A la entrada del patio de la Posada del Potro, en el mismo zaguán, a la izquierda, pusieron un monigote de Anarcoma con motivo de las primeras Jornadas del cómic de Córdoba, 1984. Las mismas coincidieron en el espacio y tiempo con una exposición de cuadros y figuras de papel maché del artista plástico y folclórico Pérez Ocaña, un sujeto de una sexualidad desbordada y transgresora. La Purísima y un conjunto de singulares e incómodos querubines llenaban el fondo del patio. Nunca averigüé si la de Anarcoma era suya también u obra de su amigo Nazario, creador del famoso personaje de El Víbora. El caso es que el muñecote estuvo allí recibiendo o despidiendo a la peña que acudió ávida de viñetas. De todas las figuras era la que menos grima producía, en mi modesta opinión, más apropiadas para acompañar en una pesadilla. Recuerdo que Anarcoma, con todos sus atributos a la vista, (no sé si por intentar competir con Den, el de Corben, de moda entonces), hizo recular a más de un padre que acudía a lo de los mortadelos con sus hijos de la mano. El mensaje estaba claro, los tebeos eran ya cosa de adultos, gente que hablaba de asuntos serios, políticos, entre teta y teta. Pese a todo, los tres días que duraron las jornadas, el éxito fue absoluto y la marea de gente incalculable, augurando y sellando definitivamente, y por muchos años, tal efeméride. En medio del bullicio, algún que otro angelote de Ocaña terminó en el suelo hecho añicos. Sin embargo, el Anarcoma aguantó el tipo hasta el último momento. Probablemente sus volúmenes intimidaron al personal, y la mayoría prefirió arrodearla después de echar unas risas para exorcizar complejos.
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