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jueves, 13 de abril de 2023

Al maestro cuyo nombre pertenece al olvido

Pues no recuerdo su nombre porque siempre me referí a él como “profesor”, aunque fuese maestro. El caso es que también tocaba el piano y llevaba el coro del cole. Se encargaba además de seleccionar alumnos para que participasen en la función de final de curso o cualquier otra que viniese al caso, por una efeméride o la visita de un personaje importante al centro. Así, ese año uno de la clase hizo una fantástica imitación de Luis Aguilé con sombrero y todo en el salón de actos. A mí me propuso, después de oírme cantar en la fila, formar parte del coro, pero yo era muy cortado y quedamos en que lo pensaría. El piano era vertical, muy viejo, y tenía unos pedales que me recordaban a los de un fórmula uno, alguna vez pensé en pisarlos y salir volando como si fuese un cohete, atravesando el techo, en un remate de violentas graves sin partitura. Creo recordar que no sonaba muy bien, pero quizás eran las voces que lo acompañaban las que distorsionaban la armonía. Algo no casaba en todo aquello, que era serio y divertido a la vez.

Por otra parte, igual que golpeaba las teclas daba unos guantazos de campeonato, con toda la tranquilidad del mundo, si nos salíamos del guion de la clase. A mi compañero David y a mí nos tenía enfilados, porque siempre estábamos de risas y bromas, en lugar de repasar las cuentas, cuyos resultados inventábamos para terminar antes, y en este contexto llegaron mis primeros suspensos a casa para disgusto de mi padre.

A Francis le tiró el borrador a la cabeza una vez, y en otra Polo se salió de clase porque le había pegado. Pero, pese a las formas, nos tenía mucho cariño, como nos fue demostrando a lo largo del curso, y al final se lo cogimos nosotros también.

Un día anunció que ya tenía novia y nos enseñó una foto de ella. No era nada del otro mundo, pero callamos porque de algún modo agradecimos la confidencia, ya éramos colegas. A veces se nos escapaba y le llamábamos papá, y el grupo estallaba en risas.

En otra ocasión pidió que no armásemos jaleo porque venía un inspector a ver qué hacíamos en clase, porque a él le iban a hacer responsable de nuestro comportamiento. ¿Vosotros no querréis que me echen?, nos dijo. Creo que nunca estuvimos tan callados y formales, apretando el lápiz al marcar los números de las divisiones, cuando descubrimos con el rabillo del ojo a un tipejo encorvado y feo que nos escrutaba desde la puerta del aula, sin previo aviso, sembrando la desconfianza, pero reforzando nuestra alianza secreta.

El día de la explosión, que nos sacó de la rutina y originó un revuelo de maestros en los pasillos, nos explicó sosegadamente que con toda probabilidad se había tratado de un avión superando la barrera del sonido, y nos hizo un dibujo alusivo en la pizarra. En realidad, había pasado otra cosa, alguien muy importante había salido volando por los aires y no precisamente sobre un piano. 


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