De Juan Álvarez Mendizábal hubo una estatua en Madrid, plaza del Progreso, hasta 1939. La derribaron las tropas franquistas cuando entraron en la capital. Su fama de anticlerical en el XIX provocó la destrucción de la imagen. La pieza era de bronce y obra de José Grágera, escultor asturiano. Una vez retirada y fundida quizás sirvió para forjar un angelote del Valle. No hay intención de rescatarla del olvido, tal vez por ser liberal el retratado. Bonita era.
Seguidores
miércoles, 19 de octubre de 2022
viernes, 14 de octubre de 2022
El baño turco
A Julio Camba, anarquista furibundo en su juventud y columnista del ABC en su madurez, lo envió el diario La Correspondencia como corresponsal a Constantinopla, allá por los inicios del siglo XX, por un asunto en los Balcanes. Una vez que pisó el suelo de la capital turca, el joven gallego, sin detenerse a otra, entró en unos baños de los que allí se usan y se sometió a las expertas manos de un masajista para salir del entumecimiento, del que se sufre tras un largo viaje. El frote enérgico de aquellas garras extrajo unas oscuras tiras de piel del cuerpo del columnista.
- ¿Qué es esto? - protestó éste cuando el otro le mostró el trofeo.
El turco de anchos y corpulentos hombros le miró furibundo desde detrás de sus erizados mostachos, regados por minúsculas gotitas de agua y le increpó.
- Esto, señor mío, es su catolicismo.
O más o menos eso creyó entender Julio, que turco sabía poco. Por lo que guardó silencio hasta que acabaron con él, pero luego no asomó por la mezquita, como no acostumbraba tampoco a hacerlo por la parroquia.
El elixir de Checa
Checa era un segurata que vegetaba en la puerta de la residencia Blume, la de Madrid, y cuidaba de que no se colase ningún sujeto ajeno a la obra, que eran muchos porque allí se juntaban deportistas del extranjero que venían a estudiar a la Complutense y eso atrae a mucho baboso. Checa los despachaba con muy malas formas, pero se distraía con las piernas de las atletas y alguno se le colaban por el lateral. Era un tipo bajito y panzudo al que el traje le venía grande, y le daba mucho calor. Siempre estaba muy sofocado y le sobraban la porra y las correas. Tenía algo en la mirada que lo hacía diabólico, pero que lo mismo era el gesto por sufrir de almorranas por pasar tanto rato sentado a la ventana de la garita. Junto a esta había una máquina de bebidas y en cuanto tenía oportunidad pedía un sorbito de coca o rubia, Seven up o Trina, al que sacaba una. No despachaba al primo hasta que recibía su trago, a dar conversación no le ganaba nadie. Por pesado y carroñero lo conocían en todo el campus.
Un día acudieron unos de un colegio mayor cercano, gente alegre, bienintencionada, maleante y juguetona, ventaneros y bocazas. De ellos, tres de Córdoba, sevillanos otro trío y cuatro de Segovia. Casi como instigados y movidos de un mesmo espíritu, se llegaron a donde Checa guardaba y lo estudiaron a conciencia, con chistes y anécdotas, futbol, rumbitas, menciones a tías buenas y filmes porno, buscándole las vueltas y el modo de sacar partido de su cojera.
Prepararon su broma contando con el apoyo incondicional del compañero con el que Checa se turnaba, que era un tipo espigado y seriote, pero muy hijoputa. Se hicieron con una lata de cerveza, de la que más gustaba a Checa, la vaciaron y se mearon dentro. Y se la dejaron puesta en la tarima donde éste se apoyaba para ver pasar las cachas.
Se llegó el gorrón en cuestión a la hora en la que el compañero salía y aunque vio más gente que de costumbre en la puerta no sospechó.
Ni un minuto tardó en echarle el ojo a la birra de úrico.
- ¿Quién se ha dejao eso ahí? – preguntó alargando la mano sin más preámbulos.
- Ni idea, ahí lleva to la mañana – le respondió el judas.
Y antes de que respirase nadie, que todos la contenían, le dio un tiento como el que se toma un chupito a una.
- Bah. Qué calenturra – dijo el bicho, renegando de ella y asentándola de golpe donde la cogió primero, pero tan ancho.
Y fue tan rápido, y tan sencillo, que nadie de los presentes le pilló el punto a la travesura, sino que unos y otros quedaron mudos y no tardaron mucho en retirarse a sus quehaceres con el rabo entre las piernas; y dejaron al Checa a lo suyo.
- No tiene fuerza. A ver si viene uno y saca otra – quedó rumiando, con los ojos fijos en la tragaperras.
martes, 11 de octubre de 2022
El portátil de la feminista
Al hilo del feminismo tengo que contar una, pero de las mejores anécdotas que me han pasado a lo largo de mi vida como docente. Esta era de esas veces que te toca acompañar a alumnado, (por no decir alumnos y alumnas, que se hace largo), a la selectividad, que hoy se llama de otra manera y no es lo mismo que antaño. Son esas mañanas que echas paseando por el hall del aulario mientras ellos se examinan de lo que les corresponda. Tú estás allí por si alguien llega tarde, no encuentra el aula, se olvida del carné, necesita ir a orinar o sufre un desmayo. Y si hay que llamar a alguna parte lo haces con tu teléfono. Te dan una tarjeta plastificada que te pones al cuello con una cinta de color verde y entras y sales libremente por donde todo el mundo lo hace, pero te crees importante. El primer día lo empleas en saludar a viejos compañeros, conocer su suerte y dónde recalan, tomar café, rajar de la Consejería o intentar arreglar el mundo. Los días siguientes ya no sabes ni dónde subirte.
En una de éstas, ya lo dije al principio, me pasó algo singular, que he callado hasta este momento por las repercusiones que pueda tener, pero que al suceder antes de la pandemia creo que habrá prescrito como todo lo que pasó antes de aquello, y he decidido que debe ser contado por la enseñanza que encierra que no es asunto para obviar.
Pues, es eso, ya digo que un día de aquellos, el segundo, cuando se hace más tediosa la espera y hay menos sobresaltos porque los aspirantes ya se han examinado de casi todo, había tomado yo la precaución de llevarme un libro para echar la mañana y evitar más debates. Con buena planificación el día anterior había estudiado el lugar donde podría sentarme y ausentarme en espíritu del ambiente que me rodeaba. Una mesa solitaria se escondía junto a una de las puertas que sólo se abren al exterior en caso de incendio y facilitan la penumbra e invitan al sesteo. El lugar me pareció idóneo y allí decidí sentarme la mañana a la que me refiero.
Estaba metido tan de lleno en el libro que no advertí que alguien había tenido una idea semejante a la mía, en lo que a asentarse se refiere, y fue el caer de un bolso muy cargado sobre el tablero de la mesa lo que me apartó de las Guerra Púnicas, cuando Aníbal se cambiaba de pelucas, (véase Diodoro Sículo).
Al levantar la vista descubrí a una señora acomodándose enfrente, repartiendo diferentes enseres sobre la mesa, entre ellos una botella de agua, un móvil y un portátil. No debiera ser ni más noven ni más vieja que yo, pero con menos tacto. La mujer debía andar muy ocupada porque tan pronto como se sentó tomó el móvil e inició una conversación con alguien al otro lado.
La lectura del libro se tornó confusa. Al día me puse de cómo iba a organizarse el próximo curso en un centro de secundaria, desconocido para mí hasta ese preciso momento, pero del que averigüé sin desearlo muchas cosas. Aquella mujer se desenvolvía mejor que Escipión en el campo de batalla, ordenando esto y aquello. Y, al tiempo que se comunicaba con quien debiera ser su subordinado, tecleaba impertérrita en un documento word lo que su mente fuese deduciendo de la conversación que mantenía u otra cosa distinta, contestar el correo o jugar al Candy Crush, no sabría decirlo.
En esto que oyéndola sin desearlo caigo en la cuenta de que la conozco de otra, de haberla visto hacía unos meses en el periódico, durante una intervención que hizo en un foro sobre el feminismo poniendo de vuelta y media el dibujo de un amigo, nunca mejor dicho, porque nada tenía que ver aquél con lo que pretendía explicar ella.
No voy a contarte paciente lector la de veces que tuve intención y firme propósito de salir de allí y buscarme otro refugio, pero por más que mis ojos recorrieron el hall no hallaron otro libre sino ocupado siempre.
Finalmente, cansado de batallar con Aníbal, Publio y aquella Teuta que me rodeaba, decidí que era mejor marcharse a dar una vuelta y escuchar a los pajarillos del campus. Pero he aquí que entonces se produjo el milagro. La señora se levanta antes que yo y me dice:
- ¿Puede echarle un ojo al ordenador? Es que tengo que ir a hacer una cosa.
En ese instante el piloto micromachista que se enciende y me motiva una respuesta irreflexiva ante una dama.
- Sí, sí, no se preocupe usted que yo de aquí no me muevo – digo como capitán en el buque que se hunde y la miro alejarse mientras me froto las manos por hacerlo en la lectura.
Retorno a la conquista de la Bética, la batalla de Ilipa y la fundación de Itálica, cae Gades, se rinden los Cartagineses… Pasan los minutos.
Levanto la cabeza y advierto que una joven se está haciendo con el portátil. Delgada, rubia, pecosa, blanca de piel, con unos enormes ojos azules y además me sonríe.
- Hola – va y me dice.
- Hola, ¿qué hay? – respondo como autómata.
- Estoy recogiendo.
- Esto es de una señora.
- Sí, es de mi madre.
- Ah, pues muy bien.
Termina la muchacha de hacerse con los pertrechos de la batalla y sale con el ordenador bajo el brazo por la puerta de emergencia. Advierto que se ha dejado la botella de agua de la progenitora, pero ya es tarde para salir tras ella.
<<Qué distintas la madre y la hija>>, rumio en silencio.
En esto que miro alrededor porque descanse la vista y veo a lo lejos a la propietaria del PC acercarse pausadamente, lo hace desde la punta opuesta del edificio al lugar por donde salió su hija. Viene charlando con otra semejante, supongo que de asuntos muy serios por las señales de sus rostros y manos. Devuelvo la mirada al tablero y lo veo vacía salvo de torre de agua, y tengo un mal presentimiento.
Juzgo si marcharme o no. La otra está todavía lejos. Pero ahí llega, pasito a pasito, charla que te charla, directa a donde estuvo sentada. Me quiero convencer de algo, pero no lo consigo, la duda horada mi firmeza. Siento un hormigueo en las piernas. Es el momento de marcharse, me ordena el cerebro.
Me pongo de pie de un salto y en dos en la calle, por la puerta por la que huyó la joven, la que estaba más cerca. No quise mirar atrás ni detenerme a más averiguaciones. Oí jaleo, pero me animé a creer que de otro lado, quedé sordo. Al día siguiente simulé un resfriado, en la prensa no vino noticia. Deseo no haberme confundido. Pido discreción por si las moscas.
jueves, 22 de septiembre de 2022
Mientras decide Putin
Hoy me he despertado con la novedad de que, por el asunto de la feria, han habilitado un espacio para el mercadillo junto al instituto. Unos primos descargaban cajas de una camioneta y otros levantaban unos toldillos. <<Niña, niña >> gritaban unas payas. Nunca había visto tanto ambiente en el barrio. Hoy tienen mis pupilos un atractivo argumento para saltarse unas clases. El caso es que cuando he llegado al Centro la mayoría hacía cola en la puerta de secretaría para justificar la huelga que hay convocada mañana.
- ¿Huelga de qué? - pregunto a uno de mis entrañables repetidores, al que ya considero de la familia y, para más inri, lleva mi nombre y apellido.
- No sé.
Allí lo he dejado y he salido a comprar un melón a unos moros. ¿A quién le asusta el fin del mundo?
miércoles, 21 de septiembre de 2022
Una de Paco Umbral
Por un par de euros he pillado una novela de Umbral, La forja de un ladrón, en una de esas tiendas que ahora llaman de antigüedades y no son más que de basura, de todo aquello que nadie quiere en casa, especialmente si son las cosas de algún familiar difunto. Hay mucha gente reacia a comprar libros de segunda mano, yo no soy de esa clase. Se escudan afirmado que no saben en qué manos pudieron haber estado y les da grima hojear uno. Bien es cierto que entre sus hojas puedes encontrarte cosas muy singulares, tal vez normales: una dedicatoria a una señora que no conoces, un número de teléfono escrito en un margen, un calendario de 1986, un décimo de la ONCE con un nombre escrito, la momia de una flor de jazmín, una mosca aplastada, un moco, una mancha sospechosa... No se suele encontrar dinero. Creo que todo esto ya lo he contado en otra ocasión.
Pero no hay que exagerar, lo cierto es que la mayoría de los libros no son leídos más que una vez y muchos ni siquiera alcanzan el objetivo para el que salieron de la imprenta, por lo que suelen estar impolutos, aunque amarillos. Más de uno he comprado envuelto en su plástico, con la ventaja de que no caducan como los donuts, para mi propio asombro y satisfacción posterior.
El caso es que, volviendo al de Umbral, me hice con él, ya digo. En los créditos del libro aparece impresa una máxima: <<Está prohibida la venta de este libro a personas que no pertenezcan al Círculo de Lectores>>. Ah, vanidad de vanidades. Te da cierta satisfacción haberlo conseguido una vez leído aquello y por tan poco: dos euros. Estos del Círculo hacían buenas ediciones, aunque eran algo pesados. A mí me gustaba dejarlos entrar en casa y hablar, y que me sacasen el catálogo o me prometiesen un regalo, durante horas, pese al cabreo de mi mujer. Me presentaban las obras completas de Valle Inclán o las de Gómez de la Serna, los dos Ramones, mientras en mi mente tocaban los otros. Eran como los Testigos pero con otros textos sagrados, con la diferencia de que no los conocían más que por el título. (Otro día hablaré de los mormones también). Y mucha saliva después, entusiasmados, cuando ya sacaban el formulario y clicaban el boli para que le saliese la punta y yo firmase, que me creían captado, les decía con educación que no, que mi padre ya era socio y que con él me ponía de acuerdo cuando me encaprichaba con uno, o que él me lo echaba para reyes o el cumpleaños y que no era cuestión de quitarle al hombre la ilusión, y otras mentiras muy bien dichas y moduladas. Y el liante o lianta, que también las había, aunque se resistía al principio, se resignaba finalmente, agachaba la cabeza y buscaba la puerta para asaltar a otro incauto, lamentando el tiempo perdido. Con los años perfeccioné la comedia y le enseñaba las estanterías de mi estudio repletas de publicaciones, la mayoría tebeos, y compungido le decía que ya no tenía sitio dónde meter más, cosa que, por otra parte, he incumplido meticulosamente siempre. Hay que tener en cuenta que entonces no tenía ni internet ni hijos y en algo tenía que echar la tarde, lo digo por no parecer un hijoputa.
Pues, volviendo al motivo de la entrada, que el libro es de Paco Umbral y fue Premio Planeta en el 97. Entre los miembros del jurado estaba, por supuesto, Nando Lara y otros como Terenci Moix o Juan Eslava, el del unicornio y los templarios. Es volumen de esos que te lees de una sentada y puedes presumir al día siguiente de que has leído a Umbral. Creo que a Terenci le gustó porque hay una primera parte dedicada a la gran pantalla, a las películas y estrellas del blanco y negro que el prota veía en el cine de su barrio acompañado de su madre, y resume. De todo esto se deduce que es en parte autobiográfico, porque Umbral, por lo que cuentan y contaba tenía una madre muy maja, republicana y eso. La novela reproduce el estilo de las de la época, aquellas de realismo social con las que varias generaciones se castigaron hasta que llegó Juan Benet con sus regiones extrañas pero celebradas. Hay en la de Umbral un atractivo retrato de la posguerra que tiene cierto regusto a cartón piedra, a CIFESA. Soy de la opinión de que Umbral, a la hora de recrear su infancia y juventud, recurrió a las imágenes del NODO como escenario, o dulcificó las suyas con estas, e inventó otras, y por eso su novela, como varias del mismo autor, sabe a noticiario cinematográfico y no a realidad. Algo así como Malditos Bastardos pero literario. Creo que el cine se come la realidad y la suplanta en la memoria. Y eso era lo que quería decir al respecto e igual me quedo corto. Pero, vamos, que la novela me ha gustado.
viernes, 9 de septiembre de 2022
Isabel II, pero la inglesa.
Yo de Isabel II voy a recordar lo del jamón serrano. Resulta
que en los inicios de este siglo saltó la alarma por lo de la gripe porcina,
que es un virus que de cuando en cuando asoma y se lleva por delante miles de cerdos a
cambio de miles de euros de las aseguradoras, es cíclico. Eso no impide que su
carne termine convertida en embutidos y se consuma alegremente; <<lo que
no mata engorda>>, dice la sabiduría popular. Pues bien, en aquella
ocasión los británicos se pusieron muy serios, y estirados, y prohibieron la
entrada en sus fronteras de productos cárnicos provenientes de España, es decir
de los chorizos y jamones, para disgusto de los ganaderos y Carlos Herrera, que
hablaba en la COPE. Aquello era un asunto muy serio, según los contertulios,
que tuvo cierto alcance diplomático, pataletas y poco más, lo de la Armada
Invencible, Gibraltar y todo eso. No llegó la sangre al río. La cuestión es que
el gobierno inglés no había valorado lo suficiente las consecuencias de la
medida. Es bien sabido que la reina de Inglaterra degustaba con asiduidad el jamón
de Jabugo, no perdía ocasión de llevarse a la boca una loncha de jamón de
bellota, con la corona puesta, que se le deshacía en la boca entre babas y
lengua con riesgo para esta. Todo el mundo que lo ha probado sabe la sopa que
origina entre los dientes. Verse privada de tal deleite era sin duda una
cuestión de Estado y para tal circunstancia la Casa Real se buscó un
subterfugio para que la monarca pudiera satisfacer su gastronómico capricho. No
sé con exactitud cuál era, tal vez no se trataba más que de un bulo, el caso es
que a Buckingham llegaron dos jamones de pata negra que sirvieron de consuelo a
la reina hasta que se levantó la veda. Es difícil que creer que el duque o el Carlos
no se llevasen algún que otro taco a escondidas. El caso es que con los dos
perniles soportaron el chaparrón sin que se enterasen más que los criados y los
que escuchaban la COPE. Con eso y con algún que otro viaje a Mallorca a visitar
a los primos, a sabiendas de que en la casa de estos nunca faltaba un plato; de
hecho, a Arabia también llega, pese al Corán. Por lo que se deduce, a modo de
conclusión, que los de la casa de York, (de Windsor no rima), alguna excepción, no han sido
nunca vegetarianos.
jueves, 1 de septiembre de 2022
Cucarachas y literatura
Cucarachas o corredoras, porque así se las llamaba en las novelas del 98 y primera mitad del s.20. Eran habituales en los cafés de las tertulias, donde se reunían los literatos, unos más viejos y otros más jóvenes, entonces, (ahora todos están muertos). Estos insectos que no respetan nuestra intimidad y asoman las antenas por el desagüe de la ducha o detrás del inodoro, para llevarse un pisotón o, con suerte, un susto, compartieron en el pasado asiento con las grandes figuras de nuestra Edad de Plata. No era raro verlas corretear por los divanes de Fornos, Antiguo o Pombo, y refugiarse en los pliegues que les ofrecían los asientos corridos o, en arriesgado equilibrio, bajo las mesas de mármol y patas de hierro; y también, hay que decirlo, en las selváticas barbas de los bohemios o el sobaco de las prostitutas que los acompañaban. Allí se alimentaban de los posos de café, las manchas de chocolate o la pringue aceitosa de los churros. Ah, dichosa criatura, amiga de la miseria humana y visitante nocturno, pequeño vampiro que nos susurras al oído pesadillas o te cagas en nuestro cepillo de dientes. ¿Cuántas de ellas no debieron anidar en el viejo abrigo de Alejandro Sawa, la boina de Pío Baroja o las pelucas de Ramón Gómez, (de la Serna)? ¿Cuántas no correrían por los hombros de Unamuno o a los pies de Lorca y José Antonio? ¿Acaso no se refirió Cansinos Assens en alguna ocasión a ellas mientras Borges, cegado por su maestro, no las veía? Ruano aplastaría colillas sobre sus cabezas.
¿Pero, por qué, te estarás preguntando paciente lector, (tal vez lectora feminista), presento a este bichejo, que no acogería en su casa ni siquiera un incondicional de una sociedad protectora de animales, con tanto adorno y tanta letra? Tú también sufres de blatofobia, lo sé.
Es por lo que sigue, por una de esas lecciones crueles que te da la naturaleza cuando menos te lo esperas, ese bofetón de madre que sabe que le debes la vida y se aprovecha. Le dicen sabia, pero es muy cruel. Y es que andaba yo hoy perdido por la calle, mirando por donde ponía los pies, (cosa extraña pues siempre busco las azoteas), y tropecé con una estampa inaudita, por mi corta experiencia en tales lides, que no olvidaré. Dos avispas habían paralizado con su aguijón a una cucaracha que las doblaba en tamaño y envergadura, y la estaban devorando con ahínco. Era extraordinario el contraste entre el amarillo limón de ellas y el meloso de su presa, tanto como dramático. La escena podría servir como excusa para un escudo, de estar en el Renacimiento, si uno sirviese a un poderoso señor, o, también, en los tiempos que corren para dedicarle unas letras a la víctima, porque no es cuestión de guardarla entre las páginas de un libro , seamos serios, a menos que sea de Francesc Español Coll.
domingo, 21 de agosto de 2022
Una noche con Lorca
De Lorca se ha escrito y se escribe tanto que tarde o temprano nacerá una disciplina llamada Lorcalogía. Es el destino al que parecen condenados los que se convierten en dioses, es decir, que se confunden con el mito, y terminan su vida en el ara del sacrificio.
A cuento de su desaparición, que parece lo único seguro de cuanto nos han contado, podría mencionar, por darme notoriedad, algún que otro detalle del personaje, que ha quitado protagonismo a su obra, al que sigo desde niño por aquello del lagarto y la lagarta con delantalitos blancos, que recitaba con seis años frente a un magnetofón pese a la férrea censura franquista y que aún conservo en cinta para el que quiera oírme versificar con una voz que ya no es la mía.
Pero prefiero contar una anécdota que me ronda siempre la cabeza cuando topo con este Orfeo patrio, que es la que sigue. Siendo mi padre fan incondicional del vate, (en casa tenía una edición de las obras completas, la de la editorial Aguilar), no perdía ocasión de leerme o darme a leer poemas, y llevarme a ver guiñoles, de tan celebrado artista. La cosa no quedó en la infancia, sino que se prolongó en mi madurez, que para colmo coincidió con la emisión en TVE de la serie de La muerte de un Poeta, dirigida por Bardem. No puedo negar que me marcase su vida y dramática muerte, pero afortunadamente la corriente del río me hizo varar en una orilla y así descubrí a otros autores contemporáneos suyos, absolutamente ignorados, pero más interesantes.
Mas no era esa la historia que quería contar sino la que tenía como protagonista a mi padre. Se empeñó el hombre en que no me perdiese una representación de La casa de Bernarda Alba que tendría lugar en el Gran Teatro de Córdoba, por una importante compañía, figuras célebres del mundo escénico del momento. Además, los decorados eran del taller de un amigo suyo, que tenía a sus espaldas la labor de generaciones de tramoyistas.
En fin, resumiendo, que para que no perdiese detalle me consiguió entrada en primera fila, junto al pasillo central, que según él era desde donde mejor se oía. Y tenía razón.
El caso es que, desde aquel privilegiado lugar, si bien lo escuché todo, lo que mejor pude ver fueron los tobillos de las artistas, (circunstancia que me hizo viajar a la época de Calderón), y los escupitajos que las hijas de Bernarda lanzaban cuando se revolvían contra la tirana, detalles que no hicieron sino despistarme bastante y no seguir adecuadamente el desarrollo de la historia. Para colmo, desde mi posición, veía perfectamente las trampas del decorado, no pude gozar de la ilusión que crea el ojo si ve el escenario de lejos pues no era ese mi caso. El cuarto del fondo era muy estrecho, la cama no más larga que una silla y por el lateral se veían cuerdas, cables y focos, incluso algún operario. Con tan cantidad de distracciones era difícil concentrarse. Como remate, en el momento cumbre, la ahorcada no era sino una falda con unas piernas de mentirijillas.
Pero bueno, lo que quería contar en concreto era el brete en el que me hallé al bajar el telón. Al principio, bien, me puse a aplaudir como todo el mundo. Pero como los artistas eran tan famosos y según el parecer del público lo habían bordado, los aplausos se redoblaban. Yo, naturalmente, no me quería quedar atrás y chocaba mis manos con frenesí. Los actores no hacían más que acercarse cada vez más al foso, hasta el punto de que cuando se inclinaban casi que podían besarme la frente. En tales circunstancias, yo no hacía sino arrugarme aún más y más, del modo que lo hace un globo que pierde aire. Aquel aplauso no parecía tener fin y advertí que la gente se empezaba a levantar para hacerlo de pie. Yo era incapaz de incorporarme, temía abofetear a alguno de los actores, casi podía tocar sus caras. A mi alrededor oía comentarios del público del que formaba parte. Se animaban unos a otros a abandonar sus asientos por tal o cual actor o actriz y festejar su éxito por todo lo alto.
Por mi mente, desgraciadamente, cruzaron las palabras de una de las estrellas allí presentes que, en una entrevista reciente, celebraba que todo el teatro se ponía en pie en cada representación. Empecé a sentirme culpable porque sabía que en esta ocasión no iba a ser así. Llegó el momento en que efectivamente todos los espectadores se habían levantado y aplaudían a rabiar, y yo seguía sentado, escondido tras mis manos enrojecidas. Fue en ese instante cuando me percaté de que todos los actores tenían puestos los ojos en mí, podría jurar que inyectados en sangre, y me sonreían enseñando los dientes muy apretados, como el que hace un gran esfuerzo. Creo que nunca nadie me ha examinado de ese modo. Sin quererlo ni buscarlo me había convertido en el protagonista de un nuevo remate a la obra. Yo quería que el suelo del teatro se abriese y me tragase definitivamente, rodeado de butacas, zapatos, cuerdas y focos. Me hundía y me hundía en la butaca, pero no sucedió lo que soñaba.
Resistí como un gato panza arriba aquel suplicio interminable, devolviéndoles a mis jueces una sonrisa de circunstancias, pero sin dientes. Afortunadamente, los aplausos fueron menguando, poco a poco, hasta apagarse definitivamente, igual que las luces y la magia. Por fin los figurantes se retiraron a la oscuridad del cartón piedra, convertidos en gente, no sin lanzarme alguna que otra mirada reprobatoria, y, al perderlos de vista, pude respirar tranquilo. Aguardé a que se despejase la platea, por si alguien más me vigilaba, para abandonar definitivamente el coso. Nada más que añadir, sino que salir a la calle fue como echar a volar.
Muchas veces he rememorado aquella escena, verdaderamente dramática, y me he consolado imaginando que los que me estudiaron desde el escenario debieron concluir que no era más que un inválido. Quiero consolarme así, pero creo que se dieron cuenta de que junto a mi butaca no se apoyaban unas muletas.
jueves, 4 de agosto de 2022
Aire condicionado
Este empeño por el aire acondicionado no lo comprendo. Cuando yo era niño, para la caló, el remedio era un botijo con agua fresquita que tenía un culillo de anisete, el baldeo de la puerta de la casa o el patio, el abanico desportillado que se olvidó la tía viuda, una habitación oscura y poco más. Cómo se ponía mi abuela si subíamos una persiana, eso era poner orden.
Con los años llegó este invento traicionero que provoca resfriados o infección de oídos a destiempo, sin el cual nadie puede pasar. "Es que hace mucho calor", te dicen, gente que no sabe lo que era cruzar el viaducto y bajar a la mezquita a echar la tarde, a las horas en que por la judería no asomaba el rabo ni el Diablo. "¿Dónde vas con la que está cayendo?", te gritaba desgañitá tu madre, pero tú ni caso. Andando o tres subidos en un vespino te plantabas en menos de veinte minutos en la Calleja de las Flores, que entonces no visitaba nadie o alguien que se había perdido, y no te preocupabas de otra cosa que de reunir botellas huérfanas para cambiarlas por una litrona fresquita en el colmado que daba a la facultad de Filosofía, de la que te tocarían en suerte tres o cuatro sorbos de cerveza y baba, o canuto. Aquello sí era refrescante. Pero a ver quién convence ahora a una de Madrid, la Ayuso misma, para que apague un rato el chisme. Igual te la tienes que llevar de escaparates, por mucho calor que den, para que se le pase el sofoco.