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martes, 28 de julio de 2026

Noches de verano

En verano había familias que dormían en la puerta de la calle, sobre la acera. Al final de la tarde, cuando el sol se cubría con el horizonte, se sacaban las sillas y se formaban corros con ellas, bajo alguno de los faroles, convertidos en panales de insectos sin ley. El rito lo abrían las viejas, eligiendo un sitio, siempre el mismo; después acudían los niños, que no paraban de jugar hasta que sonaba fajina. Entonces asomaban las mujeres dando órdenes o amenazando. Luego, cuando el hambre de los pequeños quedaba satisfecha, se iban sumando los hombres desde la oscuridad, que volvían del trabajo. Primero los de las bicicletas y a continuación los que lo hacían andando, unos del campo con las bestias, otros de los talleres o las fábricas. Les delataban las puntas encendidas de los cigarrillos. No se distinguían unos de otros hasta estar muy cerca del haz de luz. Saludos y despedidas. Así, se improvisaban tertulias entre los vecinos hasta bien entrada la madrugada, alrededor del botijo o los platos de modestas viandas. Al acudir el sueño se apagaban lentamente las voces, pero las estrellas en el cielo parecían multiplicarse. Como era mucho el calor en el interior de las casas, se optaba por acomodarse a la intemperie, sobre una estera o un saco de paja, a los más rudos les bastaba una camisa. Las salamanquesas se quedaban de piedra, como guardianes de templos prohibidos, los perros ladraban muy a lo lejos a un espíritu desconocido, la abuela desde la silla soñaba que dormía. Los amaneceres, frescos, irrumpían sin piedad sobre los vivos.


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