Los castillos de Al Andalus, si presto atención a algunos arqueólogos, estuvieron estucados de blanco. Eso quiere decir que los montes, riscos, colinas y peñas, en los años de dominación musulmana, debieron estar coronados por torres albas, luminosas los días más claros, visibles a kilómetros de distancia, por el impacto y reflejo de los rayos del sol en sus paredes. Siempre he defendido que nuestros castillos son las acrópolis de nuestra identidad, aunque sus edificaciones no tengan tímpanos triangulares ni columnas acanaladas. En el pasado debieron deslumbrar al viajero, como el mármol pentélico del Partenón al turista foráneo. Y provocar en aquel que recorría la frontera sensaciones que hoy solo podemos soñar, porque el paisaje de nuestro camino ya es otro.
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