Lo de Fuente Álamo, Córdoba, no era templo mitraico sino biblioteca, han sentenciado los expertos que ven en sus cimientos un ejemplo incontestable de edificio de esas características en el periodo romano tardoantiguo, que es donde lo han datado. Probablemente perteneciente a un acaudalado senador amante de la lectura o la filosofía, que en este espacio se daba al disfrute de la cultura y la reflexión. O, quizás, según los tiempos que corren, a una dama de alcurnia con las mismas inquietudes. Ahora que libros, lo que se dice libros de esos que se leen, no ha aparecido fragmento de pergamino, tablilla de cera o rollo de papiro, aunque literatura está generando mucha. Para explicar tal circunstancia se han barajado diversas posibilidades: un furibundo ataque de cristianos, el asalto de los vándalos o la quema por los musulmanes. Teorías descartadas por la falta de cenizas. Pero también se han planteado otras opciones, por el grado de limpieza descubierto en el lugar, señalando que tal vez no llegó a ocuparse o que, por un celo en la limpieza, alguno de sus propietarios decidió en un momento dado que no quedase un ácaro o pececillo de plata, y se llevó todo el inventario al mercado de ocasión.
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