Contaba entre risas Francis, un mío amigo de juventud, esa edad en la que estos proliferan incluso debajo de las piedras, el día en el que en el Pryca le acusaron, (o insinuaron), de estar robando, y cuál fue su venganza. El hecho tuvo lugar un día que estaba mirando unos estantes, de la zona de los juguetes, en el conocido hipermercado, y alargó la mano para hacerse con una maqueta del Alcón Milenario, Millennium Falcon, que prometía horas de entretenimiento, juego y contemplación después. Pero he aquí que antes de que pudiera darle la vuelta a la caja, un segurata camuflado le llamó le atención con el aviso de que no podían tocarse los productos.
- Las manitas quietas – le dijo con mucha mala follá.
Y el Francis, como si sufriese un calambre que paralizase todos sus circuitos estacionó la nave en el hangar del que la hizo despegar.
No contento con la maniobra, el vigilante le rogó que le acompañase, y en un vestuario del departamento de modas le cacheó los bolsillos delanteros y de la cazadora, y, aunque le dio el visto bueno por no encontrar pruebas inculpatorias, lo siguió con la mirada aviesa hasta que Francis abandonó azorado el establecimiento.
Indignado por la humillación sufrida, no lo dudó dos veces y fuese a ver a unos amigos que si de algo podían presumir era de tener dedos largos y discretos, pero también hábiles ilusionistas. Y de común acuerdo decidieron asomar al lugar del crimen y representar el teatro de un robo a gran escala.
Así, paseando por los pasillos, iban sustrayendo objetos diversos, sin esconderse y, siendo discretos, volvían a depositarlos en otro lugar sin que se notase. El segurata llamó a otros de los suyos y, como si se tratase de una gran operación policial, rodearon al grupo que no era inferior a cinco y, llevándolos a un lugar apartado de los almacenes, les exigieron que depositasen sobre una mesa todo lo que habían sustraído. Los amigos protestaron, asegurando que no habían cogido nada. Los otros les amenazaron con no salir de allí hasta que lo pusiesen todo a la vista, y que de camino venía la policía. Dieron los acusados la vuelta a los bolsillos, que asomaron como lenguas, del todo vacíos. Pero como pese a todo aún no los creían, se deshicieron de las prendas de vestir y les enseñaron el culo. Aprovechando el desconcierto que originó el improvisado estriptis y que allí se presentó la bofia, empezaron a dar voces y reclamar justicia por semejante atropello, poniendo de vuelta y media a los seguratas, armando tal jaleo que acudieron los responsables del centro a poner orden y mediar en el desaguisado, echando una bronca sin parangón al jefecillo de la iniciativa por haberse excedido en su celo, y pidiendo perdón a los encausados, que aguantaron el tipo y la risa.
Y esto lo contaba el Francis con gracia, ahondando en la herida infligida al suspicaz, añadiendo más y más detalles, que, con el tiempo, se hicieron leyenda.
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