En el sueño había sacado a un descampado los cojines de un tresillo color rojo granate, con el fin de que se secasen porque los había lavado. En estas que unas gitanas pretendían tumbarse en ellos y me apresuré a recogerlos. Son míos, les dije, y otra me contestó "ya lo sabía yo", como diciendo que no podía ser tan bueno aquello. Total que hago mi hato y me encamino a mi casa, que está en la misma era y tiene un patio enorme. Estoy en el salón acomodando los cojines y advierto que hay tres o cuatro gitanas, y una se me acerca y me dice que fue alumna mía y algo que no entiendo. Miro por la ventana y tengo el patio lleno de gitanos que vienen del culto, muy arreglados. Poco a poco se van metiendo en casa. Salgo y pregunto que qué es lo que pasa, que qué es todo aquello. Me rodea una multitud. Y empiezan a darme cosas, que no sé si son para comprar o regalos, porque hay desde baratijas a prendas de vestir, dibujos y poesías, mensajes escritos en cuartillas, un mercadillo de lo más pintoresco, que me hace dudar si son gitanos o indios americanos. Mi preocupación es cómo voy a contentar a tanta gente, pues no tengo más que veinte euros en el bolsillo. Me rodean con muestras de cariño, los niños de lo bien que lo pasamos en el instituto. Uno dice que me van a suscribir, supongo que al culto. Entonces empiezan a darme cosas de comer, aperitivos, se me llena la boca, y aparece uno con un sombrero ofreciéndome pastel tirando a morado. Voy a coger un trozo y se me adelanta el fulano, por no hacerle un feo lo tomo de su manos y me lo llevo a la boca. Aquello es como una comunión. Parece que esperan mi dictamen. No sabe a nada y me despierto. Por ahí tengo a unos cuantos que me han invitado a leer la Biblia, vamos, que me veo pisando el culto.
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