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sábado, 20 de junio de 2026

La Odisea con sabor a pasta

Está esa de Kirk Douglas, con sabor a espaguetis, que en un plis plas te cuenta la Odisea de Homero, y apenas falta un detalle, oye. Recuerdo que cuando la vi por primera vez llegamos tarde a la proyección y los aqueos ya estaban dentro del caballo de madera. Como todo estaba tan oscuro tuve la sensación de que yo también con ellos. Mi padre tiraba de mi mano mientras seguíamos el haz de una linterna, a modo de antorcha, hasta que el círculo luminoso se posó en unos sillones color púrpura. Reinaba un reverencial silencio y el acomodador se retiró con algún duro en el bolsillo, que era costumbre. Después, conservo en la memoria la imagen del gigante Polifemo merendándose a un marinero, y borracho hasta quedar tuerto del único ojo que poseía. Creo que fue la primera vez que supe de un señor que se llamaba Ulises y era ingenioso en ardides, como luego leí en el poema, en una traducción de aquellas de Aguilar, que reposaba en casa junto a su compañera de la Ilíada. El rey de Ítaca se escapaba de la gruta del Cíclope. Luego venía lo de las sirenas, el encuentro con la maga Circe, el viaje al inframundo, la recepción de los feacios y el retorno a la patria a cumplir su venganza. La versión era libre, pero más o menos fiel al original. Tardé años en advertir que Silvana Mangano hacía de Penélope y Circe. Aquella actriz tenía algo de esfinge en la rigidez de su rostro. Hubo más Odiseas, después de esta, en el cine, la tele, el comic. Ahora tengo un batiburrillo de todas. Sin embargo, al evocar el día en que entré en aquella caverna, tan semejante a la de Platón, sospecho que quizás será así la entrada al Hades que me aguarda. El destino es caprichoso y el origen una pesada ancla.



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