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domingo, 17 de diciembre de 2023

Clavileño

Era un caballo de metal, blanco, del tamaño de una mano. En un lateral tenía una llave. Si la girabas hasta un tope el caballo empezaba a vibrar y, al hacerlo, a moverse. Se desplazaba a ciegas, traqueteando de un lado a otro. Esa era toda su gracia, suficiente para un niño de pocos años. Fue uno de los primeros juguetes que tuve. De él solo recuerdo la primera vez que lo vi en acción sobre una mesita de madera, abducido por su ruidoso temblor. Creo que no llegué a ponerle nombre. Clavileño le hubiese venido bien, por lo mucho que debí viajar con él a lugares tan remotos como fascinantes, olvidados ya, y ahora amontonados en el infinito saco de la nada.

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