Es curioso, en muchas ocasiones, lo poco que tiene que ver el libro que compras con el resumen de la contraportada. Es más, podría afirmar que, en realidad, si lo compras es por la sinopsis. Hasta tal punto que si no encuentras lo que te contaba te sientes de lo más frustrado, e imaginas cómo debiera haber sido si el autor se hubiese ceñido a la entrada. No me detendré en esos otros recomendados en banda por varios famosos de los medios de comunicación, que lleva a la conclusión de que no leyeron lo que con tanto ahínco celebran. La realidad es que cada novela va a acompañada de otra, que actúa de telonero, y sin duda es más interesante esta que la que compone el grueso. Algo parecido sucede con la portada, que atrae por sus imágenes, y crea expectativas de lo que no existe dentro. Esta suma de circunstancias me conduce a deducir que tanto barroquismo envuelve a la nada. Un aparatoso regalo a un niño implica que este termine jugando con la caja que lo envolvía; en esto de la literatura, negocio al fin y al cabo, como que sucede algo semejante. El traje del rey.
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