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sábado, 8 de agosto de 2026

La redacción del Alcorán

 

Compilar el Corán fue tarea ardua porque como tal no estaba escrito, aunque según la tradición el arcángel san Gabriel ya se lo dio a leer a Mahoma, (aunque no sabía), pero no de un tirón sino por partes, como si dijéramos por fascículos. Y los seguidores que estaban en torno suyo fueron guardando en la memoria o por escrito lo que el Profeta les transmitía con cuentagotas. Cuando falleció, (incluso antes), la tradición oral y escrita empezó a generar disputas, porque unos contaban lo oído de una manera y otros de otra, o los escritos se contradecían, se habían perdido o aparecían otros; y entonces los más fervientes creyentes decidieron que ya era oportuno fijarlo en un texto definitivo, por las buenas o por las malas. Por tal causa fueron varios los coranes que circularon los primeros años, hasta que se perfiló como vencedora la versión del califa Otman, yerno de Mahoma. El problema es que la gracia de las enseñanzas del Profeta estriba en cómo se lean, en su entonación y vocalización, porque de puntos y comas el supuesto texto original andaba escaso. Por eso, en la primera mitad del siglo XX, el rey Fuad I de Egipto encargó a unos eruditos una edición definitiva, puntuada y corregida, que es la que circula, aunque cada cual lee la traducción al idioma que en su casa se habla. Que si ya es difícil de comprenderla en árabe, imagina en castellano con la tirria que se les tiene desde la composición del Romancero.


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