De esas de Estudio 1, el programa de la televisión franquista que ofrecía teatro clásico una vez a la semana, me detengo hoy en la de Ifigenia, versión de la de Eurípides, protagonizada entre otros por Mary Carrillo y Luis Prendes. Para comprender el drama hay que sumergirse en el mundo contradictorio de la antigua Grecia, la razón y la sinrazón en pugna, (por traer de los pelos a don Quijote). El drama del padre que se ve obligado por la superstición a sacrificar a su hija para satisfacer a los dioses y recibir de estos un beneficio, la victoria en la guerra, y de paso el reconocimiento de la sociedad. Es un asunto recurrente en muchas religiones del pasado, en la judía el sacrifico de Isaac o Moisés. La víctima suele salvarse por una manifestación divina, y luego cumple un plan fijado para restablecer el orden o culminar una venganza. En la obra que me ocupa el principal asunto es la lucha interna del que es líder y padre, Agamenón, que se encuentra en esa tesitura y ha de decidir si salvar a su hija o cumplir con el destino fijado por el oráculo. Un hombre religioso no hubiese dudado y habría cumplido con el rito, pero este griego sufre, porque confiesa no creer en los dioses, y no se resigna a que su hija perezca en el altar. Urde una mentira para engañar a todos, y a sí mismo, con el vano objetivo de evitar una muerte, a sabiendas de que esta es inevitable. Al final todo se destapa, se maquinan alternativas, pero nadie escapa al fin establecido por el hado. Los protagonistas quedan fijos como las figuras negras a las panzas de las cerámicas. Sin embargo, sabemos, que, en el caso de esta leyenda, que parece cerrada, se da paso a otra, donde la víctima retorna de una muerte aparente. Por lo que la angustia del padre, y de la madre, en la primera parte, resulta vana, pero en del desconocimiento de este desenlace el delito no se olvida y el odio que generó siembra semillas para venganzas y crímenes sin fin.