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sábado, 11 de mayo de 2019

Proteo



Cuenta el ciego que Menelao se desvió hasta Faros, una isla de Egipto, con tan mala fortuna que los vientos dejaron de soplar y se vio cautivo de la calma del mar durante días.
Idotea, una ninfa marina, se acercó al barco y le susurró al oído el modo de salir de aquella, que no era otra que la de hacer prisionero a Proteo, que era el pastor de focas de Poseidón y conocía los secretos del mar.
Tenía por costumbre contarlas antes de echar la siesta y ese era el mejor momento, le dijo Idotea, de pedirle cuentas.
Se fue hasta la isla en una barca el rey de Esparta, con tres de sus hombres.
Una vez que vio al pastor hacer lo que la ninfa le contó, lo apresaron, ardua tarea, pues Proteo se revolvió ahora como león, después como serpiente, también pantera y jabalí, incluso como árbol y agua. Pero sin poder librarse del asalto de los griegos.
Aterrorizado, Proteo cantó. Y no sólo les contó el modo de romper la calma sino que además, acelerado, les dio noticia del resto de los héroes de la guerra de Troya, de sus aventuras y del amargo fin de alguno de ellos.
Libres del encantamiento, retornaron a Grecia, felices pero disgustados por el olor a foca del que no pudieron librarse sino después de perfumarse con ambrosía. 


miércoles, 1 de mayo de 2019

El hombre que confundieron con Pericles.



Se llamaba Pero pero le decían Pericles. Era de Rodas y nunca pisó Atenas. Sin embargo, unos marinos del Ática lo vieron pasear por el puerto y lo tomaron por el mentado, y así le llamaron a voces para captar su atención.
- Pericles, Pericles.
Pero Pero no se daba por aludido.
- Pericles, Pericles.
Insistieron tanto que Pero tuvo que sacarles de su error.
- Me llamo Pero. No soy el que buscáis.
Cuando quedó todo aclarado, los  confundidos volvieron a sus faenas en la mar pero a Pero le dejaron el mote y ya, desde ese día, en su tierra le decían Pericles.
- No tengo la cabeza de pera - se quejaba, pero con el tiempo le cogió gusto al mote y empezó a moverse y a hablar como imaginaba que aquel lo hacía, por presumir.
Volvieron los marineros, un año más tarde,  y ya no lo reconocieron como Pericles, Pero estaba muy cambiado, y no le prestaron atención ninguna.