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sábado, 17 de enero de 2026

Cuando además de padre lo eres de un perro

Tener un perro era más barato que un hijo, se afirmaba como verdad absoluta hace no muchos años. Y los matrimonios jóvenes o la abuela viuda tenían uno de compañía, de raza incierta, que comía de las sobras del plato y se asomaba a la puerta sin correa para mearse en la esquina de la calle. Ahora que hay que alimentarlos con pienso, vacunarlos y operarlos, vestirlos y guardarlos para el viaje, la cosa empieza a verse de otro modo, porque el amigo fiel te empieza a salir por un ojo de la cara. Y además tienes que sacarlo a mear y cagar a diario, tenga o no pedigrí, cosa que un hijo u hija aprende a hacer en el inodoro en tres años. No deja de admirarme la proliferación de chuchos cada tarde que saco el mio a que ensucie las aceras. Es un constante evitar a otros para no conducirlos a un conflicto territorial, lo que no impide que en ocasiones pueda hacer amigos y tener ocasión de charla. No comprendo esta moda canina como no entiendo la de los tatuajes, o por la Rosalía . El perro se termina convirtiendo en una obligación de padre y muy señor mío, cuando ya ha criado a los hijos, pues es una adopción inesperada de estos últimos que juran y perjuran que se harán cargo de su cuidado, y luego aparcan en casa. Eso de la vida de perros es para el que carga con ellos. La evolución ha hecho del can un animal parasitario, con éxito.


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