En cierta ocasión mi padre se presentó en la casa de Vicente Aleixandre, esa famosa de Velintonia, por iniciativa de un compañero de trabajo que era seguidor del antiguo régimen, digo, por el evitar el mote con el que se le conocía, no sea que se me querellen los hijos o nietos, y éste, conocía al poeta. Era el camarada alto, estirado, de paso marcial, pelo ensortijado y bigotillo a modo del caudillo. Casualmente era de mi pueblo, Ciempozuelos, y en alguna ocasión mi hermano y yo hicimos cicatriz en el sofá del salón de su casa, con las hebillas de los zapatos, aquellos azules que se estilaban entonces, o no perdimos ocasión de visitar su cuarto de aseo y dejar unos premios, pues siempre se nos desataba el cuerpo en casa extraña, amén del hambre, y pedíamos de comer sin vergüenza.
Pero volvamos al episodio que nos trae. Debía ser la de aquellos una amistad de carácter familiar, por las confianzas. Bien es cierto que la puerta de la casa del poeta siempre estaba abierta a cualquiera, según nos cuentan sus amigos y literatos, algunos políticos y diversos fantasmas. Pero soy de la opinión que lo de mi padre fue carambola. Lo más probable, si se hubiese presentado solo, es que lo hubiesen confundido con un vendedor de enciclopedias; (y el intelectual ya tenía sobradas en su biblioteca como para darle un portazo en las narices sin miramiento). Mi padre ha tenido siempre una manía con los libros que lo delatan, basta con fijarse dónde pone los ojos.
Pero volvamos al asunto; el Miruri, (vaya, ya se me ha escapado), le dijo un día, así de sopetón: "Paco, vamos a ver a Vicente", sin especificar mucho más, y aterrizaron en la casa del mentado. Así de sopetón, ni anestesia, y se quedó mi padre sin habla cuando descubrió que el Vicente de dentro no era su amigo el pescadero, que tenía uno en el gremio, sino el Aleixandre de la del 27, y el premio Nobel, que le encasquetaron después.
Muchas veces he querido sonsacarle los temas y asuntos de los que trataron en tan inesperada e inaudita entrevista, pero siempre me ha dado esquinazo, con la excusa de que Vicente estaba muy viejo, apenas hablaba y muy bajito, y sólo parlamento con su amigo de la salud, el tiempo y otras cuestiones domésticas sin mayor trascendencia. Pero conociendo a mi padre, siempre he sospechado que allí pasó algo gordo, inconfesable. La prueba está en que, en la terraza de casa, tras una selva de varas de pitiminí, hay un gastado azulejo de color azul con el número tres en blanco, al que nunca di explicación, pero del que sospecho la procedencia. Tal vez sólo casualidad, pero puestos a soñar…
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