Que me perdonen los católicos, o que me condenen, si digo que el recibimiento al Papa ha sido un acto trasnochado, por no decir rancio, más propio de un siglo XIX que del que nos toca. Ese ir y venir de políticos del régimen, el turnismo dinástico de la corrupción, con el despliegue de guardias reales a caballo, tambores y trompetas, parecen retrotraernos a aquellos daguerrotipos de los Alfonsos, XII y XIII, aunque, todo sea dicho, sin tanto espadón ni guerra en Marruecos. (Aprovecho para señalar que la catedral de la Almudena es fea, tanto como una tarta de merengue sobre un almohadón de bizcocho, por muy bueno que esté). Por fortuna, el pontífice, con ese andar de campesino que vuelve de la huerta o de ordeñar a las vacas, ha roto de algún modo el protocolo, y dado la imagen de San Pedro perdido por las calles de Roma, como si no supiese que en cualquier esquina puede retarle Simón El Mago, u otro volatinero de los que hoy se estilan a dar un salto mortal en nombre de Cristo. A este país, por un capricho del destino, una grieta en el espacio tiempo, tenía que acudir el papa Alejandro Borgia, que es el que corresponde a estas éticas que nos gobiernan, a figurar entre todos los figurones, repartir anillos y bendiciones, prometerles el cielo a cambio de un impuesto. Y que en vez de entrevistarse con la Isabel, aquella tan católica, como sucedió en el XV, lo hiciese con los que hoy reciben a su sucesor. Habría menos hipocresía y mejores negocios, para ellos, siempre para ellos.
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