Fue a finales de los 90, cuando en Córdoba se celebró un congreso bajo la consigna de "hacia un nuevo humanismo", y acudieron muchos intelectuales y sabios de todas partes del mundo a discutir de tan peliaguda cuestión. De cuantos ponentes, y ponentas, dijeron esta boca es mía, mas o menos distinguidos o singulares, quedó para mi memoria la conferencia de Sánchez Dragó, que todavía no era el personaje mediático en que se convirtió después, pero ya apuntaba maneras. De entre las muchas cosas que dijo, como que los únicos judíos interesantes de la historia habían sido los contestatarios, y se refería a Jesús y Marx, remató la faena con la sentencia de que el futuro no era para el ser humano sino de los virus, e hizo referencia a los que maduraban en África y aún no tenían nombre, o sólo lo conocían algunos. Aquella intervención fue muy comentada, puesta en tela de juicio y ridiculizada por la prensa y la opinión pública. Sin embargo, en los últimos años, visto lo visto, y cada vez que salta una noticia como la actual del barco emponzoñado, rememoro su vaticino, pero sin preocupación, porque igual me viene por otro lado y me quedo con la incógnita.
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