Eran dos simples, pero se miraban uno al otro, alzaban las cejas, entornaban los ojos, sonreían a un lado y su rostro adquiría un gesto de inteligencia. Parecían contemplar con suficiencia cuanto sucedía a su alrededor, riéndose entre dientes de las palabras que escuchaban y aparentemente entendían. Cualquiera que no los conociese, que no hubiese tratado previamente con ellos, los tomaba por sabios, cosmopolitas, gente de mucha experiencia. A ello contribuía su pulcro aspecto, la indumentaria del traje, las elegantes corbatas. Pero todo aquello no era más que un disfraz, una fachada, un camuflaje para defenderse y esconder su propia ignorancia. Del mismo modo que hay insectos que simulan el aspecto de los depredadores, ellos exponían una falsa apariencia de catedráticos, gestores o directivos. Pero bastaba con cruzar unas palabras con ambos para advertir que detrás no había sino una tara, un trastorno, una discapacidad, un enorme vacío.
Durante mucho tiempo me dediqué a observarlos, estudiarlos, entenderlos. Descubrí que su recurso era aprendido, de algún otro que cojeaba de su mismo mal, pero probablemente con alguna pizca de malicia, que era lo que les faltaba. Y así fui pudiendo señalar a otros muchos, a todos, los que de algún modo u otro disfrazaban su persona y, en el fondo, estaban tan huecos como los primeros, pero infinitamente malvados.
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