He de confesar que cuando me sumerjo en Pratt, en aquellas de Corto Maltés, en las que el marino recorrió selvas americanas y africanas, viajo de inmediato al instante en que las leí por primera vez. Me detengo en algunas viñetas y tengo la fascinante sensación de que al alzar la vista voy a verme en los 80, como si no hubiesen corrido los años y no hubiese salido de la habitación en la que me encontraba leyendo en aquel instante. Me he preguntado miles de veces qué magia tendrán esos trazos gruesos, incómodos y espontáneos para teletransportarme en el tiempo. Es experiencia que alcanzo con aquella serie, pero no con otras del mismo autor y personaje. Existe una puerta misteriosa en esas composiciones, un pozo que me absorbe y me conduce, no sé a dónde ni por qué, arrastrado por una fuerza telúrica que parece vencer al paso del tiempo, incluso a la muerte. Existe un poder en algunas imágenes que transciende a razones, son trampolines a otros mundos eternos y placenteros. Cada cual tiene las suyas, dichoso es el que las encuentra.
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