Todavía me junto con gente más joven y descubro que sé mucho de cómics, pero de los de antaño, que ya son solo recuerdo para los de mi quinta y desconocidos para una gran mayoría que se suma a un arte que parece desdibujarse. Y así informo y documento a los neófitos, ignorantes de los grandes artistas del siglo pasado. De este modo acuden a mi cabeza nombres y títulos, personajes y aventuras, revistas y álbumes, igual que si acabase de leerlos ... y no es así, sino que de algunos hace treinta, cuarenta años, incluso más. He de advertir que algunas poderosas imágenes, enclaustradas en viñetas, permanecen en mi memoria, con una nitidez que sorprende, como si hubiesen sido grabadas al fuego sobre la retina de mis ojos. Y me llama la atención que tales ejercicios de memoria automática, permitan una lucidez inesperada, un retorno al pasado tan palpable, que la sensación sea de absoluto presente, igual que si las décadas no se hubiesen sucedido. Por lo que reivindico el poder de las imágenes como puertas que permiten el acceso definitivo a la consciencia, signos misteriosos e imperecederos de una realidad ignorada pero accesible.
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