Sentado en el escalón que daba al patio, miraba a los caracoles que mi tía Pepa ponía a mi lado, para entretenerme. Los tomaba prestados del arriate próximo, escondidos bajo los hierbajos y la tierra húmeda. Los acomodaba entre mis pies. Al sol se calentaba su concha y poco a poco se aventuraban a salir, desperezando sus cuernos. Eran como un moco con antenas, que iniciaban la mudanza de su casa lejos de la solana. Así me tiraba los minutos, cuando parecían horas, viéndolos descender por las contrahuellas, dejando un sendero de gelatina brillante hasta donde alcanzaba la sombra. De fondo chistaba la olla, haciendo bailar el pito, que era la válvula. En el momento apropiado, mi tía también la acomodaba sobre el escalón, ya libre de caracoles, y la olla respiraba como ballena. Yo confundía el sonido con el de la sirena de la fábrica. Y ya sabía que mi tío no tardaría en aparecer, para fabricar quimeras en el aire con el humo del cigarrillo.
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