Platón se equivocaba al afirmar que la realidad que vemos no es más que una burda copia de la original, que es bella pero alejada de la prisión que encierra nuestra alma. Y de este modo solo podemos ver vagas sombras de aquella. Me bastó ver la de un árbol seco proyectada en una pared para advertir su belleza. Mientras que el álamo mostraba sobre su corteza las heridas producidas por las inclemencias del tiempo, dibujaba sobre el muro una imagen perfecta de su silueta. Deduje entonces que es la sombra que depositamos en el mundo sensible la belleza a la que aspiramos, por su simplicidad y sugerencia.
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