Nunca hizo alusión a un escritor o recitó un poema en el aula. Sin embargo, cuando perdía los nervios nos aseguraba que, en realidad, él era profesor de Lengua y Literatura, y quedábamos perplejos. Nos daba clase de Matemáticas y Ciencias Naturales. A raíz de tales declaraciones algunos compañeros defendían una atrevida tesis, que el de Lengua era en realidad de Matemáticas, que habían trastocado sus horarios. Pero el de Lengua sí lo parecía, porque ordenaba leer, o mandaba redacciones, y era exigente con la ortografía. Por lo que tales opiniones fueron descartadas y tomadas por infundios, dictamen sin fundamento u ocioso comentario. También insistía en decirnos que no era maestro sino profesor, sutileza difícil para nuestras entendederas, y explicaba con detalle la confusión, que consideraba grave porque se trataba de un menosprecio, afirmaba. Se llamaba Prudencio, y en público se le añadía el don. Pero por los pasillos y en la calle, entre el alumnado, era conocido por Cencio. A tal soflama no respondía o se hacía el sordo, y evitaba el choque. Nunca contó un chiste o invitó a que alguien lo hiciese. Sus explicaciones no fueron nunca entretenidas, sino que resultaban indiferentes. Si tenían algún atractivo era en lo que concierne a la puesta en escena, porque había algo teatral y cómico en sus exposiciones: la bata blanca de laboratorio como vestuario o el retroproyector con el que cargaba a todas partes, igual que el inventor de máquinas inútiles; pero recurría siempre a las mismas anécdotas, la del niño que entorpecía el tráfico porque no cruzaba la calle en línea recta, o la sorpresa que se llevarían aquellos que no creían en la vida eterna cuando llegase el postrero instante de rendir cuentas al Altísimo. Y cuando hacía referencia a este punto lo hacía con una extraña sonrisa de superioridad, con gesto de diablillo o duende, igual que si conociese al dedillo los castigos reservados a los imprudentes. Siempre presumía de aquellos alumnos suyos que en bachillerato sacaban brillantes notas, y lo achacaba a las enseñanzas que él hizo y sirvieron de sólido cimiento a sus progresos. En muchas ocasiones nos preguntábamos quienes habrían sido tales agraciados, porque no dábamos con uno. A Cencio se le veía por el patio caminando solo, con la vista gacha, puesta en el firme que pisaba, en animada conversación consigo mismo, gestualizando y verbalizando singulares polémicas que sólo a él concernían. Sus zapatos fueron definidos en el colegio como anteriores a la guerra con lanzas, y debían ser de cuero de calidad, o los cuidaba mucho, porque no lo vimos calzar otros. A veces nos acercábamos y le robábamos tiempo con preguntas absurdas, poniendo a prueba su paciencia, con salidas de tono e incoherencias. Él se las tomaba muy en serio e intentaba racionalizarlas. Pero el lenguaje que usaba para responder era anticuado y chocante, de robot, nos resultaba muy difícil averiguar por donde se le podía sacar de sus casillas. No sabía interpretar su rol de adulto, pese a que cumplía los cincuenta, y parecía más bien un niño grande con dificultades para hacerse entender entre sus semejantes, perdido en un laberinto confuso e infiito. En cierta ocasión, el claustro se declaró en huelga y él fue el único que no la respaldó; reclutó a algunos alumnos en la calle que no supieron negarse, para impartirles música, sin instrumentos, sólo leyendo el pentagrama. Y de este modo durante lo que duró la protesta los mantuvo distraídos por las tardes en el aula de Matemáticas. Y si bien es cierto que nadie le tenía mucho respeto, cuando despertaba su cólera convenía cerrar la boca porque era de una violencia extrema, irracional. Y muy vengativo, rencoroso, de una memoria privilegiada para con aquellos que señalaba como burladores. Aunque luego, se arrepentía y nos explicaba, que él no quería ser así, que no pretendía dar bocinazos en clase, ni tener que pegar a ningún alumno, sino dialogar y solucionar de forma pacífica los conflictos. Afirmaba entonces que no quería ser como el severo profesor de Lengua, en cuyas clases no se movía una mota de polvo.
Un día, desde la ventana del aula, los que estábamos pegados a ella, vimos a Cencio salir precipitadamente del colegio. Enderezó la calle abajo. Iba dando grandes zancadas, muy tieso, sin desviarse ni un ápice de su itinerario. Cortando el aire. Vestía una bufanda azul, chaqueta a cuadros color jade y un pantalón marrón ajustado. Llevaba las manos en los bolsillos y murmuraba algo, o quizás tarareaba una canción. Fue la última vez que tuvimos ocasión de verlo. Fueron muchas las preguntas sin respuesta que nos hicimos entonces y los días sucesivos. No hubo explicaciones por parte de la directiva, pronto fue sustituido por otra persona. Pronto se convirtió en un lejano recuerdo. Aprendimos poco con él, pero su impronta se hizo indeleble.
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