Seguidores

sábado, 12 de febrero de 2022

La isla de bronce.

La isla de bronce.

J.F.P.R. Tales.

 

Capítulo I. Donde se da cuenta del inicio de esta historia y de alguno de sus protagonistas.

 

El hombre de la pesada e incómoda armadura intentó levantarse a duras penas, pero perdió el equilibrio, por los golpes que estaba recibiendo a diestra y siniestra, arriba y abajo, y terminó rodando por el suelo. El equipo que vestía no le daba la agilidad suficiente para hacer frente en igualdad de condiciones a los atacantes. Debió imaginar que su aspecto les intimidaría, pero a estos les produjo hilaridad. Las heridas le avisaban de la proximidad de la muerte.

Su aparición, subido a un carro dorado de grandes ruedas, tirado por dos briosos corceles, refugiado tras un alto escudo ovalado, lanza en ristre, no causó la sorpresa deseada. Los invasores no huyeron como acostumbraban los siervos. De inmediato, uno de aquellos salvajes de ojos ladinos se introdujo entre las patas de los caballos, a riesgo de ser pisoteado por los cascos de estos o hendido por las llantas, para, con ayuda de un afilado puñal, abrirles el vientre de unos acertados tajos.

Los animales resoplaron y relincharon de dolor, se retorcieron como la anguila atrapada, enredaron sus patas, mientras el atacante recibía un baño de sangre y gateaba con acierto hasta salir del atolladero, con la victoria expuesta en la sonrisa. Sus compañeros le jalearon.

El auriga no pudo controlar el vehículo y este terminó volcando, arrojando lejos a su amo y dejándolo a merced de los atacantes como ya conté. La forma de hacer la guerra de estos hombres venidos del mar era inusual. No respetaban los usos habidos entre los que se consideraban nobles, desconocían la belleza del arte de la guerra. Actuaban como animales en manada, instigando a una, pero en desorden, prestos al descuido del contrario para reducirlo, atentos al compañero si necesitaba ayuda, hiriendo con saña, sin respeto.

Además, las armas que esgrimían eran de un metal desconocido para él, que hacía pedazos los escudos y los cascos de bronce. Ninguno de los colmillos de jabalí que adornaban el suyo, perfectamente ensamblados, permaneció en su sitio, sino que salieron despedidos uno tras otro en diversas direcciones al compás del impacto de las puntas y filos de los atacantes, quebrados y convertidos en afiladas lascas.

El guerrero no pudo levantarse tras la caída y quedó convertido en una tortuga, prisionero de lo que le hubiese protegido y bien al amparo de otras reglas, en un combate de uno contra uno, carro frente a carro. Soportó con sobriedad lo indecible bajo la lluvia de golpes, hasta que perdió la vida, quebrantado, ahogado por el polvo y su propia sangre, alanceado como una alimaña a través de los huecos donde se unían cada una de las placas de su coraza.

Murió así el amo, el auriga poco después y también fueron pereciendo sus servidores, uno a uno, pese a que se defendieron con valentía. 

Desde un extremo del muro de piedra que rodeaba la vivienda, unos criados, aleccionados al efecto para el uso de un arma tan propia de cobardes como el arco, dispararon flechas con acierto e hirieron a algunos de los invasores, pero estos respondieron con rapidez arrojando sus cortas pero certeras jabalinas de una sola pieza. Los arqueros no tardaron en caer heridos de muerte desde las alturas. Trabajadores de los alrededores acudieron a la llamada de socorro, pero con herramientas de labor, por no tener permiso para manejar las armas de su dueño y señor, y también perecieron.

Las criadas más jóvenes huyeron despavoridas, por instinto, como si conociesen el fatal desenlace que les esperaba si no lo hacían. No se libraron de la violación o la muerte algunas de ellas. Las viejas, por experiencia, prefirieron suicidarse.

Un joven, vestido con armas de adulto, salió a la puerta de la muralla, por donde lo hizo su padre, y obstaculizó el paso a los bárbaros, vociferando maldiciones. Poco tardó en doblarse como el junco y caer como una rama herida por el rayo, en este caso por certeros golpes de espada que no respetaron su juventud y heroico sacrificio.

Al invadir los asaltantes la casa, que recorrieron veloces, sin reparar en los bellos frescos de colores estridentes que adornaban las paredes de pasillos y estancias, relato gráfico de hazañas heroicas del pasado, hallaron en el patio interior a una mujer elegante, por sus ropajes y joyas que engalanaban sus brazos y cuello, que se había dado muerte clavándose la punta de un huso en el pecho, después de haber proporcionado el mismo fin a los que debieron ser sus propios hijos y yacían en derredor en posturas imposibles.

Los cuerpos estaban amontonados a los pies de un pedestal sobre que descansaba una estatua femenina, envuelta en un humo vaporoso que brotaba perezoso del fondo de una escudilla, en la que agonizaba una llama azulada. Se trataba de una pieza de madera pintada de blanco, con tal arte, que el observador inexperto podría confundir con mármol. El rostro de la imagen mostraba una expresión severa, acentuada por un marcado entrecejo oscuro, delineado con un grueso pincel, que arropaba a unos desmesurados ojos circulares, semejantes a los de la lechuza. Con ellos parecía mirar al infinito.  Del mismo modo, en ambas mejillas lucía dos círculos de estridente color granate. Pero lo más llamativo es que de su boca surgía una larga lengua violeta, bífida, igual que la de un lagarto.

Una peluca oscura, rematada en un pintoresco moño del que colgaban sinuosas guedejas, adornaba su cabeza y en cada uno de sus antebrazos se enroscaban unas serpientes doradas, que se extendían en un reiterativo zigzag más allá de las manos, como una prolongación de cada una de las extremidades que arropaban.

El cuadro no alteró lo más mínimo a los invasores, que ignoraron por completo la suerte de la dueña, sino que, sin tardanza, removieron los cuerpos y registraron con indiferencia los ropajes de todos, con afán de encontrar algún objeto a la vista u oculto que satisficiese su ambición desordenada. Y después, decepcionados por el escaso botín, la tomaron con la figura, entre risas y obscenidades, que golpearon y empujaron hasta verla hecha un montón de astillas en el suelo. Uno de ellos, tras forcejear con sus semejantes, se hizo con los ofidios, creyendo que eran de oro, cuando en realidad eran de bronce. Otro se apropió del huso suicida.

Una vez que se apropiaron de cuanto estimaron oportuno para llevarse, salieron y recorrieron las construcciones anexas al edificio principal y de este modo hallaron una porqueriza, la más valiosa posesión del dueño de la casa. La visión de los animales y sus gruñidos excitó su hambre y no dudaron un momento en sacrificar alguno para darse un banquete. Allí, descubrieron, para su sorpresa, a un niño en compañía de un viejo, ambos acurrucados entre los cerdos, formando parte de la piña de estos.

Animados por su hallazgo, rieron, dispuestos a burlarse de ellos antes de darles muerte, para convertirlos en alimento de los que les rodeaban.

Sin embargo, antes de que pudiesen tomar tal resolución, el anciano se alzó como un relámpago y, elevando sus brazos, se puso a cantar. Su voz profunda sobrecogió a los bárbaros, que mudaron el gesto de prepotente a estupefacto. Quedaron fijados al suelo, igual que la flecha que cae y se clava, y no va más lejos, llevándose unos las manos a la boca, otros a los oídos y hubo quien las alzó para tapar lo que veía.

El viejo era alto, de frente despejada y poseía una larga y blanca cabellera que cubría sus hombros y parte de la espalda. Era ésta y un basto faldellín de lana los que vestían su membrudo cuerpo, oscurecido por el sol implacable. A su rostro lo alumbraban dos ojos muertos, blancos como la leche y tan abiertos como la boca de la que surgían las sonoras voces que daba. Su imagen era digna de un iluminado por los dioses.

Pegado a sus rodillas, el niño empezó a tocar una rudimentaria arpa, sirviéndose de un pequeño arco, dando un ritmo dulce y grave a la canción. El instrumento no era sino la concha de una tortuga recorrida por varias cuerdas firmes y tensadas.

El pequeño, oculto bajo una enorme mata de pelo de color cobrizo, tan sucia como sus pies y manos, lanzaba a los inoportunos una mirada recelosa tras un grueso entrecejo, sin perder en ningún momento el compás que interpretaba. Tenía cubierta la cabellera de hojas secas y paja, estiércol e insectos.

Anonadados, los invasores reaccionaron con pavor al principio, guiados por la superstición, después con respeto, al tomar a ambos por criaturas divinas, genios de la naturaleza. Y así no se atrevieron a adoptar ninguna resolución al respecto, limitándose a seguir con el oído la evolución de la música.

No entendieron una palabra de la balada.

Acudió entonces el jefe de la horda, al notar su tardanza, y quedó también atónito, pero no por la escena protagonizada por el viejo sino por la actitud de los suyos, que creyó hechizados. Por lo que, armándose de valor, tomó por prudente acabar con el demonio o genio que así los sujetaba y, sin perder el aplomo que le daba la autoridad ganada en tantas fechorías, agarró el mango de su espada con firmeza y se fue directo al viejo. De un tajo le separó la cabeza del cuerpo, que cayó como árbol cortado. Aquella, en su patética ruta, regó de sangre cuanto encontró a su paso hasta estrellarse contra la cerca, espantando a los pacíficos cerdos.

No impidió el acto que la voz del decapitado fuese ahogada, sino que la última palabra entonada vibró con intensidad en los oídos de los presentes, por un instante inolvidable ya para siempre en su memoria.

Pese a lo rápido que todo se había desarrollado, recobrada la cordura, aún tardaron un rato en darse cuenta de que el arpa seguía sonando impertérrita, pues el niño no había dejado de tocarla. Preso del terror, continuaba produciendo la dulce melodía, imaginando tal vez que la magia de la música le protegería de los atacantes como lo haría una muralla de piedra.

El jefe lo ignoró, quizás por prudencia ante el hecho inexplicable. Y, para distraer la atención, ordenó de inmediato a los suyos sacrificar unos cerdos e invitarles a preparar el condumio.

Así lo hicieron sin pestañear. No tardaron en degollar a los más apetitosos, asarlos y trocearlos, hambrientos como estaban. Con vino, que hallaron en la bodega de la casa, hicieron las libaciones precisas para contentar a sus dioses. Despreocupados de toda vigilancia, confiados en su potestad, dieron rienda suelta al instinto y comieron y bebieron hasta saciarse. No les fue mucho más en perder la poca razón que les asistía y terminar dormidos sobre los restos de las víctimas.

No dejó por ello el músico de hacer vibrar las cuerdas del instrumento, amenizando el convite hasta que este finalizó, incluso después, enajenado por el terrible recuerdo de los sucesos que había contemplado o como subterfugio para conservar la vida.

Al día siguiente, sorprendidos por la luz del alba, los invasores retomaron su actividad y repasaron lo adquirido y, no contentos con el botín, redundaron en la exploración de la residencia por si se les había pasado algo. 

Después de hacerse con todo lo que consideraron de valor y de destruir cuanto les pareció inútil, le prendieron fuego al edificio, que no respetó más que los muros y pilares de piedra, y retornaron a su barco, una nave ligera que previamente quedó fondeada en la playa cercana, cuyo mascarón de proa estaba adornado con la imagen de una cabeza de caballo, animal grato al dios del mar.

Un imprevisto les sorprendió, la marea se había retirado y el barco había quedado muy apartado de las olas, varado en la arena. No lo tomaron por buen augurio. Y que el mar se hubiese alejado tanto lo achacaron a una magia poderosa.

- No debimos matar a los caballos. Posidón estará furioso – murmuró uno de ellos, salvaje ayer pero temeroso ahora.

Se percataron entonces de que en ningún momento de los que contó la mañana había dejado de sonar la melodía enfermiza que los había acompañado desde el día anterior. Por eso concluyeron que el niño dominaba las mareas y tal deducción les produjo una gran ansiedad.

Tras mucho meditarlo y discutir entre ellos, el jefe determinó que el niño los acompañase. Reunió el valor suficiente para desandar lo andado y lo encontró en el mismo lugar donde lo dejaron tras decapitar al ciego.  Las llamas habían respetado su inadecuado refugio. En cuanto lo tuvo a la vista, no dudo un instante, se llegó a él y sin mediar palabra le arrancó de las manos el arpa, para destruirla después a pisotones. Matarlo no entraba en sus cálculos, temía enojar de nuevo a los dioses. Hecho esto, lo subió a hombros y lo condujo hasta la nave, donde fue recibido en silencio por el resto de los bárbaros, que se hicieron un lado. No advirtió que el pequeño conservó el arco.

Allí aguardaron pacientemente a que subiese la marea, que, quizás por casualidad, no tardó en hacerlo. Y celebraron haber acertado en su decisión.

Cuando por fin pudieron abandonar la costa, del mismo modo que su jefe no tuvo valor antes para matar al niño, tampoco los marineros se atrevieron a arrojarlo por la borda. Desde entonces, nunca prescindieron de su presencia, sobre todo después de descubrir, andando el tiempo, una vez que se vieron en su poblado de origen, de que se trataba de una niña y no un varón como creyeron al principio.

No hay comentarios: