Casi 30 años ha gobernado España el PSOE, sin sumar aquellos en autonomías, diputaciones y ayuntamientos. En decir, 30 años dentro de la legalidad constitucional de esa denostada monarquía parlamentaria que lo acoge y de la que participa. Debería ser definido como partido dinástico más que progresista, pese a su discurso. Si el sistema cae, con él lo harán los partidos que lo sustentaron durante 50 años de reparto de poder. Un cambio de sistema no podría estar protagonizado por los mismos agentes del anterior, estos, si aspiran a perpetuarse en las nuevas instituciones, tendrían que reinventarse. Cosa que, como ya sabemos, no es impropio de los políticos, sino lo habitual. Pero el proceso estaría inmerso en importantes ajustes y cesiones de privilegios, en beneficio de los nuevos protagonistas. Por eso es más que imposible que se mate a la gallina de los huevos de oro, diga lo que diga Aznar, a menos que ya se cuente con suficiente capital en el extranjero para hacerlo con holgura o que surja una alternativa realmente revolucionaria que desmantele todo el tinglado.
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