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martes, 20 de enero de 2026

El guapo de Sergio

Se llamaba Sergio y era el tío más guapo del instituto. Su cara era una mueca propia de actor del cinematógrafo, cortada en angulosos y limpios perfiles, como la de James Dean; guapo hasta hacer daño a la vista en cada uno de sus gestos. Tendría los diecisiete, tal vez dieciocho, quizás repetidor, pero aparentaba los veinte, por su cuerpo atlético de bailarín, con las formas propias de un maniquí bien vestido, de caros almacenes textiles o revista de moda. Entre otras habilidades, como la de hablar en público o interpretar un papel teatral, estaba la de tocar la guitarra, su eterna compañera, que lo acompañaba en toda ocasión, quedada o manifestación. Y así era raro no tener oportunidad de verlo en el patio o la cafetería, por los pasillos y el salón de actos, por supuesto, pero también en la parroquia o callejeando por el barrio. Solía estar siempre acompañado de una nube de admiradoras y espontáneas, que se sumaban a su seguimiento. De tal modo que, si estaba presente en alguna reunión, oscurecía al resto de los varones; y así se ganó muchos enemigos, (aunque también grandes amigos). Yo fui de los primeros, porque un día sorprendí a la que más me gustaba pegada a él y atenta a su conversación, que aderezaba con canciones y melodías. ¡Y lo hacía bien el cabrón!, pues la otra parecía extasiada. Si en ese instante yo hubiese tenido algún poder olímpico, le hubiese enviado un rayo que lo fulminase en el instante, pero no se produjo tal alivio, sino que la tormenta quedó en mi cabeza, oscureciendo mi razón hasta el infinito. Desde entonces le puse la cruz, y fui un duro crítico con cuanto hacía o dejaba de hacer, decía o callaba. En el fondo, todo era envidia ante el triunfador. Por suerte, fue terminar el COU y perderle de vista, pronto no fue más que un amargo recuerdo. Descubrí también, con el paso de los años, por noticias y amistades comunes, que mi enfado carecía de fundamento. Los de Sergio eran otros intereses, distintos, que no menciono por respetar su memoria. Fue un vitalista, prefirió gozar de la vida, sin tapujos ni límites, y en ella se hundió, y confío que feliz. Murió joven. Ahora, en el recuerdo, muchos años después, bien merecía un retrato.


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