, sino otra, digo, que si en lugar de ser Maricarmen fuese Paquita, (como dijo Bardem), por decir un nombre, y en lugar de tener un alquiler en el Madrid del Retiro, fuese, por poner el ejemplo, en la calle Calvache de Jaén, me pregunto: ¿hubiese venido la Ana Belén a cantarle? O, por ponerlo más difícil, si en vez de Paquita fuese Ramón, Ramón García, por ejemplo, un anciano despistado de esos que se olvida las zapatillas de paño en casa al salir y les roban la tele mientras, digo, ¿hubiese asomado siquiera la Carina recitarle unos de Lorca? Entiendo que son cuestiones difíciles. Es un no dormir. Y, otra cosa, ¿los alquileres se heredan? Tendría huevos que las deudas sí y los alquileres de tiempos de Franco no. Es por fastidiar un rato.


miércoles, 23 de septiembre de 2026

Un día para ser recordado

Es este uno de esos días en los que no ha faltado de nada, y eso que no ha terminado.

Recapitulemos: la amenaza de un nuevo "desastre humanitario" en Ceuta, el desahucio de una anciana madrileña, el gas pimienta de la pepera, el incierto origen de las joyas de Zapatero, el posible indulto de Puigdemont, lo del tribunal popular para la Begoña, el inapropiado beso de Sánchez a Delcy Rodríguez y su visita al musulmán progre de New York, la detención del cerebro del Plus Ultra, la argentina judía que se va a hacer famosa con lo de Granada, el golpe de estado del coronel retirado, la fiesta de la Giralda, el Oscar para la bola negra de los Javis... Que cada cuál tome la suya.

Un día de película, para un país de comedia.


sábado, 19 de septiembre de 2026

El impostor impostado

Se habla del síndrome del impostor y yo he de decir que no lo padezco, sino que realmente he sido siempre un impostor. En la enseñanza, desde el primer día, por eso los alumnos se encariñaban conmigo y los compañeros me miran con recelo. Como dibujante u humorista gráfico, porque en realidad no lo he sido nunca, sino un aficionado, un veleta de las modas, un tipo con mala sombra que no hace chiste, sino que señala. Y como escritor, pues no caso con ninguno del medio, ni con la industria, ni lo soy sino por aburrimiento. Podría alargarme en la lista, tocar asuntos más delicados, pero por no dañar a nadie llevaré mis secretos a la tumba, y seguiré usurpando alguna sombra, pues ni siquiera soy capaz de reconocerme en el espejo.

A Federico García Lorca le pirraban los toros

 "(...) Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo. Es el drama puro, en el cual el español derrama sus mejores lágrimas y su mejor bilis. Es el único sitio adonde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza. ¿Qué sería de la primavera española, de nuestra sangre y de nuestra lengua si dejaran de sonar los clarines dramáticos de la corrida? Por temperamento y por gusto poético soy un profundo admirador de Belmonte".

Federico García Lorca, entrevista de Lluís Bagaria en el diario El Sol, 1936.

martes, 15 de septiembre de 2026

Las piernas de la de Saba

Nos llevó el de Historia del Arte, Eloy, a la diputación de Córdoba, para ver una exposición de arte contemporáneo. No recuerdo el nombre del artista, pero eran unos relieves de formas geométricas en bronce, a las que daba color. Pero igual la memoria engaña incluso en eso. Lo que mejor recuerdo fue la anécdota, que de la reina de Saba y Salomón nos contó a raíz de contemplar mojado el suelo del patio, que actuaba como un espejo. Llegó la reina a Jerusalén y Salomón acudió a recibirla, quedando prendado de su hermosura. Un susceptible sacerdote le avisó de que la de Saba tenía las patas de cabra, negras y velludas. Salomón decidió entonces llevarla a pasear a un patio con baldosas como espejos y así pudo comprobar que las piernas de la reina estaban estupendas, robustas, de firmes muslos, y el vello donde correspondía.