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sábado, 18 de noviembre de 2023

La flor

Relataba mi abuela con alivio y satisfacción, a partes iguales, la vez que estuvo a punto de ver en la era, hoy diríamos en la calle, a toda su familia, por un asunto de cierta gravedad, característico de una edad remota, afortunadamente olvidada o tal vez disimulada por el progreso y el liberalismo democrático. Creo que era uno de sus recuerdos favoritos, junto con el de la visita a un circo, que otro día contaré. Siendo muy niña, apenas tendría cuatro o cinco años, se prendó, como la señora de la casería en la que su padre estaba empleado, de una bonita flor que crecía en un tiesto. Si la dueña le dedicaba horas para su disfrute, no menos le proporcionaba mi abuela, también fascinada por su belleza. Todos los días se entretenía el ama en admirar su desarrollo y no tenía otra distracción que la planta y su flor. La regaba, la olía, la cantaba, la cambiaba de sitio para que no sufriese el castigo del sol, era su fijación. La señora era una mujer joven y sin hijos, tenía todo el tiempo del mundo y aquel capricho de color nacido de la tierra oscura para llenarlo.

La tragedia se produjo el día en que mi abuela tuvo la feliz ocurrencia de hacerse con la preciada joya y la cortó, supongo que para hacerla definitivamente suya, sin comprender que pertenecía a otra. Su madre sofocó un grito de terror al verla con ella en las manos, prueba de su delito. La primera reacción de su padre al tener conocimiento del crimen fue llevarse las manos a la cabeza y después darle una somanta de palos impropia de los tiempos que corren, pero habitual entonces.

El disgusto de la señora fue memorable, convertida en un basilisco, no conocía a nadie, quería expulsarlos a todos de sus tierras, como si fuesen moriscos o gitanos.

- ¡Quiero que los eches! – exigía, sin pensar en que eran varios los niños que quedarían expuestos al hambre.

El marido fue más razonable.

- Pero mujer, ¿cómo los voy a echar? José es muy buen trabajador, estoy muy contento con él.

- ¡Que no, que no, fuera todos, que se vayan, no quiero verlos más por aquí!

- ¿Pero no ves cómo ha dejado a la pobre chiquilla, que no puede ni levantarse?

Y mi abuela contaba aquel detalle sin poder contener la risa.

- Me quedé allí sentada, sin poder menearme – decía con nostalgia.

Entró la ama en razón poco a poco, y al final perdonó la falta. Creo recordar en boca de mi abuela el dato de que días después su marido la obsequió con un ramo extraordinario y ella perdonó la falta.



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