Amador era el nombre, entre otros, que yo ponía al alumno del que no recordaba el suyo. Y así, captaba su atención, y la del resto de la clase, y él me corregía.
- Yo soy Alberto - protestaba muy serio y yo pedía disculpas, y así retomaba la clase mientras intentaba quedarme con la cara y el santo.
De este modo los Amadores o Eugenios, Alfonsos o Claudios, se multiplicaban por las aulas, e incluso fijaban para siempre el mote de alguno, o sobrenombre, porque siempre había quien, por gusto, se lo apropiaba. O se convertían en alumnos imaginarios, que convivían con nosotros, cuando empezaba la clase de historia y yo ponía la vista en una mesa vacía.
- Hoy no veo a Adolfo -. Y ellos asentían entre codazos.
Realmente no lo hice nunca por comicidad, sino porque para recordar los nombres de tantos, y tantas, no he sido nunca bueno, pese a los intentos, y he preferido improvisar siempre.
- Oye, muchacha.
- Eh, figura.
- Persona humana, escucha.
También los he llamado "criaturas inciertas", pero poco porque gustaba.
Y otras expresiones por el estilo.
Pero siempre he procurado deslizarme por el asunto del bautismo, como otro San Juan, mi santo comodín en Junio.
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jueves, 21 de mayo de 2026
Amador y otros alumnos imaginarios
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