La última de Torrente me ha dejado un sabor agridulce. Aunque he de reconocer que me he reído mucho con la escena gore del pequeño Nico, el resto me ha sabido a chistes repetitivos. Probablemente sea la película más seria de la saga. La de Santiago hace recapacitar sobre el modo en que una democracia se va precipitando al abismo. Ya en la presentación, esos dibujos animados que retrotraen al un, dos, tres, y esa cancioncilla que animó las primeras elecciones, producen una sensación de nostalgia nada esperanzadora, que invita a reflexionar sobre lo mucho que costó conseguir la libertar y lo pronto que todo aquel esfuerzo se ha trivializado. Es posible que, al desaparecer progresivamente sus protagonistas, el proceso democrático haya perdido su importancia para las nuevas generaciones. El tiempo se encarga de convertirlo todo en polvo. (Es verdad que los políticos también ayudan, cuando no hay interés en evitarlo). Mucha gente se retrotrae al fallido golpe de Estado que estuvo a punto de abortar los cambios, y habla sin fundamento de maniobras y conspiraciones, que todo fue un teatro. Yo prefiero recordar el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha, para no olvidar que hay hechos que deben ser considerados incontestables cuando la libertad estaba, o está, en juego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario