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martes, 20 de junio de 2023

El hermano Gerardo

Le decíamos El Peo, pero los de segundo de bachillerato, que ya se habían aprendido la tabla periódica, se referían a él como el Gas Noble. Daba Lengua y Literatura, y regentaba la biblioteca. Cara a cara era reclamado como hermano Gerardo. El mote le venía de una discapacidad, que le impedía andar derecho y siempre lo hacía con cierta incomodidad, como si le pesase una pierna, y hacía un extraño giro neumático de columna al desplazarse.

Era un tipo bajito, moreno, de pelo rizado y siempre bien afeitado, algo miope y de voz grave, tenía cierto aire de tenor italiano. Vestía bata blanca en invierno y en verano, como si fuese un científico. Perseguía las faltas de ortografía con inquina, pero también las cometía, aunque afirmaba no haberlo hecho jamás, ni en la infancia, cosa que celebraban sus maestros con admiración, y presumía de ello, y lo achacaba a su gusto por la lectura, pues decía haberse ejercitado mucho en tal tarea. Pero he de decir en su contra que tal remedio nunca me ha sido útil, como tampoco le fue a él y quedó demostrado un día que dejó en la pizarra un texto escrito y nos dedicamos a corregir con detenimiento y ganas de venganza.

Pese a lo descrito, sus clases eran muy entretenidas. Las daba en la biblioteca. Y aprovechaba la hora para disertar básicamente de política, y en general de tradicionalismo, aunque se definía como demócrata. Lo de la victoria del PSOE lo llevaba muy mal, sobre todo lo del aborto. No le hacían mucha gracia los jipis y a algunos nos lanzaba dardos, menos mal que pasábamos por extras de Jesucristo Superstar.

En ocasiones derivaba a otros temas, le apasionaba el asunto del Diablo y los exorcismos. Se traía un péndulo y averiguaba la falta cometida por algún alumno. Nunca sabré a ciencia cierta si su afición era teatro o credulidad.

También se hablaba de literatura. Con él leímos los clásicos, El lazarillo, La celestina, etc. Contaba anécdotas de Quevedo, se refería a los escritores rusos, ponía verde a CJC. Una vez nos habló de los muchos escritores que existieron a lo largo de los siglos y fueron sepultados en el olvido. Es curioso porque muchas de sus puntualizaciones se me quedaron grabadas para siempre en la cabeza, supongo que por la vehemencia en sus exposiciones.

Recuerdo que le hice una caricatura, animado por mi compañero Domínguez, dando uno de sus surrealistas discursos. Con la mala suerte de que me sorprendió en el acto el de inglés, que era un poco tontucio, y entregó al tutor la prueba del delito. Por fortuna en el papel también estaba dibujado éste último y se lo tomó a guasa. Al día siguiente en el tablón de anuncios puso un retrato que otro alumno le había hecho, en una representación más digna. Pero creo que el hermano Gerardo no se enteró de la suya. Una pena porque había quedado de fábula.

Un día me enteré de su fallecimiento. Había sufrido un desvanecimiento y posterior caída en la biblioteca, y cuando notaron su ausencia y acudieron a su encuentro era demasiado tarde.

Llegué tarde al oficio. El colegio estaba repleto de gente que acudió a la ceremonia. Como no tenía otra cosa que hacer me dirigí al cementerio de La Salud. Para mi sorpresa, allí nos reunimos no más de media docena de antiguos alumnos. También mi viejo tutor, que pareció muy sorprendido de verme allí. Realmente, ni yo sabía a ciencia cierta qué pintaba en todo aquello.

Creo que el hermano Gerardo fue sobre todo un personaje literario, y siempre he pensado que bien merecía unas líneas.

 

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