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viernes, 28 de marzo de 2025

James Bond contra los progres

Fue cuando fui a la librería García Lorca, aquella que había en mi barrio de Saconia y regentaba un cura que era comunista, con intención de comprarme un libro, cuando le empecé a coger ojeriza a los progres. Era el 79, es decir que tenía 13 años, y yo entonces estaba muy sugestionado por todo lo que venía del espacio, de cualquier galaxia muy, pero que muy lejana. De tal modo que no perdía oportunidad de hacerme con todo aquello que oliese remotamente a Star Wars. Ya tenía los cómics de Marvel/Bruguera de Chaykin, los cromos de Panini, las novelas de Alan Dean Foster y Brian Daley, y continuaba completando mi colección con otras series como la de Galáctica o Alien, el octavo pasajero. También estaban los cómics de 1984 y después Cimoc. Pues bien, ilustrado por mi amigo Javi Mesa, que era tan o más friki que yo, (aunque entonces no se nos llamaba así, sino galácticos, según nuestro compañero Gabriel), nos dirigimos a la librería con la intención de hacernos con el libro de Moonraquer, la novela de Ian Fleming, (C. Wood), en la que se inspiraba la última peli entonces de James Bond, que versaba sobre los viajes espaciales y salían unas lanzaderas de las de la NASA, pero también unas tías espectaculares en la portada. El libro era una edición de lujo de Bruguera. Total, que nos presentamos allí y no estaba el cura, que era con el que mejor nos entendíamos, pero sí un par de juveniles sujetos con barbas de cuatro pelos, jerséis de aquellos gordos de lana y zapatos de piel vuelta que se miraron con suficiencia, alzando las cejas y esbozando media sonrisa, cuando hicimos nuestro pedido. Después de tragarnos sus despectivos gestos de superioridad tuvimos que aguantar una sarta de improperios sobre el capitalismo y el negocio editorial que, sinceramente, nos traían al pairo. El caso es que después de aguantar sus mordaces comentarios nos salieron con que no lo tenían, que era por donde debían haber empezado. Por lo que salimos sin despedirnos y nos piramos hasta el Corte Inglés del Princesa, que era donde no faltaba de nada, y terminamos con nuestro ejemplar de Moonraquer, que era tan malo como la película, pero para nosotros un billete a otro planeta.


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