Penthouse era la publicación más vendida a finales de la década de los ochenta. A las pruebas me remito. Su periodicidad era mensual y si no espabilabas no la encontrabas en los quioscos, en una época en la que había uno cada cien metros. Y entonces te veías abocado a un peregrinaje inútil del deseado ejemplar que se resistía a ser encontrado, todo un drama. Era habitual tropezarse en las inmediaciones de un puesto de prensa a alguien, o varios, que también lo buscaban, y terminar convirtiéndose en un equipo como el que fue a la Cólquida por el Vellocino. Si no se tenía éxito en la empresa, el quiosquero distribuía otras publicaciones de ínfima calidad a los incautos. En muchas ocasiones sospeché que la ausencia de la revista no era sino un truco para eliminar el stock almacenado. El Penthouse era más popular que el Playboy, porque este era algo insulso, tenía pocas fotos y resultaban algo frías, por la inexpresividad de sus protagonistas. En el Penthouse se duplicaban las páginas, eran más explícitas y salían, en un ambiente vaporoso, unas señoras espectaculares, de permanente algodonada, con unos balones descomunales que se te subían a la cabeza y no te dejaban conciliar ese día el sueño. Era una revista muy repasada y no siempre prestada, el lector del Penthouse era celoso de su tesoro. Se refugiaba en las carpetas, entre los apuntes de la Asquerino que versaban sobre los primates y la Pebble culture, o entre las disquisiciones del Marzoa respecto al problema del ser presocrático, o el pienso luego existo, el modelo cartesiano; y hacía las clases menos monótonas. De este modo accedía a la facultad de Filosofía y Letras, con pleno derecho, como el manual de cualquier otra materia. Los amigos de Bellas Artes, que migraron a Sevilla, lo adquirían con la excusa del estudio anatómico, por aquello del dibujo de músculos y nervios, pero luego no se hacían con el lápiz porque siempre tenían ocupadas las manos. Tuve la suerte de que mi hermano, en uno de sus viajes al extranjero en los que se dedicaba a repartir llaves sobre el tatami, me trajo uno de la edición inglesa, que guardé durante muchos años como oro en paño bajo un montón de camisetas, calzoncillos y calcetines. En la portada Samantha Fox, muy sonriente, hacía amago de quitarse el bikini. Era la chica que nos acompañaba a todas partes. Internet acabó con aquel trapicheo, ese ir y venir, furtivo y clandestino. Ahora todo queda en la nube.
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sábado, 15 de marzo de 2025
Elogio del Penthouse
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