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jueves, 4 de agosto de 2022

Aire condicionado

Este empeño por el aire acondicionado no lo comprendo. Cuando yo era niño, para la caló, el remedio era un botijo con agua fresquita que tenía un culillo de anisete, el baldeo de la puerta de la casa o el patio, el abanico desportillado que se olvidó la tía viuda, una habitación oscura y poco más. Cómo se ponía mi abuela si subíamos una persiana, eso era poner orden.

Con los años llegó este invento traicionero que provoca resfriados o infección de oídos a destiempo, sin el cual nadie puede pasar. "Es que hace mucho calor", te dicen, gente que no sabe lo que era cruzar el viaducto y bajar a la mezquita a echar la tarde, a las horas en que por la judería no asomaba el rabo ni el Diablo. "¿Dónde vas con la que está cayendo?", te gritaba desgañitá tu madre, pero tú ni caso. Andando o tres subidos en un vespino te plantabas en menos de veinte minutos en la Calleja de las Flores, que entonces no visitaba nadie o alguien que se había perdido, y no te preocupabas de otra cosa que de reunir botellas huérfanas para cambiarlas por una litrona fresquita en el colmado que daba a la facultad de Filosofía, de la que te tocarían en suerte tres o cuatro sorbos de cerveza y baba, o canuto. Aquello sí era refrescante. Pero a ver quién convence ahora a una de Madrid, la Ayuso misma, para que apague un rato el chisme. Igual te la tienes que llevar de escaparates, por mucho calor que den, para que se le pase el sofoco.


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