Yo estuve codo con codo con Franco, dos o tres veces. No lo digo por presumir, es que fue así. Los domingos por la tarde, después del día de recreo en Ciempozuelos, volvíamos a casa por la carretera de Andalucía. Y en más de una ocasión las lomas y cunetas que conducen a Madrid se llenaban de guardias civiles o guripas de reemplazo. Esta era la señal de que algún pájaro de importancia iba a hacer la misma ruta que llevábamos nosotros. Y solía ser el Caudillo que venía de caza, quizás de pesca, de alguna finca de esas que hay por el sur y sirven para matar ciervos o jabatos con escopeta de dos cañones. En un momento dado, los guardias nos echaban al lado de la derecha, y el carril de la izquierda quedaba vacío. Antes de un suspiro, nos adelantaban a toda velocidad unos coches de alta gama con los cristales tintados. En uno de ellos, nunca supe en cual, viajaba Franco. La comitiva solía cogernos a la altura del Cerro de los Ángeles. Aquel dictador era ya una momia, años 72-73, y no lo digo por insultar sino porque muchas veces he sospechado que lo que viajaba dentro de uno de aquellos vehículos no era aquél sino un pelele de paja, para hacernos creer que aún podía llevar el país, que todavía era el autócrata de después de la guerra. En aquel entonces se hicieron muy populares los ventrílocuos, porque el populacho sospechaba que al pelele lo manejaba alguien. Yo creo que lo sostenía la inercia del régimen.
No hay comentarios:
Publicar un comentario