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sábado, 16 de noviembre de 2024

En tiempos de Maricastaña

Por estas fechas era cuando siendo niño nos poníamos ciegos de castañas asadas a la luz y el calor de la lumbre. Una experiencia inolvidable que me condujo a la conclusión de que el infierno no debía de ser tan malo como contaban. El rito se celebraba junto a la chimenea y no se encendía ni una bombilla porque con las llamas teníamos suficiente para reconocernos y saber dónde poníamos las manos. Un kilo o dos de castañas era el menú más codiciado cuando el sol se había retirado del todo y cargabas con el frío a hombros. Se partían una a una y se acomodaban entre las brasas, hasta que se abrían del todo y se ponían blandas. En ocasiones, por descuido o deseo de hacer una gracia, se colaba una entera y estallaba al rato, interrumpiendo la distracción propia del que pela, masca y traga, pero generando sorpresa primero y risas después entre la concurrencia, aviso también para los glotones. Cogerlas, por hambre que tuvieses, era peligroso y había que servirse de unas tenazas o de una paleta del brasero para retirarlas del hogar. Y en el borde se quedaban, igual que futbolistas en el banquillo, hasta perder el brillo que las había animado y se volvían cenicientas. Tomabas una, dos si eras hábil y discreto. Con mucho tiento y paciencia la pelabas al ritmo de soplos, sobre ella y los dedos, y después te la llevabas a la boca y se te antojaba un bollo dulce. Cuando se acababan sobrevenía un vacío muy grande, algo así como si se hubiese escapado el alma a la gloria. Claro que sigue habiendo castañas en la tienda, pero con el microondas no estás ni en el cielo ni el infierno, sólo en este desteñido mundo.

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