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domingo, 4 de enero de 2026

La de Rocky que no se estrenó en cines

Mi hermano tenía la habilidad de soliviantar la armonía familiar en la que mi padre ponía tanto en empeño, porque no nos convirtiésemos en ovejas descarriadas. Entre otras digna de mención, por no citar la de un tatuaje, buena fue aquella en la que anunció su deseo de ser boxeador, influido por la proyección de Rocky III, estreno en Córdoba allá por el 82-83. Y es que vino del cine dando puñetazos, con intención de hacerse con un cinturón de oro. Yo había expresado en mi más tierna infancia convertirme en torero o ciclista, pero estas opciones no causaron el impacto en casa como las del propósito de mi hermano; y es que ya lo veíamos subido a un cuadrilátero repartiendo y recibiendo mamporros, rodeado de hampones y convertido en un Ecce Homo. De primeras mi padre no quería poner atención, como restándole importancia, (era su estrategia), pero luego buscaba el modo de desviar la supuesta tragedia, y nos contaba mil y una anécdota de la sórdida vida que rodeaba al pugilato, de mafias y sonados por un mal golpe. El caso es que al rescate acudió Rambo, no mucho tiempo después, con cuyo estreno cambiaron los intereses, o tal vez lo hicieron los primeros éxitos sobre el tatami. Y de este modo nos quedamos sin saber el final de esta película, que aquella tarde tanto prometía.


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