La visita de un mochuelo no deja de ser un aviso, tal vez de Atenea. Uno decidió hacer de mi casa su hogar y tras tres días con ese propósito, que oíamos ruidos misteriosos en la noche, lo descubrimos oculto en la chimenea. Nos miraba muy atento, con la severidad del maestro de antaño, de aquellos que no entendían de otra pedagogía que la del reglazo o el capón en el cogote. Sospecho que nos medía o esperaba un ratón, porque de un tiempo a esta parte muchos son los bichos que buscan amparo tras nuestra puerta, y en cuanto que la ven abierta se cuelan: cucarachas, hormigas, langostas, lagartijas, salamanquesas, serpientes, gorriones, mirlos, palomos, gatos... todos con habilidad para saltar o trepar por las paredes. Los perros, de momento solo se orinan en el felpudo. Al mochuelo le hubiese hecho sitio, porque parecía un gato con alas y le puse por nombre Arquímedes, como el de Merlín; pero cuando vio la ventana abierta no perdió la oportunidad de echar a volar. Y es que mi casa, aunque llena de libros, no le daba el mismo refugio que las hojas de los árboles, que solo dejan leer ramificaciones caprichosas, laberintos insondables que ya no entendemos.
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