Debió de ser en mayo de 1982, durante la feria de Córdoba, en los jardines de agricultura, que era donde se celebraba ésta, a espaldas del monumento al pintor Julio Romero, cuando dio un concierto el grupo Barón Rojo, heavy a la española. No sé cómo pudieron meter el escenario entre los árboles que allí se alzan, ni cómo delimitaron aquello para evitar que nadie se colase. Es lo de menos. El asunto está en que no falté a la cita, aunque estuve a punto de perdérmelo. Un inesperado casi lo lleva todo al traste. El nudo se hizo y deshizo del siguiente modo. Íbamos un grupo de seguidores del Barón por la calle Gondomar y a la altura de san Nicolás se habían apostado tras una una mesa los de Unificación Comunista de España, u otros de esta guisa. Movidos por la curiosidad nos pusimos a manosear sus panfletos y en estas que uno de aquellos con mucha labia casi me convence para comprar su revista. Como yo, ni entonces ni ahora, sé decir que no a las ofertas de fancinerosos advertí que me iba a quedar sin concierto. Confesé al fenicio que si compraba la publicación me faltaba para la entrada, pero el otro me insistía con que a Barón podría escucharlo en otra ocasión y la revolución no podía esperar. Y yo dudaba. Por fortuna, mi amigo Fermín, que era un repetidor con experiencia, vino en mi ayuda y le dijo al otro que ya volveríamos más tarde. Gracias a su intervención, no falté a la fiesta. De la que por cierto salí sordo, por lo cerca que nos pusimos de los bafles. Lo más curioso de la noche es que los fachillas de la clase se subieron a aquellos, y desde allí dieron más caña que todos los que nos reuníamos en la improvisada platea. Desde aquel concierto no puedo disociar a los melenudos de los de Fuerza Nueva. Cosas de la vida, siempre tan contradictoria.
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