Compilar el Corán fue tarea ardua
porque como tal no estaba escrito, aunque según la tradición el arcángel san
Gabriel ya se lo dio a leer a Mahoma, (aunque no sabía), pero no de un tirón
sino por partes, como si dijéramos por fascículos. Y los seguidores que estaban
en torno suyo fueron guardando en la memoria o por escrito lo que el Profeta
les transmitía con cuentagotas. Cuando falleció, (incluso antes), la tradición
oral y escrita empezó a generar disputas, porque unos contaban lo oído de una
manera y otros de otra, o los escritos se contradecían, se habían perdido o
aparecían otros; y entonces los más fervientes creyentes decidieron que ya era
oportuno fijarlo en un texto definitivo, por las buenas o por las malas. Por
tal causa fueron varios los coranes que circularon los primeros años, hasta que
se perfiló como vencedora la versión del califa Otman, yerno de Mahoma. El
problema es que la gracia de las enseñanzas del Profeta estriba en cómo se
lean, en su entonación y vocalización, porque de puntos y comas el supuesto
texto original andaba escaso. Por eso, en la primera mitad del siglo XX, el rey
Fuad I de Egipto encargó a unos eruditos una edición definitiva, puntuada y
corregida, que es la que circula, aunque cada cual lee la traducción al idioma
que en su casa se habla. Que si ya es difícil de comprenderla en árabe, imagina
en castellano con la tirria que se les tiene desde la composición del Romancero.