- ¿Qué sabes de Margarita? Me dijo Maruja que estaría en clase y no la veo.
- No te molestes en buscarla. Está posando para don Julio, ese putrefacto andaluz amante de las gitanas, las naranjas y los galgos.
Federico se mordió la lengua. Al amigo se lo perdonaba todo. Con disimulo guardó un sobre rodeado de una cinta violeta en el bolsillo de la chaqueta. Era una carta con unos versos.
Inesperadamente, Salvador dio un brochazo bermellón al enorme lienzo tras el que se escondía, emborronando el bosquejo de una Venus de Milo qué había mutilado de orejas. Después se recreó en repartir la pintura como si machacase algo con un almirez. El pincel quedó desmochado. Lo miró con atención y se lo arrojó al modelo, un viejo desvencijado que se apoyaba en la diosa de yeso adoptando una pose clásica, de dios Marte sumido en pensamiento de la infinitud. Recibió la lanzada sin esperarla y le quedó señalada una fea herida de pintura en el rostro
- Señor Salvador, haga el favor de abandonar el aula – rugió el profesor, surgido de la nada ante el inexplicable asalto.
El anciano Ares, sin inmutarse, hizo un gesto obsceno irguiendo el dedo corazón.
El joven lo ignoró. Se desembarazó del guardapolvo mugriento con el que se cubría y lo colgó en el caballete.
- Vámonos – murmuró a Federico -. Con suerte no tengo que volver hasta septiembre.
Salieron. Sus pisadas resonaron por la galería que daba al patio y bajo las bóvedas de la escalinata de acceso. Al fondo se oían voces de protesta. Abandonaron la academia y asomaron a la animada calle de Alcalá al tiempo que se ajustaban los sombreros.
En la misma puerta tropezaron con Ruano, y este y Salvador se contemplaron como en un espejo. Pero Federico ya tiraba de su amigo.
- Adiós, César. Salude a sus Mata-Haris que meriendan bocadillos de chorizo – escupió.
- Usted, Federico, solo conoce marineros que meriendan nardos – respondió el aludido.
En poco más quedaron las imprecaciones y los unos se separaron del otro.
- Madrid me asfixia, Federico. Es una ciudad llena de moscas – dijo y señalaba a los vagabundos y pedigüeños, bohemios y sablistas, de la Puerta del Sol -. Es necesario acomodar en esta plaza el cadáver de san Narciso, para que purifique el aire.
No muy lejos acudía Maruja, bajo un sombrero adornado de algas secas. No se evitaron, sino que fueron a encontrase.
- ¿Dónde vas Marujita, mujer, mitad ángel, mitad marisco?
- Vengo. De una de las verbenas de las que abundan en Madrid, en esos barrios cochambrosos que huelen a tenerías y churros. Me he subido a una avioneta de cartón y no he parado de hacer dibujos de todo lo que he visto, cabezudos, marineros, guardias y algún bigote como el de Quevedo. ¿Y vosotros?
- Expulsado. Expulsado al fin de esa caverna platónica que es la de San Fernando. Y he raptado a Federico como Zeus Olímpico a Ganímedes, del canto maldito de las sirenas.
- Yo solo buscaba a Margarita – balbuceó Federico, parco frente a lo expansivo de su melenudo compañero.
- Pues ahí la tienes, libre al fin del cruel Pigmalión que la retrata – señaló la Mallo.
La joven aludida se aproximaba a ellos, con una expresión de alivio y pisada firme. Vestía un pantalón de cazador y un sobrerito con pluma de faisán.
Federico llevó su mano al bolsillo, para tentar la carta destinada a la amada, comprobando que no la había perdido. Y mientras jugaba con el lazo violeta que la rodeaba, contemplaba a Margarita con cara de bobo, sumido en la zozobra de todo enamorado ante su objeto de deseo.
- ¿Qué escándalo has organizado esta vez? No sé si regañarte o darte las gracias. Don Julio ha interrumpido la sesión, alertado por el bedel. ¡Qué voces! Resonaban por todo el pasillo. Me ha despedido con urgencia. Me temo que no terminarás la carrera – denunció la joven al pintor.
- Mi carrera empieza ahora – exclamó Salvador, gesticulando como muñeco articulado de madera y cuerda.
Caminaron como una piña hasta la boca de metro de Sol. Algunos fulanos señalaban a Margarita, por su indumentaria y gritaban “ajo”, con aire despectivo.
- Cuanto cateto y cernícalo hay en esta villa – protestó Salvador, fulminando con la mirada a los agresores.
- ¡Ajo! ¡Ajo! – multiplicaban las bocas que acusaban a la travestida y compañía.
Federico señaló la boca del metropolitano para evitar el linchamiento.
- Jamás huir – reclamó el pintor, y en un acto de rebeldía se quitó el sombrero e invitó a sus amigos a seguirle en la iniciativa. Ellas no se lo pensaron, desafiando a los viandantes.
Entonces comenzaron a lloverles piedras, por lo que decidieron seguir el consejo de Federico y refugiarse en las profundidades. Una vez a salvo en la oscuridad, en breve conciliábulo, discutieron si regresar a tomar la plaza o un metro. Salvador proponía volver al ruedo como el torero contestatario. Federico le disuadió porque no eran cojines lo que llovían, sino adoquines. Por una vez se impuso la razón y el joven contestatario claudicó.
Al reiniciar su periplo, esta vez por las estrechas galerías abovedadas, recorridas por negras y vidriadas líneas sobre blancos e higiénicos azulejos, Federico vio la oportunidad de entregar la carta a Margarita. Pero por más que buceó en el bolsillo, no halló el sobre. Un dolor se acumuló en su pecho. En el tumulto, con las carreras, debió haberse perdido.
En la plaza del Sol, un literato de los que ejercían la bohemia lo recogió del suelo, con la esperanza de encontrar billetes. Al descubrir que eran sólo unos versos, y después de leerlos con atención, corrió a venderlos como suyos, para una publicación donde aún le fiaban, para hacerse con unas ricas tostadas, su dieta de todos los días.
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