Mi tío Antonio, en ocasiones, sacaba a relucir un episodio de su infancia, el de cuando quemaron los santos en Úbeda, que, contaba, se veía el humo alzarse sobre los tejados. Supongo que en su narración debía de referirse al momento exacto del suceso, pero no consigo recordar si mentó que fuese al proclamarse la República, durante el gobierno de ésta o al inicio de la Guerra, que para el caso poco importa, porque de lo que se trata es de que se destruyó para siempre un importante patrimonio de la ciudad. Es una pena que ya no esté para contármelo de nuevo, darme más detalles, y tenga que recurrir a esos jirones de memoria que se entrelazan con conjeturas. Después, por otros testimonios supe de la destrucción del interior de El Salvador, (el de Francisco de los Cobos), la del San Juanito de Buonarroti y el retablo de Berruguete. De este último se salvó la figura del Cristo juez, que los revolucionarios no consiguieron arrancar pese al apoyo de una grúa. El resto ardió en una hoguera, como tantos. Mi tío, que no era un hombre de letras, siempre me señaló lo absurdo de destruir imágenes, porque no hacen daño a nadie, recalcaba. Pero está claro que para el supersticioso, o ignorante, son un peligro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario