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lunes, 2 de febrero de 2026

Lubén el de inglés

Lubén Fernández era un profesor singular, por su estampa. Impartía inglés en el instituto. Vivía en el Figueroa, a pocos metros de la puerta de aquél. Era fácil distinguirlo por su aspecto, más adecuado a los 60 que a los 80, que era cuando tuve ocasión de conocerlo. Vestía pantalón corto, sandalias y camisas floreadas; no importaba la estación. Usaba unas gafas como las de Lennon. Estaba muy delgado, (tal vez practicase yoga), tenía una barba muy poblada, negra y rizada. El pelo se lo recogía en una coleta. Se le veía por el barrio tirando de un carrito de la compra. No era extraño que se detuviese a intercambiar unas palabras con el alumnado que encontraba a su paso, siempre muy sonriente, gesticulando, es posible que consciente de que las miradas se posaban en él, por su imagen. Ningún otro profesor rivalizaba con su popularidad. En sus clases se debatía mucho, siempre en ingles, como era menester, mejor o peor, pero bastaba para entenderse, siempre sobre temas que nos interesaban. Por eso era muy celebrado. El año que nos conocimos fue como consecuencia del periódico del instituto. Un grupo de alumnos nos reunimos para llevar adelante tan ardua tarea, y él se sumó a la iniciativa, no para dirigirnos sino para participar. Le hicimos una caricatura y el tío se partía de risa. Las reuniones eran muy divertidas e intensas, siempre nos animaba a la huelga por alguna causa que consideraba fundamental, y se nos hacía la boca agua, ya nos imaginábamos unos perseguidos por el sistema. Los del periódico, (unas fotocopias grapadas), éramos dados a rascar y poner el dedo en la llaga, como buena mosca cojonera. Los pocos números que salieron a la luz siempre estuvieron rodeados de alguna polémica, de esas de adolescentes, alumnos contra profesores, por normas o exámenes, dimes y diretes. Un día se presentó la directora a la reunión, que era en los recreos, y le cantó las cuarenta a Lubén, haciéndolo responsable de nuestras opiniones. El hombre se defendió como pudo, el caso es que realmente pintaba poco en nuestras decisiones, pero para la directiva no era así. Poco tiempo después nos comunicó que dejaba el periódico, porque no quería enfrentarse a sus compañeros. Aquella decisión nos dejó muy descolocados, porque siempre lo tuvimos en un pedestal. Empezamos a mirarlo de otra manera y ya no le hablábamos como a un colega. Entonces, a algunos de nosotros, los dibujantes, nos ofreció participar en otro fanzine que él sacaba, que se llamaba Friendship, artículos en inglés con ilustraciones. No tenía nada que ver con el instituto. El caso es que empezamos a colaborar en el proyecto, pero aquello no tenía la misma vidilla que el nuestro, además nos pedía demasiados dibujos para sus artículos que, todo hay que decirlo, no nos interesaban, nos sonaban a cosas muy lejanas. Al final se convirtió en un engorro. Empezamos a hacerle dibujos de cualquier manera, o a evitarlo. El aura que para nosotros había tenido, se fue disipando lentamente. Con el fin del curso se perdió la relación y al siguiente definitivamente. Por razones que desconozco, el amigo Lubén tuvo problemas personales, y es posible que sufriera alguna depresión. Pocas noticias tuve ya de su devenir. Sin embargo, es difícil olvidar su figura, los primeros días de conocerlo, que tantas cosas parecía ir a enseñarnos, incluso a cambiar el mundo.

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