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martes, 16 de marzo de 2010

La ruinas de Roma.


Las ruinas que de Roma soñé no eran exactamente iguales a las de los libros de fotos de la ciudad. Las del sueño eran más grandes, gigantescas, y algo grotescas. Eran piedras desnudas, erosionadas, como fotocopiadas. El conjunto parecía una Atlántida de película italiana, de cartón piedra. Inesperadamente se transformaron en humo y el humo en una gran nada blanca. El blanco era tan insoportable que se rompió en mil pedazos como lo hace un cristal. Y así como se caían los pedazos, emergían de nuevo las ruinas más ruinosas si cabe, pero también más atractivas a la vista, aún más eternas.