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miércoles, 17 de julio de 2024

El cordero y el obispo

Contaba Gregorio de Tours, allá por el 550, que la mujer del obispo Félix de Nantes estaba convencida de que éste la engañaba con otra, porque eran muchas las veces que no dormían juntos y él ya no la buscaba como años atrás. Una noche la esposa irrumpió en el cuarto del marido y lo descubrió acostado con un cordero. Dejó escrito el prelado de Tours, para excusar a su colega, que era Cristo el que lo acompañaba, de la opinión de la mujer al respecto no queda constancia.


La ola de calor

Ya está ahí la ola de calor que, aunque parezca mentira, es cosa del verano, pero se anuncia como novedad y consecuencia del cambio climático. Eso del calor es muy relativo porque cuando yo contaba con quince o dieciséis años era capaz de andarme media Córdoba para robarle un rato de siesta a algún amigo y no morir en el intento. Era un navegar por las callejas de la judería, perderte por el Realejo hasta la Magdalena o asomarte a la ribera donde el recodo de la noria muerta de risa, sin apartare en lo posible del amparo de la sombra de las estrecheces del camino. Reinaba el silencio absoluto y la luz era tan intensa que daba la sensación de que nunca habría noche. No te cruzabas ni con un perro, te creías superviviente de la bomba de neutrones u otro miedo de aquellos años. Era en la plaza de Abades donde en ocasiones tropezabas con semejantes, allí se arrejuntaban en coloquio las putas menos sufridas, que huían de la obligación, al amparo de un colmado que despachaba helados prefabricados y cerveza fresquita.

- Hace muncha caló para aguantar a nadie encima – decía una muy sofocada a golpe de abanico. 

Este era el diálogo, aunque siempre me he preguntado si se quejaba o se anunciaba, porque yo la veía muy fresca. Allí había otra disfrazada de hada, con su capirote y varita mágica, y una minifalda, (es que me ha venido a la memoria). 

El caso es que no era este sino el otro calor del que yo hablaba. La aventura culminaba, después de mucho callejear, en la casa de alguien, no importaba quién, siempre era uno bien recibido, aunque fuese una sorpresa. Primaba lo inesperado, nadie se entretenía con el móvil o el internet. Recuerdo que un día acudieron a mi casa una siesta de aquellas José María y Manolo, que se habían acordado de mí. Y los tres montados en la vespino del primero, sin casco ni documentación, aterrizamos en el Campo Santo de los Mártires, donde la escultura de las manos y el aroma a bosta, lugar de encuentro de una juventud con inquietudes. Se pasaba la tarde entre litronas, pipas y García Márquez, incluso algún revolcón furtivo. Podíamos con todo, incluso con el verano.


lunes, 15 de julio de 2024

La respiración del cuadro

En la penumbra de la siesta los cuadros cambian de programación. Sobre el lienzo no está la composición de siempre sino otra muy distinta, que te afanas en identificar sin lograrlo.
Dudas entonces si estás donde debieras o no has conseguido salir de un sueño, en el que todo es aparentemente normal pero caprichoso. Un marco resulta ser así la ventana a la que te asomaste sin darte cuenta, que te daba ocasión de divisar un escenario inesperado, un sumidero que se asoma a una oscura cloaca, un agujero negro abierto a una nada esponjosa. Donde antes había un bello paisaje ahora unas figuras extrañas, si era un bodegón después unos rostros impersonales. Intentas identificar lo que tienes ante los ojos, pero se aferra a la superficie, como si fuese su tabla de salvación ante el ocaso que significa la vigilia. Es el último reducto al que se sujeta lo irracional. Poco a poco la luz y la razón borra esa estampa, y te devuelve la imagen de siempre. Es a la hora del sueño cuando los cuadros cobran vida, como las manchas de humedad de la pared. Se rebelan al dictado de sus autores y muestran lo que les viene en gana. Sirven de trampolín a otro mundo, ni mejor ni peor, sencillamente enigmático e indiferente, que te atrapa y te devuelve después como naufrago a la orilla.

sábado, 13 de julio de 2024

La vida que te inventas

Antaño yo dibujaba, era la manera más barata de hacer películas. Después reincidí porque pertenezco a una generación que en su juventud tenía dos opciones: formar parte de un grupo musical o publicar un fanzine. Yo pude hacer cualquiera de las dos cosas, pero descarté temprano la primera: sólo tocaba la raqueta acompañando a los Rolling, que entonces visitaron Madrid, o el tamtam sobre un tambor de Colon. Lo de acompañarlos es un decir porque era cuando se les escuchaba por la radio, momento que aprovechaba para grabarme en el casete. Creo que perdí definitivamente aquellas cintas, aunque guardo la secreta esperanza de que algún día aparezcan para ponértelas. Al tiempo que arañaba las cuerdas de la raqueta con la capucha de un bolígrafo, con este pintaba monigotes en los márgenes de los libros de texto del colegio. Vino la movida y el boom del cómic, y definitivamente me apunté al último. Al principio primaba la fantasía y la ciencia ficción, el terror y el erotismo, luego me hice moderno y me pasé a la línea clara. Por alguna extraña razón confundí el mito de la caverna de Platón con el humor gráfico, dejé el diseño y me pasé al chiste. Durante mucho tiempo me estuve engañando y se la colé a mucha gente, que me tomó por dibujante y visionario. Un día me di cuenta de que llevaba años repitiéndome y decidí dejar sitio a los que pintan de verdad. Desde entonces cuento historietas al vacío y dejo pasar la vida, creo que mi vocación verdadera es la de ermitaño. Yo tenía que haberme refugiado en La Tebaida y prestar una capa a María la Egipcíaca, que tendría mucho que contarme a cambio. La temperatura en el desierto es muy elevada, siempre he llevado bien el calor.


La princesa sola

La princesa se ha ido sola (subrayado) al extranjero, nos ha contado la prensa, a cumplir con obligaciones que corresponden al cargo que representa y porque ya tiene edad para hacerlo. Cuando han dicho sola yo me la he imaginado tal cual, como el peregrino misántropo que hace el camino de Santiago rodeando poblaciones y evitando gentes, en alpargatas y con talega a la espalda, una gorrita para el sol y una calabaza con agua fresquita atada a un báculo. Esto van a ser como unas maniobras para meditar por el futuro que le espera, me he dicho. Luego he comprobado en los noticiarios que lo de sola era un decir, que iba más que acompañada, como abeja reina de zánganos y obreras, abejorros y moscones. Y en vez de hacerlo de faena se ha puesto un elegante vestido colorado y unos tacones altos muy puntiagudos. Lo suyo no ha sido precisamente lo de Marco de los Apeninos a los Andes, que hizo su viaje con el mono Amedio y mantuvo nuestra alma infantil en vilo durante su periplo transoceánico. Esta aventura ha sido más light, lo de esta muchacha empieza a parecerse a los mundos de Yupi. Pero todavía quedan muchos capítulos para ver cómo acaba el cuento; ya mismo acuden las hadas con la magia.


viernes, 12 de julio de 2024

Concursos literarios

De los numerosos concursos literarios que se celebran por todo lo largo y ancho de la geografía española, incluso de la hispana, son especialmente singulares los modestos, promovidos por algún municipio, parroquia u asociación cultural, que destacan por lo singular de sus temas, siempre locales o reivindicativos de un mundo mejor, pero especialmente por sus premios, que van de la cantidad irrisoria al lote de productos del terruño, la visita guiada o el convite a las fiestas, correr la vaquilla y alternar con la miss. Muchos de ellos llevan el nombre del erudito local o héroe nacido allí, la comarca o el motivo, si es político o religioso, que lo anima. Es aventura quijotesca, donde se quieren ver gigantes y no existen ni molinos, cabalgar sobre Clavileño y conocer a Frestón, Fritón o Muñatón, que todos valen, confundir a la bella Oriana con Maritornes, con parada en venta y lucha contra pellejos de vinos o brutos locales. Son estos caminos a la nada o lo ignoto los que conducen a la aventura, discretos, pero inolvidables. Volver de un viaje con un jamón, un porrón de vino, unas tortas de azúcar y un diploma acreditativo con faltas: eso es literatura.


jueves, 11 de julio de 2024

De cuando el amigo informático

En los noventa fue cuando empezaron a proliferar los informáticos. Estos fueron el antecedente del actual cuñao. Eran amigos, conocidos, vecinos que decían tener conocimientos de informática y se acercaban un día a tu casa a ponerte el PC en orden, lo suficiente como para tener que llevarlo al día siguiente al servicio técnico. Se tiraban una o dos horas, cuatro o cinco, trasteándote el cacharro y mejorando esto o aquello, nunca quedaba claro el qué. Detrás de tales iniciativas, barrunto, había algún trasfondo homosexual. Algunos se traían juegos y disquetes con gifs porno, para instalártelos, otros la copia pirata del Windows. Charlando y tomando unas birras, echabas la tarde con ellos hablando de nada, con la mosca detrás de la oreja, sospechando que habías cometido algún error al invitarlos. A la mayoría no volverías a verlos después o en contadas ocasiones el resto de tu vida, sólo para recordar aquella nefasta experiencia. Salían por la puerta de tu casa con cierta prisa por ser ya pasadas las 12 de la noche y tener que madrugar al día siguiente; y cuando en la soledad de tu dormitorio te ponías a cliquear ya no funcionaba nada, ni el jueguecito de las minas. La culpa solía ser del MS-DOS, que había machacado algo, - te decían cuando les exigías alguna responsabilidad -, o de la copia del Windows, que no se podía copiar muchas veces porque guardaba un virus para evitarlo, aseguraban muy serios. Eran como brujos que cuando no les salía bien el conjuro te daban mil explicaciones y se lavaban las manos. Con el tiempo esta fauna fue desapareciendo, todos fuimos aprendiendo a evitar los aprendices de magos y a no tocar mucho el PC, (fundamental). Ahora se actualiza solo, te envía los cartuchos si nota que te falta tinta en la impresora, y te cobra una pasta sin avisar si pinchaste algo que no debías. Hemos perdido el contacto humano, pero los cacharros pitan de maravilla.


martes, 9 de julio de 2024

De las aventuras de Plinio

De las de misterio que leo y releo, y no hay verano que prescinda de ellas, están las de Plinio, el jefe de la policía municipal de Tomelloso, que es serie compuesta por Francisco García Pavón, escritor manchego del mismo pueblo que su personaje, (vecinos podríamos decir), y que Garci adaptó a televisión y tan bien interpretaron Antonio Casal en el papel de protagonista y Alfonso del Real como don Lotario, el veterinario. Son aventuras que se desarrollan, la mayoría, en la Mancha, en el interior, pero en un escenario que el autor pinta mágico, una nada que por grande tiene mucho que explorar, descubrir y aportar. Lo cotidiano se mezcla con lo inesperado y atípico, surrealista a ratos, sorprendente y cómico la más de las veces. Cuando entro en una de Plinio siento que bajo al fondo de la cueva de Montesinos, como un Quijote cualquiera y me dejo mecer en su sueño, para luego despertar contando que el mismísimo Montesinos me estuvo guiando por cada escena o estampa de las que Pavón expuso y averigüé o destapé un enigma.



sábado, 6 de julio de 2024

Verdad o mentira

A la verdad o la mentira se jugaba con las canicas. Mi abuela me recomendaba siempre jugar a la mentira. Si era a la verdad, podías perder tu bola después de que la golpease el contrario con la suya e hiciese gua a continuación, que era meterla en el hoyo. Había que tener puntería y acertar para lanzar las del contrario lejos y poner la tuya a recaudo y no perderla, y ganar otras. Las canicas eran de vidrio, cristal y acero. Las más chulas, (aunque para gustos no existen reglas), según mi parecer, eran las azules mar profundo. Cuando la canica había rodado mucho parecía un planeta bombardeado por meteoritos y molaba un taco ver cómo brillaban aquellos accidentes.

No mucho después, o quizás en paralelo, se pusieron de moda las dos bolas sujetas por una cuerda, una en cada extremo. Estas bolas eran más grandes que las anteriores, pero no tan grandes como las de billar. Eran de variados colores y supongo que de un plástico duro. La gracia estaba en hacerlas golpearse una contra otra, primero despacio y después más deprisa hasta que formaban una circunferencia y un estrépito de ferrocarril. Si no tenías cuidado podías llevarte un bolazo en la sien o la nariz. Yo creo que el invento se lo copiaron a los gauchos de la pampa argentina, que lo usan para enredar las patas de los novillos, pero dándole otra utilidad.

Con cordón también se hacía bailar el trompo. Se hacía un círculo en el suelo y los participantes lanzaban el suyo a toda velocidad. Los trompos tenían que quedarse dentro. El trompo que girando empujaba al resto y quedaba de rey de la pista era el ganador. El propietario se quedaba con aquellos que habían sido expulsados del recinto en uno de los choques. Un día salieron a la venta unos trompos que bailaban con un resorte de muelles al que se atornillaba y desaparecieron los cordones.

Luego aparecieron unos cables de colores, pero sin cobre dentro, que servían para hacer gruesos cordones trenzando unos con otros. Podían hacerse cuadrados o redondos. Los cuadrados quedaban muy cucos, pero se quedaban cortos para hacerse una muñequera. Si el cordón se hacía redondo, los cables daban más de sí. Combinado los colores, negro o amarillo, rojo, azul y blanco, conseguías unos más sofisticados o de bandera americana.

También había otros juegos más sencillos como tirarse piedras. Siempre terminaba alguien descalabrado, que sufría una pedrada certera de un enemigo o de uno de la propia banda con mala puntería. La sangre ponía fin a las hostilidades. Otras veces la rotura de un cristal. Pero si no se daba una situación como las descritas la distracción podía durar toda la tarde.

Me he acordado de todo esto porque ya no juego tanto como quisiera. Estoy por tirarle unas piedras a los nenes que vengan a tocar el timbre de casa. Creo que aún ando bien de puntería.


miércoles, 3 de julio de 2024

Tiburón de verano

Fue en el cine de verano de Méntrida, ese bonito pueblo toledano famoso por sus bodegas, cuando tuve ocasión de ver Tiburón, la de Spielberg. Dos cosas llamaron poderosamente mi atención. Una que los protagonistas eran muy mal hablados y otra que el bicho era terrorífico. Previamente había caído en mis manos una versión en comic de la película, muy erótica, que no tardé en descubrir lo poco o nada que tenía que ver con el original. A lo que voy es que cuando acabó la proyección, para llegar a mi casa tenía que atravesar la alameda, que era un bosque que crecía junto al río, un afluente del Alberche. A esas horas de la madrugada todo estaba más que oscuro y pasito a pasito, en compañía de mi hermano, que estaba más acojonado que yo, atravesamos la floresta temiendo que en cualquier momento apareciese la cabeza del escualo poblada de dientes dispuesta a devorarnos. Aunque la razón negaba que un pez de estos hiciese vida en la superficie y se refugiase en bosques, no podía evitar imaginar que nos vigilaba desde detrás de los árboles para dar su salto mortal sobre nosotros en cualquier momento. Con esa preocupación, más pronto que tarde, llegamos a casa y pudimos refugiarnos bajo las sábanas. El nuevo día no trajo la calma, durante mucho tiempo visitamos el inodoro con precaución, siempre alerta por si de entre las inmundicias surgía la fiera con hambre.