Seguidores

jueves, 16 de enero de 2020

Una novela bizantina, en papel.





Durante años, Teodorico, rey de los godos, amparado por el poder de sus ejércitos y una compleja red de alianzas matrimoniales, ha gobernado Occidente con mano de hierro y conseguido la convivencia pacífica entre bárbaros y romanos, arrianos y católicos. Sin embargo, ahora, ese difícil equilibrio parece estar a punto de venirse abajo. Unas cartas, interceptadas por los espías del rey, implican a un grupo de senadores en una conjura contra su reino. Entre ellos está Boecio, el magister officiorum, su hombre de confianza.
A la acusación de traición se suma pronto la de brujería y el resultado es la prisión y la condena a muerte.  
Como respuesta a la detención del patricio, Justino, el anciano emperador de Oriente, decreta la persecución de los seguidores de la secta arriana. Detrás de su decisión parece estar el criterio de Justiniano, su sobrino, un hombre ambicioso que aspira a hacerse con la púrpura imperial y alberga oscuras intenciones respecto a los reinos bárbaros de Occidente.
Irritado por el edicto, el rey godo recurre al papa Juan, un hombre humilde, y lo obliga a trasladarse hasta la capital del Imperio para mediar en favor de los arrianos.  
Una muchacha, Tarsiana, hija de un humilde músico que vive en uno de los barrios más populares de Roma, persigue una quimera y en su pasión desordenada arrastra a cuantos la rodean, obligándolos a viajar y vivir grandes aventuras, a separarse unos de otros, hasta que finalmente vuelven a reunirse con ella en la capital del Imperio, Constantinopla. 



viernes, 26 de julio de 2019

Un ejemplo de Valle Inclán.


"Amaro era un santo ermitaño que por aquel tiempo vivía en el monte vida penitente. Cierta tarde, hallándose en oración, vio pasar a lo lejos por el camino real a un hombre todo cubierto de polvo. El santo ermitaño, como era viejo, tenía la vista cansada y no pudo reconocerle, pero su corazón le advirtió quién era aquel caminante que iba por el mundo envuelto en los oros de la puesta solar, y alzándose de la tierra corrió hacia él implorando:
-¡Maestro, deja que llegue un triste pecador!(...)" 

Valle Inclán, Un ejemplo.


lunes, 22 de julio de 2019

Canterbury tales



"Como tú, yo también tengo esposa, y ni por todas mis parejas de bueyes de labranza me permitiría que me llamasen cornudo, a no ser que realmente lo fuera, y estoy seguro de no lo soy. Un hombre no debe hurgar en los secretos de Dios o de su mujer. Mientras encuentre en ella fecundidad, no debe preocuparse de las pequeñeces." Geoffrey de Chaucer, Cuentos de Canterbury.


viernes, 28 de junio de 2019

Alejandro Sawa



"¡Para qué seguir, para qué insistir! Ya no lucho; me dejo llevar y traer por los acontecimientos. Hombres y cosas me han hecho traición, o no han acudido a mi cita. Me sería difícil decir un solo nombre de mortal que se haya sentido hermano mío. Me puedo creer en una sociedad de lobos. Llevo en todo mi cuerpo las cicatrices de sus dentelladas y oigo aullidos cuando reconcentro mi espíritu para evocar recuerdos." 

Alejandro Sawa, Iluminaciones en la sombra.

domingo, 23 de junio de 2019

El discurso de Tiberio.



Marco Pomponio Marcelo, nos cuenta Suetonio, era gramático y de los más puntillosos de cuantos en Roma había.
Un día llegó al foro Ateyo Capitón celebrando un discurso del cesar Tiberio.
- Esto es buen latín - afirmaba, señalando un neologismo en el escrito - y si no lo fuese desde este mismo momento  lo sería.
Sin temer al capricho del tirano, Marco respondió al adulador:
- El cesar puede conceder la ciudadanía romana a una persona, pero no a una palabra.
Dejó al otro mudo con su réplica, o porque siendo joven fue boxeador.


sábado, 11 de mayo de 2019

Proteo



Cuenta el ciego que Menelao se desvió hasta Faros, una isla de Egipto, con tan mala fortuna que los vientos dejaron de soplar y se vio cautivo de la calma del mar durante días.
Idotea, una ninfa marina, se acercó al barco y le susurró al oído el modo de salir de aquella, que no era otra que la de hacer prisionero a Proteo, que era el pastor de focas de Poseidón y conocía los secretos del mar.
Tenía por costumbre contarlas antes de echar la siesta y ese era el mejor momento, le dijo Idotea, de pedirle cuentas.
Se fue hasta la isla en una barca el rey de Esparta, con tres de sus hombres.
Una vez que vio al pastor hacer lo que la ninfa le contó, lo apresaron, ardua tarea, pues Proteo se revolvió ahora como león, después como serpiente, también pantera y jabalí, incluso como árbol y agua. Pero sin poder librarse del asalto de los griegos.
Aterrorizado, Proteo cantó. Y no sólo les contó el modo de romper la calma sino que además, acelerado, les dio noticia del resto de los héroes de la guerra de Troya, de sus aventuras y del amargo fin de alguno de ellos.
Libres del encantamiento, retornaron a Grecia, felices pero disgustados por el olor a foca del que no pudieron librarse sino después de perfumarse con ambrosía.