Don Juan es esa de Torrente Ballester, gallego y falangista en su juventud, por supervivencia, cuentan sus biógrafos más incondicionales y lavanderos, que lo condenan a la novela social y llevaron a la tele, para obtener su perdón. Torrente fascina por su misterio y colaboración del Demonio, siempre presente, como Cojuelo u otro, que sale de una botella o lámpara, en sus escritos. Torrente es un Fausto que hace tratos con el Maligno mediante el uso del magnetofón, que graba ruidos misteriosos y él gustaba de escuchar después. Don Juan es el Demonio, viene a decirnos. La novela engancha, porque resulta chocante y provocadora. Hay mucho sexo, pero sugerido, de pornografía teológica o pajas mentales, no apto para teólogos e inquisidores. Don Juan fue un experimento fallido, que no gustó ni al público ni a los censores. El Diablo que gustó fue el de El rey pasmado, y más la película que el libro, por los los grandes actores que allí gesticulaban, que no por la enjundia del relato original. Hoy, de la mano de mi tocayo visito estos días los infiernos más profundos, de horizontes yermos y sombríos, como hiciera Dante con Virgilio, pero sin adoctrinamiento. Quizás el paraíso sea en realidad un desierto a la luz del crepúsculo que nunca se acaba, pero apetece recorrer. Es posible que conocer los senderos más estériles no nos haga más humanos, sino más libres, apartados de la plaza del mercado, donde reinan los cambistas y vendedores de promesas de latón.
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