Según cuenta la leyenda, estaba santa Genoveva atenta a los cantores de la Iglesia de san Martín de Tours, que no desentonaban, cuando uno de ellos empezó a dar brincos y darse mordiscos en brazos y piernas, cabezadas contra los muros y pilares, y otras agresiones por todo el cuerpo, que daba cosa verlo ensangrentado y aporreado en danza tan extraña. Este hecho provocó un gran revuelo en el templo. Cuantos le rodeaban se apartaron asustados, y señalaban que estaba poseído de un diablo, generado este anuncio un pavor indescriptible entre todos los allí reunidos.
Sin perder la serenidad, la santa, después de terminar sus oraciones y persignarse pausadamente, se encaró con el poseso y ordenó al espíritu maléfico que abandonase de inmediato el cuerpo de aquel.
Pero el diablo, sin saber con quién trataba, la retó a que lo sacase por los ojos si podía.
La santa no hizo gesto alguno, pero el poseso sufrió un inesperado retortijón en el vientre, y despidió al diablo por el ano, envuelto en heces e inmundicias, y dejando en su huida un olor nauseabundo, como suplicio del Infierno.
Y así se cuenta, en la que llaman dorada, y se deduce, que por ojo viene ojete, y el diablo salió escarmentado por donde no imaginaba.
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