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miércoles, 3 de junio de 2026

Rubén Darío, Buda y el baile del torovenado

Tuve la suerte de trincar en un saldo un libro de Rubén Darío, que no es de poesía, (que no trago salvo el romancero), sino prosa, una reunión de artículos periodísticos, de aquellos de viajes que distraían a los lectores de prensa. En este volumen se reúnen varios de uno a España tras el desastre del 98, destinados a un público americano, argentino para más señas, preocupado por la deriva de la madre patria. España contemporánea, se llama. Es compendio de estampas singulares y atrevidas, acertadas, formadas con un lenguaje sugerente. Es un periplo a otro planeta, aunque conocido, no exento de ideas y juicios que ahora resultan tópicos, tal vez no entonces. Hay un ramillete de interesantes protagonistas de nuestra cultura, a los que dedica líneas y retrata con gruesos trazos. A Rubén lo conocí en el colegio por La marcha triunfal, pero no le cogí el paso. Sin embargo, de su bohemia en París y Madrid, le pillé la compostura y danza que produce el ajenjo, o era un torovenado que traía de su tierra. Darío tenía algo de Buda, en la postura y las formas. En las reuniones parecía dormir, pero escuchaba, al menos la última frase del orador, y remataba con un cumplido. Temo que Gómez Carrillo no lo mirase con cariño, sino como competidor. Ambos envejecen mal, pero a Darío le salva la poesía.

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